Ficción y realidad en Patrick Modiano


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He aquí un libro inclasificable, híbrido, como híbrida es la disciplina en la cual se inserta, la historia cultural o de las mentalidades. Una obra que en realidad es tres libros en uno: un trabajo de crítica literaria, crítica casi impresionista, o hasta puntillista; una guía de la obra completa de Patrick Modiano, y a la vez un libro de historia. En este caso, historia de unas mentalidades la mar de peculiares: lo que se analiza en él, básicamente, es la sombra histórica de una larga serie de villanos, nazis por conveniencia, tecnócratas desorientados, y, sobre todo, mafiosos colaboracionistas, esquivas y extrañas figuras femeninas, a medio camino entre la prostituta y la condesa, y en general toda la pléyade de contrabandistas, impostores, represores, gángsteres, oportunistas, chanchullistas, estafadores, estraperlistas, diputados y proxenetas franceses que se beneficiaron de la Ocupación alemana. Se trata de la segunda incursión del autor en la época, puesto que Castillo ya había publicado, también en Fórcola, Noche y niebla en el París ocupado (2012).

Muchos son los pasajes de Castillo que intentan resumir toda la trayectoria (o las claves de estilo) de Modiano, en párrafos redondos y casi perfectos: “Como es habitual en la literatura de Modiano, a cada punto y a cada párrafo surge la nube que envuelve la realidad y la ficción y que da lugar a un escenario diferente, a una construcción literaria que responde sólo a las necesidades de la narración. Es lo que sucede con la vida del escritor –presentada por medio de una autoficción lírica, proustiana a su manera, en la que lo que cuenta es la música de fondo”, la que suena en los terribles salones y demás interiores del siniestro París ocupado que reelaboran tanto Modiano como Castillo. Salones en los que la tortura y el sexo se daban la mano con el champán y el fascismo. Escribe Castillo que en las obras de Modiano “hay una geografía esencial marcada por las emociones, el recuerdo y el temor al olvido, en la que está siempre al acecho ese olor a hojas muertas que aparece en casi todas sus novelas”. Olor agridulce a podrido que es el correlato de la descomposición de la Francia de los años cuarenta: entregada, dividida, cuarteada, cuya capital ha sido entregada a pandillas de delincuentes sádicos y ávidos de sangre.

Gendarme francés y oficial nazi frente al Arco de Triunfo, en París (Bundesarchiv, Bild 146-1978-053-30 / Jäger, Sepp / CC-BY-SA).

No es que la literatura de Modiano sea frívola o, lo que es peor, frivolice con temas graves; Castillo no nos engaña con esto: lo que estudia Modiano es la frivolidad con la que asesinaban los hampones colaboracionistas, que incluso carecían de otra ideología que no fueran el dinero y el placer. Porque personajes como Henri Lafont torturaban, reprimían y asesinaban por placer, y por dinero, pero no por convicciones políticas, que otros intelectuales y políticos franceses sí abrazaron. Pero el horror de fondo es el motor del inicio de la redacción: “hubo judíos que pudieron sobrevivir, mientras que otros estaban condenados casi desde el primer momento, un descubrimiento que atormentó a Patrick Modiano durante un tiempo”; y es que su propio padre, Albert Modiano, uno de sus personajes literarios más habituales, era uno de esos medio judíos implicados en la colaboración económica, lo cual permitió que salvara la piel. Por lo tanto, no perdamos de vista que ni en Modiano ni en Castillo no hay celebración, no hay épica, sino todo lo contrario: estudio de la mediocridad, asombro ante la facilidad con la que un ser humano puede entregar y desprenderse de toda clase de valores e identidades, para sumirse en la noche moral más negra: la del crimen impune, la del sexo patológico y psicopático, mientras se avanza hacia la debacle del mundo collabo y su sumergimiento en las represalias posteriores a la Liberación.

Y ese azar insoportable que decidió la suerte de las víctimas, tampoco abandonó a los verdugos. Unas leyes indescifrables, cuando llegaron la Liberación y las represalias, decidieron también qué colaboracionistas terminaban fusilados en el castillo de Mountrouge, encarcelados, o impunes. Estima Castillo que cuando un traficante o un asesino mafioso conseguía demostrar que su móvil era la codicia y no la ideología, salvaba la piel; cuando, por el contrario, era imposible huir o sacarse de encima el estigma del fascismo, el destino era inexorable, lo que no significa que no fuera merecido. Ni Modiano ni Castillo entran en estas valoraciones: se limitan a elaborar el friso de una época extraña, excesiva, llena a rebosar de crimen, miseria y desorientación.

En el estudio de personajes siniestros como el Dr. Petiot, el doctor Muerte, que tenía un crematorio privado en su exclusivo domicilio parisino al que iban a parar toda clase de fugitivos y resistentes, no hay ni un átomo de morbosidad, sino necesidad de aventar lo peor del ser humano, lo que implica una depuración de los relatos históricos sobre la Francia de la guerra y la postguerra. Donde no habitan ni el Mal absoluto ni el heroísmo, sólo permanece la perplejidad.

Lo explica muy bien Fernando Castillo: “en este mundo en el  que confluían vencedores y vencidos, en el que se establece una relación especial con el ocupante y en el que la ideología estaba ausente, donde encuentra Patrick Modiano el entorno más expresivo de la Ocupación, como si fuera el epítome que resumía la degradación moral que se había extendido por la sociedad francesa”. Por esta razón, los alemanes no tienen prácticamente cabida en sus novelas. El nazi en sí mismo, o el militar, le interesan poco. Como tampoco interesan, literariamente hablando, los vencedores alineados con los aliados, así como tampoco los grandes relatos de hazañas y las columnas sobre los que descansó el nuevo nacionalismo francés. En cambio, investigar y reconstruir la trayectoria de falsos aristócratas, de millonarios de oscuro origen, de oportunistas y burladores como el español César González Ruano, extraídos de la realidad y recreados muchos de ellos por Modiano, es lo que pretende Castillo.

Lo que estudia Modiano es el fascista de baja graduación, el hampón oportunista que lo traiciona todo, el francés que lo ha vendido todo, el judío que carece de moral, el derechista o excomunista francés que acepta el régimen de Vichy por tecnocratismo, o por vanguardismo, o por mero sadismo, así como la pléyade de colaboracionistas variados, cuyos subgrupos cataloga Castillo con gran exactitud. En la peligrosa París de 1941-44 estaban, por una parte, los collabos fascistas, Doriot, Drieu La Rochelle, Céline, Combelle o Brasillach, que apoyaban sin ambages el Nuevo Orden europeo, que se suponía que tenía que durar mil años; por otra, los llamados vichystas, es decir, herederos del conservadurismo autoritario heredado de la III República, a su vez subdivididos entre militaristas, tecnócratas y funcionarios de bajo rango que, a su vez, fueron aproximándose a la Resistencia según avanzaban los vientos de cambio (como fue el caso de un jovencísimo François Miterrand); mientras que en la oposición encontraríamos a Mauriac, Aragon, Simenon, Valéry o Sartre.

Pero no son estos los personajes modianescos. Quienes más interesan al novelista (y a Castillo) son los que terminaron en las filas del colaboracionismo por vivir desorientados, por supervivencia, porque eran jóvenes y no especialmente listos, los que, sencillamente, no tenían una idea muy detallada de dónde se metían. Interesan los pícaros, los arribistas, los descarriados, los morfinómanos, los débiles. Coristas desorientadas, traficantes de poca monta, vivos de todo tipo, darwinistas de suburbio, desgraciados que convivían junto a millonarios surgidos de la nada. Chatarreros, estraperlistas de tres al cuarto, chóferes implicados, conversos imprudentes, toda clase de incautos y desprevenidos. Los collabos de baja graduación, actores fracasados, artistas de bajos vuelos, sádicos y extravagantes algunos, inmorales todos, por supuesto enterrados por la gran Historia y los registros convenientes. Los medios, los grises, los equívocos y los desdichados, los zoquetes, los que habitan en la penumbra, el precipicio o la niebla. Los fuertes, los de una sola pieza, los importantes, no interesan a Modiano.

Hasta los años 70, el gaullismo construyó una historia nacional dorada en la que los franceses únicamente ejercían el papel de héroes o de mártires. Castillo menciona varias veces de qué forma las primeras novelas de Modiano levantaron la liebre sobre una serie de temas incómodos para la narrativa oficial de la Francia de postguerra. Entre el verdugo alemán y la víctima, existió una galaxia estrictamente francesa de asesinos y aprovechados, que medraron bajo la sombra y el patrocinio del Abwehr, las SS y la Gestapo.  Estos temas indeseados, incómodos, no eran otros que la guerra civil intrafrancesa que hubiera podido estallar tras unos duros años treinta llenos de divisiones cada vez más polarizadas, la colaboración activa de una parte importante de la cúpula intelectual y política francesa, la formación de grupos represores dirigidos y formados únicamente de franceses, o la escasa presencia u operatividad inicial de la resistencia.

París-Modiano tiene algo de vertiginoso, algo de febril, de mantra y de juego endiablado de espejos. Castillo entiende que Modiano es juguetón, y se suma a la fiesta de las penumbras y los prestidigitadores, con una escritura que no deja lugar al reposo o la digresión. Así como el autor estudiado se abandona a la realidad literaria, y se entrega íntegramente, Castillo tampoco sabe resistirse a participar de su propia orgía cultural, y resulta obvio que ha querido escribir un libro rápido y estilizado, un libro literario, además de un ensayo riguroso. Historia y placer festivo por la escritura se dan la mano en esta obra con voluntad totalizadora. Auténtica fiebre borgiana es lo que muestra Castillo por la literatura, por los tipos raros, sin rostro o con muchos nombres, la historia, el cine y la música. No solo ha intentado reconstruir los ambientes que reconstruyó Modiano, y las vidas novelescas que reformuló y recreó, sino los que estimularon a Modiano a penetrar en los callejones de la historia francesa de los que extrae su equívoco material literario.

Castillo ha disfrutado escribiendo este libro. El lector lo nota, disfrutando a su vez de esta crónica imprescindible de un tiempo terrible y de una trayectoria narrativa fundamental.

Artículo publicado originalmente en Cuadernos Hispanoamericanos, 787.

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