Tus hijos matarán a los míos


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Trata de convencerme de que el miércoles pasado llovieron cenizas sobre París, y yo le digo que no puede ser. Que si se trata de cenizas, además, no puede decirse propiamente que lloviesen. Intento irritarlo. Y él me invita: deberías tener un sentido menos literal de las palabras. Además, me quejo, te estaba contando lo que nos pasó en Bruselas la semana pasada. Dos soldados armados con fusiles guardaban la puerta de la sinagoga y al salir uno me dijo: le recomiendo que se quite la kipá y espere el taxi un poco más alejado de la entrada. Cenizas, insiste. Sigue: escúchame, que todo está relacionado.

Cayeron del cielo. Como se llame cada pedacito minúsculo y frágil, si no son gotas, ni copos, meciéndose sobre la ciudad. Quien tú y yo sabemos vuelve a casa después de comprar el pan, nota algo raro y se da cuenta de que son cenizas, sobre su cabeza, en todas partes. Entonces abre la boca y espera a que una de las briznas se aposente en su lengua. ¿Briznas te parece apropiado? Dura un segundo, una forma imposible de definir, irrepetibles aristas mutantes en una inagotable gama de grises. Terrible. Real. Se deshace dejando en la boca un sabor amargo y fugaz.

Vuelve a casa lamiéndose las encías. El recibidor huele a guiso y ella anda troceando unas zanahorias frente a la cacerola hirviendo. Tac, tac, tac, el cuchillo contra la madera. Los pequeños, quizá deba recordarte que se llaman Bruno y Anne, puesto que sus nombres son los únicos que contienen cierto simbolismo literario en este relato, juegan con un montón de piezas de plástico amarillas que tienen esparcidas por el suelo del salón. Él les explica que al salir de la panadería se ha dado cuenta de que estaban lloviendo cenizas y los cuatro juntos se asoman a la ventana, pero no queda rastro de las briznas grises salvo, tal vez, una cierta astringencia en el aire. Puede que haya habido un incendio en las afueras. O que haya ardido un avión. Él tiene los dientes resecos, ásperos. Trata de distinguir una última mota calcinada en el cielo de París. Le pregunta, a nadie en concreto, si puede traerle un vaso de agua y es su hijo quien se llega a la cocina y regresa en seguida. Tengo que acabar de preparar la sopa de verduras, dice ella. Anne vuelve a arrodillarse frente a la construcción de bloques a medio armar.

Los niños juegan frente a la pared cubierta por un delicado papel de color crema que colocaron poco después de mudarse desde Frankfurt. Anne había nacido allí y Bruno, en Drohobycz, Ucrania; su padre había estado cambiando de trabajo durante algunos años pero por fin se habían asentado. En ese mismo salón, cualquier tarde, la esposa dice: París es una ciudad estupenda para vivir. Y él asiente con la cabeza sin convencimiento. Ahora mira por la ventana con los brazos cruzados sobre el pecho, el segundero del reloj en su muñeca tartamudea. Sobre el mueble del salón, en las paredes, hay fotografías en blanco y negro colocadas en marcos de plata. Algunos parientes de ella, de él. Sobre todo de él. Miradas en escala de grises, ropa vieja, abrazando a los niños. La pequeña escoge los bloques según la forma y el tamaño que le parecen apropiados y se los tiende a su hermano que los encaja sin dudar persiguiendo el aspecto que ha imaginado al empezar el juego. Aunque le falten piezas triangulares o cuadradas no cambiará el objeto que se han propuesto representar. El crío apretará hasta que encajen.

“Entonces, las imágenes de un supermercado cercado por la policía interrumpen la emisión. Decenas de personas observan desde un segundo anillo de temores y morbo. Uno de los hombres diminutos y expectantes lleva sobre su coronilla una kipá”. En la imagen, el supermercado kosher asaltado por los autores de los atentados de Charlie Hebdo. Fotografía de JJ Georges.

Alguien ha encendido el televisor a sus espaldas. Quizá su esposa. Los niños están absortos en las formas y él sigue frente a la ventana. A ella le gusta escuchar las noticias, como si se tratase de la radio, desde la cocina. Y cuando algo llama su atención se asoma al pasillo, con las manos húmedas envueltas en un trapo, para observar las imágenes. En este caso, el canal informativo 24 horas muestra imágenes de una estación de tranvía alemana en la que acaba de estallar una bomba. Es terrible, murmura la esposa. Pero él sigue extraviado en el sabor amargo que le ha dejado la brizna de ceniza en la boca, escrutando cada parcela de la ciudad frente a la ventana, a ratos, abriendo y cerrando la boca, la humedad viscosa de la lengua y la piel resonando en el salón. Se pregunta si realmente ese pedacito insignificante de universo calcinado ha estado realmente en su boca. Se lame las encías. Quizá lo haya imaginado.

Ella aparece ahora y extiende el mantel blanco sobre el aire sordo de la estancia dejando que caiga sobre la mesa. Luego estira de las puntas y coloca las manos planas sobre la tela para terminar de acomodarla. Vamos a poner la mesa, sí, dice él. Bruno le muestra la construcción a Anne para ver qué le parece cómo está quedando. La niña recorre sus contornos con el ceño fruncido y rebusca con sus dedos en el suelo, sin dejar de mirar la figura, hasta que a ciegas decide colocar un pequeño bloque rectangular en uno de los costados. Ambos asienten satisfechos y retoman la dinámica anterior. Ella escoge, él añade.

Los cuatro comen la sopa de verduras caliente. La esposa es la más habladora, pero no parece que él esté demasiado interesado en comentar las noticias hasta que aparece la predicción meteorológica. Tal vez comenten algo de lo de las cenizas, sugiere. Ella inspira profundamente el aroma de las zanahorias y los puerros, un vaho de calidez vegetal en el pecho. La temperatura seguirá descendiendo con cada día de la semana. Ella se crió en Nueva York, donde los inviernos son fríos, pero aunque contradiga los termómetros, nunca ha tiritado tanto, ni necesitado tanto tomar caldo caliente como desde que se mudaron a París. El presentador no dice nada sobre lluvias de cenizas y él hace un mohín de desaprobación. Habrá sido algo aislado, dice ella. Por fortuna, hace décadas que dejaron de llover cenizas. Habrá sido un incendio por aquí cerca, repite. Tal vez, concede volviéndose de nuevo hacia la ventana, comprobando de nuevo el sabor en su boca.

Toman el postre en el sofá mientras los críos se afanan en terminar la obra dejada a medias. Cuando hace ese gesto, el que ha hecho ahora, me recuerda a mi abuelo Joseph, dice. Y ella sonríe, como si le estuviese gastando una broma, y le dice, pero si es clavadito a mi padre, fíjate en los pómulos, en la forma de la boca. Es un Benchimol, ha salido a nosotros. Él se muestra desconcertado, pero ella ríe y lo abraza y se acurruca junto a él. Entonces, las imágenes de un supermercado cercado por la policía interrumpen la emisión pautada. Decenas de personas observan desde un segundo anillo de temores y morbo. Uno de los hombres diminutos y expectantes lleva sobre su coronilla una kipá estampada de aros rojos sobre el fondo blanco. Una diana, piensa.

Mira papá, es para ti, se acercan sus hijos, el chico lo anuncia y la pequeña sostiene un cuadrúpedo deforme y geométrico, cruzado por las cicatrices hechas de los huecos entre los cientos de piezas de plástico. Él lo mira extrañado, con una tristeza ajena y desconcertante anidando entre sus costillas. Ante la insistencia de los pequeños toma la construcción en sus manos y aunque siente la necesidad repentina de mirarlos, de aprenderse la forma de sus rostros, de ver en sus facciones lo que hay de él, de su mujer, del abuelo Joseph, agacha la mirada y trata de encontrarle un nombre a la forma. ¿Te gusta papá? ¿Te gusta? Pero quien tú y yo sabemos no está escuchando las palabras, sólo la voz de su hija, tratando de desentrañar en ella la vieja melodía de los salmos. Es la madre la que termina por coger el constructo y con una voz veteada de cariño les miente: ¡qué toro tan bonito habéis hecho!

Pero Anne responde enfurruñada: ¡es un becerro, mamá!

«Tus hijos matarán a los míos» es uno de los relatos incluidos en el libro El año nuevo de los árboles (Editorial Sapere Aude, 2018).

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