Walter Benjamin, Portbou


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Walter Benjamin resulta hipnótico porque no sabemos qué es. ¿Un poeta? ¿Un filósofo? ¿Un historiador visionario? ¿Un escritor a secas? ¿Un periodista genial? ¿Uno de los mejores ensayistas de la historia? ¿Un comentarista cultural, un crítico? ¿Todo a la vez? ¿Nada de ello? ¿Algo completamente nuevo, totalmente actual, con lo que podemos entusiasmarnos? ¿De dónde procede esa poderosa fragilidad, ese puntillismo paradójico, ese estilo de oráculo que no busca la comprensión directa? ¿Cómo pudo sugerir tantas cosas, profetizar tantas otras, un hombre con un destino tan hostil, para quién vivir debía de ser algo tan incómodo? Hannah Arendt decía (Álex Chico nos lo recuerda) que Walter Benjamin le parecía un hombre del siglo XIX varado en el XX.

Yo no estoy de acuerdo. Yo creo que era un hombre del siglo XX varado en el XXI. Acusado entre nosotros, aniquilado entre nuestros abuelos.

Sin embargo, aunque no sepamos quién demonios era Walter Benjamin, sí sabemos qué es la obra la obra que ha escrito Álex Chico. Desde que publicó Un hombre espera (Libros en su Tinta, 2015), sabemos que se dedica a escribir libros de “ensayo ficción”. Precisamente eso es la novela Un final para Benjamin Walter, que acaba de publicar en la incansable editorial Candaya. Es esta una obra de poeta. De poeta ensayista y de novelista poeta. Propia de alguien a quien no preocupan demasiado los compartimentos y barreras entre textos. Propia de alguien que no distingue entre muros reales y escritura, cuya escritura es tan real que es una pantalla de adentro. Una escritura que es concepto y víscera, hormigón armado y pomo de violetas. Escritura en la que olemos al ser humano, en la que olemos por igual a Walter Benjamin y a Álex Chico.

Cenotafio de Walter Benjamin en Portbou (España). Fotografía de Klaus Liffers.

Álex Chico tampoco ha descubierto qué era Walter Benjamin. Seguramente no importa. Tampoco sabemos qué era Azorín, autor también de novelas poemáticas. Lo que sí parece haber aclarado es qué buscaba cuando se dejó seducir por la voz del filósofo alemán. Perseguir salidas, analizar los perfiles de la desesperación, o la indefinición, explorar lo inexplorado, lo inexplorable, como el capitán Kirk y compañía, pero en un sentido emocionado y existencial. Todo esto es difuso, pero cuando uno va a Portbou no lo es tanto: aflora la virtualidad radical de la tragedia, la electricidad de la memoria y el recuerdo de la trituración de los seres delicados. Eso fue el siglo XX: el siglo de la masticación de la cultura, de la fascinación del Estado contra la vida y los presentes. Lo que allí ocurrió es más que memoria, es el naufragio de la razón frágil entre los dientes y las garras del Ángel de la Historia que acumula muertos, muertos como Benjamín Walter, cuyo nombre figura bajo esta curiosa forma en su certificado de defunción.

La fascinación de los futuros sin presente, de los pasados sin futuro. La fascinación por todo lo vertical y diagonal y plomizo, frente a la perspectiva de la luz sobre el agua o un vuelo delicado de una alondra, cualquier mañana.

A Álex Chico le gusta relatar mañanas.

Este documento (es cierto) también acomoda a la barbarie. Y la barbarie es la nada. Una de las acepciones de la nada, la actividad de la nada. La nada movilizada, la nada en marcha, masticándonos.

La Historia es fascista. Tritura, apisona, dispersa manuscritos, juguetes y cuadros, como los que coleccionaba Walter Benjamin cuando aún se podía considerar un ser humano. Las grandes corrientes de la Historia han ignorado Portbou, pero no lo han dejado sobrevivir indemne. Explorar las heridas de Portbou es darse un paseo por los vómitos del siglo XX y las ausencias del XXI. Los nombres que se apagaron como fósforos, los refugiados de todas las épocas (1939, 2017) que pululan como fantasmas, que se desmoronan en nuestras cunetas, en los márgenes de nuestra sociedad, que no sabe encontrarse a sí misma, y que por eso abunda en espasmos, y que por eso busca a Benjamin como busca todo tipo de voces menores, como la de Álex Chico o la de David Mauas, que forma coro simbiótico con la de Chico, simulacro o recuerdo de sociedad en la que disfrutamos de nombre y futuro, aunque quizás cada vez menos. Por esta razón, Álex Chico salta de un tema a otro, toma la mano a un nombre o aluniza en otro, y todo eso es Walter Benjamin. Toda esa ausencia, toda esa muerte, todas esas ciudades arrasadas o vaciadas son Walter Benjamin. Antonio Machado también es Benjamin Walter. Como Hannah Arendt, Álex Chico o Sílvia Montferrer.

“Es esta una obra de poeta. De poeta ensayista y de novelista poeta. Propia de alguien a quien no preocupan demasiado los compartimentos y barreras entre textos”. En la fotografía, el escritor extremeño Álex Chico.

Cualquier habitante de la sombra que aúlla a través de ironías es Walter Benjamin. Aullidos que son como cauterios, que se anulan justamente al aflorar. El resultado es una voz tenuemente narrativa, que nos interroga.

Quien busque una biografía o detalles ordenados de la vida de Walter Benjamin, que no acuda a este libro. La novela de Álex Chico (sí, también es en parte una novela, o participa de esa vertiente estética) se hace más preguntas que respuestas. De hecho, pienso que el autor ha tratado, precisamente, de explorar los caminos interrogantes que se quedan fuera de la claridad comprensiva o compositiva. Dudo que tuviera muy claro para qué podía servir su libro, puesto que es un contenidísimo haz de reflexiones centradas sobre nuestro tiempo, y el terrible que le tocó vivir a Benjamin, el tiempo que lo trituró, como este tiempo tritura a otros inadaptados creadores o vagabundos que exploran nuestras ciudades en busca de respuestas que no llegan. Como la pintora Sílvia Montferré, que no hablaba pero aullaba a través de sus lápices y carboncillos.

También es esta novela un festival literario, un collage de experiencias periféricas, como los extraños itinerarios espectrales de Sebald. Quizás sea este otro de los logros del autor: darse cuenta de que lo sebaldiano es un lugar como Portbou. De algún modo, Chico sabía hasta qué punto la presencia de las piedras (y pasajes, y barcos, y acantilados y cementerios) de Portbou sustituirían la biografía dinamitada de Walter Benjamin, para relacionarla con la suya propia. Y no se trata de un texto expresionista. Todo esto es difuso, pero no estridente. Chico no practica la cuchillada, sino que no sabe apartarse de una sintaxis íntima. Una solemnidad sin la solemnidad. Es decir, trascendencia. Trascendencia de las mesas, los cafés, las pequeñas ruinas, las ausencias, los bocetos, los fragmentos, las playas vacías.

Al revés. Todo al revés y del revés. La historia de un gran revés, pero sin posibilidad de historia. De Historia no hablemos: lejos las trompetas. Hablamos de un hombre. Intentamos hablar de una mujer, y de algunos hombres. Como bien nos repite, es a través de los desesperados como nos llega la orientación. Las experiencias extremas (las de Benjamin lo fueron: meditó su suicidio, previó su posible asesinato, profetizó la masticación de su patria) no concluyó la mayor parte de sus libros, no dispuso de compañía ni comodidades, ni dinero, ni siquiera de biblioteca. ¿Pero Benjamin tenía Patria? La imposibilidad de una patria. Sus amigos estaban lejos. No se sabe a quién llamó antes de suicidarse. Tampoco se sabe por qué entró en una comisaría para que le terminaran de rapar el alma. Ni siquiera era posible comprender cómo había podido ir a parar a semejante pueblo, un espectro con armazones de hierro, cristal ajado, recuerdos de mar, olor de viña y humo. Una playa con un gran ataúd blanco a sus espaldas. Una montaña con un búnker nazi en la punta. Un mar que lo invitaba a salir desnudo hacia el horizonte, muy distinto del que Karavan recortó al fondo de su pasaje, porque ese mar ya roto y manso del pasaje de Karavan sugiere vida, movimiento, esperanza, y es así como se convierte en la mano abierta de Walter Benjamin que nos sonríe desde la nada, desde ese mar doble o múltiple, y nos invita a seguir pensando, a seguir deambulando, aunque sea en forma de espectro o ruina.

Seguramente Benjamin fuera perfectamente capaz de sonreír. Aun cuando no tuviera ninguna gana. Aun suicidándose. Su sonrisa es su mano estrechando la nuestra ochenta años después. Mientras nos quede llama o mientras nos quede ruina.

Portbou es la ruina pensada. La pre-ruina. El heraldo de la deglución histórica. Las respuestas son nuevas preguntas, cada vez más imprecisas, cada vez más frágiles. Somos nuestras preguntas. Chico nos lo va enseñando a través de su prosa reflexiva como los versos de sus poemas, factuales, pensados, artesanos. Un conjunto de paseos, una colección de ámbitos cerrados en los que el extrañamiento es casi inevitable. Sombras mezcladas de la propia vida del narrador y de los escasos seres humanos con que se interrelaciona. Portbou como desembocadura de todas las escorias de la Historia. El barranco de todo el sinsentido de nuestras vidas colectivas e individuales. Las imposibilidades como norma: imposibilidad de comunicar, imposibilidad de la política, imposibilidad de sobrevivir o conservar los objetos apropiados, imposibilidad de conocer.

Las partes finales del ensayo ficción orquestado por Álex Chico (no me cabe la menor duda: nos encontramos ante su libro más ambicioso) ya casi se desentienden del misterio benjaminiano. Es porque Bejamin ha conseguido fructificarnos. Desde luego, a Chico ha sabido fertilizarlo.

 

Álex Chico: Un final para Benjamín Walter (2017, Candaya).

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