Antisemitismo franquista en el Camp de la Bota: Heinz Rosenstein.


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Un hombre canturrea una canción antigua frente a un pelotón de fusilamiento. No está solo, lo acompañan dos desconocidos con los que siente una afinidad inmediata. Se llaman Ramon Duch1 y Joan Rovira2. Al igual que el hombre han sido condenados a muerte por un consejo de guerra. Su delito, haberse enfrentado por las armas a unos militares golpistas. Nuestro hombre, devastado por los efectos de una tortura aún reciente, evita la mirada de sus verdugos. La vida, tal y como la había imaginado, se desvanece en un paraje extraño, exótico, salpicado por cañizos y barracas.

Atados de pies y manos, pegados los unos a los otros, los condenados sienten el último aliento de sus semejantes como una amenaza. Presos del pánico se dan la espalda, evitando de ese modo toparse con el miedo del otro, que es, en definitiva, el suyo propio. Un soldado, fusil en mano, los vigila, otro, sosteniendo un farol, proyecta su silueta sobre el paredón. Barcelona, la ciudad que les había regalado la revolución, estaba ahora a punto de arrebatarles la vida.

Marcan las 4:30 de la madrugada del 1 de agosto de 1939. Castillo Militar del Campo de la Bota, Barcelona.

Castillo del Camp de la Bota desde el barrio del Parapet.

Las olas del mediterráneo, mansas en verano, rompían con más fuerza que nunca contra el espigón. Un niño de la barriada obrera del Parapet3, cercana al cuartel, hacía guardia agazapado tras un saliente a la espera de la orden de fuego.

Los niños del barrio solían acudir todas las noches fascinados por la liturgia del fusilamiento. Memorizaban las últimas palabras de los procesados, así, decían, le ganaban el pulso a la muerte. Más tarde, cuando los soldados retiraban los cuerpos llenos de plomo, se colaban en el patio y bregaban por el botín, que no era otro que las vainas de las balas que luego serían vendidas a peso al chatarrero.

Desde hacía un buen rato aquella vieja canción sonaba una y otra vez en la cabeza de nuestro hombre. Las notas percutían con ahínco, alejándolo de la muerte y llevándolo fugazmente a los días serenos de su infancia. Nuestro hombre canta desenvuelto, ajeno a la muerte y al mal que había provocado. Por un instante, de pie en el paredón, se reconcilia con la vida. El recuerdo de aquellas mañanas, cuando se agachaba para atarse los cordones y escuchaba la voz grave de su madre apremiándole a alistarse, le devuelve la sonrisa. La dicha de aquellos días era tan intensa y persistente que le permite ahora sentirse vivo frente a sus verdugos.

Heinz Rosenstein, nuestro hombre, había nacido en Stettin, Alemania, en 1904, en el seno de una familia judía asimilada.

Desde el 22 de mayo, fecha en la que había sido juzgado y condenado a muerte, Heinz comenzaba a ser consciente de su inexorable decadencia, de los signos palpables de ese fracaso que él había elegido llamar su destino. A menudo, en la intimidad de su celda, lloraba para vaciarse de autocomplacencia y remordimiento. También en ocasiones intentaba sin éxito idear un plan de fuga con la esperanza de descubrir de nuevo esa parte perdida de sí mismo que echaba de menos profunda y dolorosamente. Durante aquellos raros momentos de tranquilidad y paz comenzó a hurgar en su pasado.

Heinz alza las muñecas y se lleva las manos a la cara, las huele. Las palmas siguen oliendo a su propio aliento, un eructo amargo inunda su boca. El sargento pasa revista a sus soldados. Heinz mira hacia al cielo en busca de un rincón afín al que aferrarse. La brisa entremezclada con el polvo del patio penetra en su nariz. Estornuda y agita la cabeza. Nada de lo que hay allí le resulta familiar, el intenso olor a salitre, las chabolas desperdigadas por la playa y el humo negro de sus chimeneas improvisadas, todo a su alrededor le recuerda a su condición de apátrida. Echa de menos el bosque, los cedros, altos como casas, las raíces al aire de las que colgaban enredaderas con las que solía saltar de un lado al otro, el mismo bosque que al atravesarlo le llevaba hasta la orilla del Óder, donde robó sus primeros besos y aprendió a decir te amo sin que le sudaran las manos. Heinz siente el dolor del exilio, un dolor silenciado por el ruido de la guerra, solapado por una identidad falsa que se derrumba ante la verdad inapelable de la muerte. Es una necedad pensar que el tiempo tapa nuestras culpas, es vergonzoso pensar que se olvida, es inútil, no se puede lavar la suciedad de nuestras conciencias como si nada, como quien lava la ropa sucia. Heinz lo sabe, las ofensas cometidas quedarán para siempre dentro de nosotros.

Al otro lado del parapeto el niño se pone de pie y echa a andar hacia un costado. Al llegar a la esquina, acerca el hocico a la abertura que ha creado un muro derruido, alza la vista y concentra su atención en los condenados. Mientras eso sucede el sargento alienta a la tropa y les recuerda los valores sagrados de la cruzada nacional.

En los albores de su muerte Heinz intenta purgar sus faltas, un amago de arrepentimiento asoma tras la mirada sonrojante de una de sus víctimas, a la que recuerda desnuda y amordazada, la culpa le invade, esa sensación que había aprendido a tolerar tras las primeras misiones, la misma que Eroles4, su jefe, no conocía. Ahora, a punto de poner fin a sus días, es incapaz de contrarrestarla, no puede quitarse de la cabeza aquella imagen, aquel hombre arrodillado suplicando clemencia.

La noche es plácida, ideal para salir a pasear con amigos y dejarse caer por la playa. Puede, incluso, que al otro lado del parapeto, a escasos metros del cuartel, una pareja esté tomándose un baño, puede que esa noche, después de tantos días de espera, él, al fin, haya declarado su amor por ella. Una noche como aquella, en la que el amor vence una vez más a la vergüenza, Heinz Rosenstein recibe la extremaunción de un cura incapaz de sostenerle la mirada.

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El consejo de guerra a Heinz Rosenstein, fechado a 22 de mayo de 1939, decía:

“HEINZ ROSENSTEIN, Ingeniero, soltero, de treinta y seis años, hijo de Ricardo Rosenstein y Elena Jachman, natural de Stettin (Alemania), vecino de Barcelona, y de raza judía; vino a Barcelona en mil novecientos treinta y cinco enviado por el Comité de Holanda de Ayuda a los Judíos; al estallar el Movimiento mantuvo íntima relación con elementos muy significados de la CNT-FAI; pertenecía a patrullas de control, practicando detenciones y registros, bajo las órdenes inmediatas de Eroles, figurando en autos una citación que le hace el triste personaje que antes se alude para el veintiséis de mayo de mil novecientos treinta y siete, y a las doce de la noche; prestó “servicios de urgencia” en la sección de control del Comité de Defensa de la barriada de Poblet5, número dos, teniendo un pase de libre circulación en Barcelona del mismo Comité y Sección; tenía autorización para viajar libremente por la red de ferrocarril de Madrid-Zaragoza-Alicante para desempeñar “asuntos especiales”; conducía el coche de las patrullas de control que iba a Artesa de Segre, en donde detuvieron y asesinaron a Joan Daunés Riu6 y cometieron otros robos y detenciones; formó parte de una organización de contraespionaje, para la que estaba en relación con una entidad nazi existente en Barcelona, para descubrir y denunciar sus secretos; gracias a él se capturaron a catorce falangistas, luego condenados a muerte7; cometió otros muchos desmanes, singularmente en registros domiciliarios, en uno de los cuales requisó valores por más de medio millón de pesetas; en un camión oficial hizo algunos viajes a la frontera francesa como persona de confianza de los dirigentes marxistas y para recoger material de guerra.”

Consejo de Guerra a Heinz Rosenstein

Heinz era un joven judío de 25 años cuando fue arrestado en junio de 1929 por la policía prusiana bajo la sospecha de ser miembro de una secta masónica prohibida. La postura de dicha organización se basaba casi exclusivamente en un libro de matemáticas publicado durante el siglo XVIII, el Umbra Cipher8, el cual intentaba demostrar a través de un cálculo matemático la densidad específica de la sombra. Así comenzaba el rito de iniciación del aspirante:

“Junto a un montón de velas, un antifaz, un paño y un vaso de agua deben estar presentes y nada más”.

En cierto modo los aspirantes dejaban su propia identidad en la puerta y una vez dentro abandonaban para siempre el traje de su antigua identidad para convertirse en sombras de sí mismos, el objetivo final de dicha organización.

Heinz llegará a Barcelona seis años después de aquel episodio. Venía procedente de Amsterdam y lo hacía apoyado por el Comité de Ayuda a los Judíos, el cual, desde hacía unos cuantos meses, había estado estimulando el flujo de refugiados hacia la República Española, con el pretexto, tal vez infundado, de que era un lugar “predispuesto a la acogida y repleto de oportunidades”. Una vez en la ciudad montará un pequeño negocio de instalaciones eléctricas junto a Walter Tuerk, otro refugiado alemán con el que había coincidido en el hall de la Pensión Mirador9 donde pasaría las primeras semanas de su estancia.

Se puede decir que por entonces Barcelona era una ciudad habitada en masa por fantasmas, gente que como Heinz vivían al margen de la legalidad, sin papeles, en permanente estado de alerta, salidos de las profundidades de un mundo interno común completamente destruido, que en lugar de acercarlos los alejaba cada vez más del tiempo.

Los primeros días se dedicaba asiduamente a dar paseos por las Ramblas en los que acostumbraba a repensar su vida en un acto desesperado para seguir existiendo y no desparecer, o desaparecer del modo que hasta el momento le habían visto los demás. En la calle, rodeado de niños entusiastas, aprendía sus primeras palabras en español, y cotejaba también, un tanto asombrado, el optimismo exagerado de los catalanes, o de al menos, los catalanes que había conocido.

Heinz estaba inquieto, no podía quitarse de la cabeza las recomendaciones insistentes del Comité, las cuales incidían en varias facetas de su día a día: no dejarse ver demasiado, pasar inadvertido, y sobre todo, evitar las grandes aglomeraciones, algo difícil de lograr en una ciudad como Barcelona, donde las personas, no se sabe muy bien cómo ni por qué, siempre acaban unas pegadas a las otras.

Aquella inquietud convivía con una sensación agradable, incluso placentera, que se asemejaba a esa otra que suele aflorar de los lugares ajenos cuando, por primera vez, llegas a ellos, me refiero a esa carta blanca que se otorga al visitante como quien entrega un pase diplomático, y que, de algún modo, te libera de ser uno mismo para ser otro cualquiera, uno mejor, definitivamente. Heinz fantaseaba con esa hoja en blanco que rellenaría con la imagen y los nombres de otro, un ciudadano común de pocas pretensiones, dedicado a sus tareas y sin más ambición que la mera existencia. Sin embargo, en aquella hoja, había decidido finalmente escribir su nombre, su verdadero nombre, Heinz Rosenstein, y nadie sabía por qué.

Pronto, desoyendo a las recomendaciones, se contagió de esa confianza jovial y un tanto ilusa que lo rodeaba, y le propuso a su amigo Walter montar un taller de reparaciones eléctricas. Como ingeniero no le faltaron ofertas de trabajo, no obstante, impulsado por las posibilidades que le ofrecía el mercado autóctono creyó oportuno lanzarse a emprender un negocio. Y así lo hizo. Desembolsó gran parte de sus ahorros y, asociándose con Walter, alquiló un pequeño taller en la calle Lepanto.

Durante el escaso medio año que va de enero a julio de 1936, Heinz, además de dedicarse profusamente a atender su nuevo negocio, frecuenta la numerosa colonia de refugiados de la ciudad, participando activamente en el Comité de Ayuda a los Judíos y en la Asociación Cultural Judía. También establecerá contacto con exiliados de la izquierda alemana, en su mayoría anarquistas, que estaban plenamente asentados en la ciudad.

Aquellos meses, en los que vivirá en primera persona el histórico triunfo del Frente Popular10 en las elecciones generales y la consecuente crispación entre ambos bandos, izquierda y derecha, dejarán una huella imborrable en Heinz. Cada vez más comprometido, asiste con frecuencia al bar Scandinavia11, taberna propiedad de la exiliada austriaca Käthe Goedel-Römer, donde comparte ideas y cervezas con Gunther Wannrich, Karl Brauner, Elly Götze y Willi Winkelmann, miembros activos del DAS, un grupo integrado exclusivamente por anarcosindicalistas alemanes.

En 1935, el año que llega Heinz a Barcelona, contabilizamos una veintena de alemanes, en su mayoría judíos, vinculados al DAS y a la ASY Verlag12, una pequeña editorial de corte libertario con sede en la ciudad. En ninguna de las fuentes consultadas, sin embargo, aparece el nombre de Heinz Rosenstein, ninguna anotación, nada que acredite su participación activa en la organización, lo que nos lleva a pensar que jugaba un papel testimonial en la misma. Si esto es así, podemos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que durante aquella época, previa a la guerra, aún mantenía ciertos recelos respecto a la actividad política, optando por mantenerse al margen.

Durante aquellos días de trabajo frenético en Barcelona, Heinz, que había visto como le requisaban el negocio durante la fatídica mañana del 1 de abril de 1933, recordaría una y otra vez aquella fachada de ladrillos de la que colgaba el cartel de su tienda berlinesa con una leyenda escrita en alemán que decía “Rosenstein und sein schatten”13.

Licenciado con honores en la Universidad de Berlin, había dedicado todo su esfuerzo y talento al estudio de la ausencia de luz, o lo que es lo mismo, a la presencia de sombra. Tras años de intensas investigaciones había llegado a la conclusión de que una sombra, en ningún caso, debía relacionarse con el concepto difuso del “fantasma”, como defendían algunos miembros de la Umbra Cipher. Lo percibido en una sombra no era algo etéreo que se escapaba de nuestro raciocinio, era algo consustancial y, debido a ello, con autonomía propia. El fantasma podía contar con todas las características consustanciales de la sombra (tamaño, color, figura) pero no podía contar precisamente con el carácter de la materialidad. Cuando Heinz hablaba de la percepción de la sombra, estaba hablando de la percepción de un objeto perteneciente, en todo momento, al modo de ser de las cosas.

En principio, intuitivamente, todos reconocemos alguna diferencia inmediata entre la manera de ser de una sombra y la manera de ser de una cosa material. Pero cuando intentamos describir en qué se basa esta diferencia, nos topamos con más dificultades de las que en un principio, a primera vista, deberíamos encontrarnos”.

Para Heinz, la sombra era un cuerpo con plenitud cualitativa que se extiende y se contrae con voluntad propia, que podía, y de hecho, lo hacía constantemente, intervenir en nuestras vidas.

De pie, frente a su tienda, rodeado por la comunión de invitados, recordaría treinta años más tarde, una frase, que a menudo, sin pretenderlo, salía a trompicones de su consciencia, decía así:

no hay ningún recuerdo lo suficientemente intenso para que no se apague’.

Y de inmediato, siempre puntual, tras escuchar el percutir de aquella frase en su cabeza, sentía esa repulsión infecta que recorría sin piedad su anatomía de arriba a abajo. No era cierto, él lo sabía, lo había aprendido, o mejor dicho, se lo habían enseñado. Heinz seguía recordando los días de Stettin con suma precisión, sabía además que el mal era muy difícil de borrar, como más tarde confirmaría, y que tanto el verdugo como la víctima están condenados a encontrarse.

A mediados de julio de 1936, cuando parte del ejército español se alzó en armas contra el gobierno establecido, Heinz Rosenstein entendió que había llegado el momento de dar un paso al frente y afianzar su compromiso con la causa antifascista.

Helmut Kirschey14 conoció a Heinz durante aquellas jornadas heroicas:

“[…] En esa época Elly Götze era la portavoz de los veinte miembros del DAS que estaban en Barcelona. En total éramos unos treinta en toda España. Elly Götze se preocupó de que cada uno de nosotros tuviéramos un carné y una pistola, una Walther. […] Como medio de transporte utilizábamos un Mercedes Cabriolet negro que había pertenecido a un nazi alemán. […] Fui destinado a un “Grupo de Investigación”. Éste formaba parte de la policía de extranjería que debía vigilar a los nazis alemanes en Barcelona. También formaban parte de este grupo Arthur Lewin, Egon Illfeld y Fred Hessenthaler. Hessenthaler e Illfeld fueron originariamente comunistas, y sin embargo se nos unieron durante la guerra civil. Nuestra primera acción fue la incautación de un restaurante alemán llevado por nazis. En el restaurante encontramos la colección entera de fichas de afiliación a la sección internacional del partido nazi en Cataluña. La lista incluía unos 3000 nombres. A partir de ella comenzamos a averiguar quiénes permanecían en Barcelona y dónde podían localizarse […] Controlábamos toda la correspondencia de países germanohablantes, como Alemania, Austria y Suiza, aunque también otros como Holanda. La censura era oficial y era digno de verse cómo se abrían todas las cartas. Fritz Brenner, que era de mi pueblo, y Fred Schröder, estaban en el control postal. Nos reuníamos en el restaurante alemán que habíamos confiscado, el Münchener Bräustübl15. Lo conocíamos como el “Suppenschmiede” y tomábamos allí el desayuno, la comida y la cena. La cocina la llevaban únicamente alemanes antifascistas, y Karl Sieveck era uno de los que trabajaba allí”

No será hasta septiembre cuando Heinz, a través de la mediación de Gunther Wannrich, se afilie a la CNT. Desde entonces ocupa un cargo destacado en las patrullas de control de su propio barrio, primero actuando como chofer y luego ocupando otros cargos a los que irá accediendo sin percatarse, llevado en volandas por la inercia revolucionaria.

(…)


1 Industrial, casado, de cuarenta años, hijo de Hermenegildo y María, natural de Les Piles (Tarragona). Militante marxista. Durante la guerra fue chofer de Jaume Miravitlles, Comisario de Propaganda de la Generalitat de Cataluña.

2 Camarero, soltero, de treinta y dos años, hijo de José y Josefa, natural de Manresa y vecino de Barcelona. Militante de la CNT.

3 Barrio de barracas hoy desaparecido al límite del distrito barcelonés de Santo Martí con el municipio de Sant Adrià de Besòs, situado entre la playa y el antiguo cuartel militar del castillo del Campo de la Bota en un terreno donde ahora se levanta el recinto del Fòrum.

4 Militante anarquista, dirigente del Sindicato de Arte Fabril y Textil de Cataluña y miembro del comité regional catalán de la CNT. Junto con José Asens, Aurelio Fernández y Manuel Escorza del Vale, dirigirá las acciones de las Patrullas de Control del Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña, que asesinaron impunemente miles de personas (eclesiásticos, gente de derechas o propietarios) entre el mes de julio del 1936 y el mes de mayo del 1937.

5 Hoy en día barrio de la Sagrada Familia.

6 Industrial de la comarca del Segrià, ajusticiado en la ciudad de Lleida el 14 de noviembre de 1936, tenía 45 años.

7 Se refiere al desmantelamiento de la organización falangista dirigida por el capitán retirado José Moya acaecida el 15 de enero de 1937.

8 Libro encriptado del siglo XVIII aparecido en Alemania durante los años 30.

9 Pensión ubicada en el número 1 de Rambla Cataluña, pegado a Plaza Cataluña.

10 Los días 16 y 23 de febrero de 1936 se celebraron en España las terceras elecciones generales, y últimas, de la Segunda República Española. Las elecciones dieron el triunfo a la coalición de izquierdas denominada Frente Popular (Front d’Esquerres en Cataluña y Valencia), que, con más del 60% de los diputados electos, agrupaba a PSOE, Izquierda Republicana (que incluía a la ORGA), Unión Republicana, ERC, PCE, Acción Catalana, POUM, Partido Sindicalista y otros.

11 Bar Scandinavia, situado en el número 16 de la calle mediodía, hoy desaparecida.

12 La editorial tenía sus oficinas en el número 132 de Paseo de Gracia.

13 Rosenstein y su sombra

14 Helmut Kirschey, nace en Elberfeld (Westfalia), el 22 de enero de 1913, hijo de militantes del USPD, Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania. Militante anarcosindicalista, miembro del DAS. Llega a Barcelona en julio de 1936 con pasaporte falso para integrarse en la lucha antifascista.

15 Hoy Cervecería Universidad, sita en plaza Universidad.

Un pensamiento en “Antisemitismo franquista en el Camp de la Bota: Heinz Rosenstein.

  1. Antonia Segura
    13 Julio, 2017 a las 19:09

    Muy interesante

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