“V”


Por

“¿Sabes?, a tu hijo le asustan los extraños”. Sí, le digo a la maestra del parvulario. “Cuando vio entrar al jardinero comenzó a chillar, no sabíamos qué hacer”. Abrazo a Daniel y salimos deprisa. Todas las tardes se las pasa balanceándose sobre la moto con muelle en el bonito parque de Uziel. De vez en cuando se le acercan sus compañeros del parvulario: ven, Daniel, vamos a subir al tobogán, vamos a trepar a ese árbol, vamos a dar vueltas en el carrusel, pero Daniel se queda en la moto, balanceándose con todas sus fuerzas y sonriéndome a plenos hoyuelos. Yo lo contemplo y me siento marchitar, no oculto mi descontento. Tras largos días de dudas lo llevo a una evaluación psiquiátrica. Daniel da vueltas por el cuarto como un león enjaulado, salta sobre la silla, le cuesta evocar nombres de animales o de alimentos, y la especialista dice que esperemos un año más y luego veremos. Los días de la semana transcurren con dificultad. Los lunes y los jueves tenemos gimnasia de rehabilitación para niños como él, que no se suben a los juegos hinchables como los demás, que se asustan ante las instalaciones de aventura y se quedan atrás. En invierno no es fácil esperarlo con Shirley a la puerta del sótano que es la sala de deportes, y me consuelo conversando con las otras madres que, como yo, están tristes y esperanzadas.

Ahora que se aproxima la entrada en primaria añadimos a ello una terapia ocupacional, tras unas cuantas excursiones con amigos en las que nos vimos obligados a buscar rutas alternativas porque a Daniel le daba miedo de caminar con los pies dentro del agua. Los tratamientos son caros, y además es difícil aplacar su resistencia cada vez que debo sacarlo temprano del parvulario para acudir a la cita con Daphne, siempre sobrecargada de pacientes. Sin embargo tras cada sesión me siento feliz porque enseguida se nota que deja de chuparse el dedo por varias horas, y en el patio de juegos de la plaza cercana está dispuesto a subirse a la rueda giratoria, orgulloso de sí mismo y nutrido por mis sonrisas de admiración ante cada progreso. Pero cuando vamos a recoger a Shirley de la escuela se nos cruza un perro, y nuevamente la tarde se trastorna. Daniel se asusta, grita, llora y no hay forma de calmarlo, me culpa de haberlo llevado por un camino con perros. Yo acaricio al perro pese a mis propios miedos, y digo con voz temblorosa “qué agradable es su piel, qué limpio que es”. Más tarde, perdida ante internet, busco ayuda y encuentro una terapeuta que ayuda a niños y adultos a vencer el miedo a los perros. Converso con ella, y me convenzo de que Daniel se sentirá mejor en la calle cuando se disipe su temor a los perros. Tarde de noche, cuando los niños ya duermen, Yonatán me pide que anule la entrevista. Esperemos un poco, me ruega, no se puede estar llevándolo de tratamiento en tratamiento.

Por la mañana, Daniel sale al trote de su cuarto. Nunca camina, corre de un lado al otro del pasillo, y yo aprovecho la buena energía de la mañana y le pregunto: ¿Qué tal si invitamos a Eitan a que venga hoy a casa? No quiero que venga, ya te lo dije, y destruye mi pequeña esperanza. Dale, ¿por qué no? Prepararé un postre especial y le compraré a cada uno de ustedes un regalito, y haremos un búsqueda del tesoro en casa, ¿qué opinas? Te dije que no. No y no. En cuanto a ir a la casa de un amigo, a un sitio desconocido, ni que hablar, y los padres de los otros chicos ya dejaron de invitarlo después de varias ocasiones en que se plantó junto al ascensor y se la tomó conmigo a gritos, negándose a entrar.

Ven, hablemos, le digo esa tarde, cara a cara y mirándolo a los ojos. “¿Qué, mami?” Ahora vas a comenzar el primer grado. “Es cierto”, sonríe. Y qué hacemos con el dedo. “No hay dedo”, dice con una expresión pícara, y me muestra el pulgar despellejado, desgastado por años de funcionar de pacificador. ¿Qué quiere decir no hay? “No hay, listo, esta es la última noche, ya verás. Papá me pondrá el dedal y me voy a dormir sin”. En la noche,cansada de decepciones, me acerco a darle un beso, tiene la mano bajo la almohada y me dice: “¿No te dije que sin?” Se duerme tranquilo, sus largas pestañas se agitan por un momento y luego se calman.

Por la mañana me levanto con siete largos años a mis espaldas, él me sujeta las manos, me acaricia los dedos. Tiene puestos los calcetines deportivos, subidos hasta las rodillas. ¿Qué, ya estás vestido? “Hoy hay baloncesto, ¿te olvidaste?” Lo miro, ya peinado y preparado, y recuerdo lo que dijo el entrenador, que Daniel en el equipo vale por dos, porque es el que corre más ligero y emboca cestos como una “máquina de tantos”. Le ordeno la mochila y encuentro el periódico de la escuela; en la portada figura un dibujo de Daniel, alumno de la primera clase, con la leyenda “modelo del mayor monstruo de todos los tiempos, para una impresora tridimensional”. Gané el primer puesto del mes en dibujo de toda la escuela, me dice como al descuido.

¿Qué pasará hoy, Daniel?, le pregunto mientras le preparo el bocadillo para segundo grado. “¿David puede venir a casa? Aunque sea sin postre especial, ¿puede venir?”. Claro, respondo enseguida, pero él ya está a los brincos, toma la mochila y corre al estacionamiento. Me apresuro tras él con su gorra, el sol pega fuerte en el patio de la escuela durante los partidos de mediodía, y lo encuentro esperándome, de pie sobre el techo del auto y haciéndome la señal de la “V”.


Trad. del hebreo: Florinda F. Goldberg

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