Tossa, vila d’estiu


Por

Els que van de pas s’estacionen a la plaça, entorn vila de Tossa. Els que van de pas s’aturen a fer essència davant mateix de casa. El carrer de la Guarda – avui de Macià-, és el carrer major; tortuós i estret, gràcies a Déu, com gairebé la totalitat de carrers d’ací. Molts dels autos que passen per davant de casa ostenten matrícula estrangera. Tossa és avui un lloc conegut de tota mena de turistes. Els marxants de sopa estan contents. L’enrenou d’autos és constant. Els qui van de pas s’estacionen a la plaça, entorn del gran plàtan, o s’arredossen a l’ombra escadussera de les cases. El bon turista demana el camí de Vila-Vella. Admira els tortuosos carrers blancs plens de flors, les finestres gòtiques i la vista plongeant de la cala d’es Codolar, des de la muralla medieval. I, des del cim del far, tota la grandesa de la badia de Tossa fins a Sant Telm: penyasegats ocre i roig coronats de vegetació obscura. El descens es fa pel cantó de l’església vella –ruïna esventrada, amb alguna clau de volta esculturada–. Dolçament s’arriba al passeig de marina, on, sempre, en el mur hi ha algun pescador recolzat mirant la ratlla de cobalt entre les barques. Des de la terrassa del cafè d’En Biel, sota l’ombra inquieta dels plàtans, el bon turista admira el brodat dels merlets i de les torres de la muralla medieval; fris de silueta, elegant, una mica femenina.” 

Rafael Benet i Vancells, en el famoso artículo Tossa, babel de les Arts, publicado en 1934.

Postal de Tossa, años 20 (I.Roisin)

Fue en octubre de 1934 cuando lo que hasta entonces había sido uno de los secretos mejor guardados de la selecta vanguardia europea puso fin a su mutismo. El influyente Rafael Benet, pintor y crítico de arte catalán, decide poner sobre el papel lo que a sus ojos parecía extraordinario y nadie hasta entonces se había atrevido a explicar. La revista barcelonesa Art se convierte en el altavoz desde donde Benet revela el secreto que escondía un pueblo de la costa catalana, lo titula “Tossa, Babel de les Arts”. El extenso artículo describe la numerosa colonia de artistas extranjeros que habían escogido ese pueblo como residencia. Sin embargo hacía ya unos cuantos años que Tossa era algo más que una de las playas más atractivas en el imaginario europeo. El propio Benet había comenzado a frecuentarla en el verano de 1928, quizás atraído por sus cualidadades propicias para el paisajismo o tal vez, y de un modo más definitivo, seducido por la incipiente vida artística que acogía. Cuando escribe el artículo, en otoño de 1934, Benet es ya una figura indispensable entre los integrantes de la Babel de les Arts. Un año más tarde será él quien impulse la creación del Museo de Arte Contemporáneo de la villa, fundado finalmente el 1 de septiembre de ese mismo año. Benet explicaría en ese célebre artículo los motivos por los cuáles aquel pueblo de la costa y no otro se había convertido en el Montparnasse del sur de Europa:

Sería extenso explicar las causas de este traslado de extranjeros a un rincón de mundo bello como existen otros, pero los principales son: la potabilidad de nuestra moneda, el malestar político europeo, el relativo buen precio del hospedaje del pueblo y la proximidad con la frontera francesa

¿Por qué de la noche a la mañana un pueblo pesquero de la costa catalana se había convertido en la Montparnasse del sur de Europa? ¿Qué encontraron en Tossa que no hallaron en otro lugar? ¿Qué hacían Georges Bataille, Marc Chagall, Francis Picabia, André Masson, Paul Ludwig Landsberg, Oskar Zügel, Jeab Meizinger, George Kars, Fred Uhlman, Dora Maar en un pueblo tan alejado del vanguardismo parisino, y sobre todo, qué buscaban?

George Kars y Marc Chagall en la playa de Tossa.

George Kars y Marc Chagall en la playa de Tossa.

El mar té cabretes. Els patins a la vela rellisquen ràpids damunt les faixes d’ultramar, verda i cobalt, deixant-hi damunt una estela d’escuma. Les senyores grasses pigmenten llurs esquenes d’hipopòtam damunt l’or de l’arena, vora les randes que es fan i es desfan. La marinada ens alleugereix una mica de l’ona de calor, refrescant lleugerament la nostra epidermis febrosa. De tant en tant, però, arriben fins a nosaltres alenades d’aire roent que vénen de terra endins. Sota el tenderol que el ventet agita, prenem l’aperitiu el pintor Georges Kars i jo.”

Este era el bello y puro escenario de una “Conversa d’estiu” entre Rafel Benet y Georges Kars. Benet no especifica qué lugar han elegido para tomar el aperitivo, de hecho, podrían ser varios: el bar d’en Marcus, el Buen Retiro, el café d’en Biel, la pensión Steyer, etc., todos ellos establecimientos de moda donde se reunían día y noche los artistas. Kars había llegado a Tossa en 1929, invitado por su amigo Benet, al que había conocido en París.

Kars, checoslovaco de origen y de ascendencia judía – sus padres eran judíos alemanes asentados en Praga-, se había instalado en Tossa junto a su mujer Nora atraído por las condiciones innatas que albergaba para la creación artística, y por qué no, por simple hedonismo. Aspiran a vivir bien y barato, algo factible para cualquier europeo en la España de los treinta. Alquilan una casa en la calle Sant Telmo que con el tiempo se convertirá en centro de reunión de la comunidad artística que veraneaba en el pueblo, por entonces, formada casi exclusivamente por catalanes. Entre ellos su amigos Rafel Benet, Pere Creixams y Enric Casanovas 1.

Unos meses más tarde de la publicación del famoso artículo Benet se enorgullece de su amistad con Kars en una nota publicada en La Veu de Catalunya a principios de julio de 1935:

Fa alguns dies que ha tornat a Catalunya, i s’ha instal·lat a la seva casa de Tossa de Mar. Els meus lectors coneixen perfectament el pintor Kars: he parlat tantes vegades d’ell com artista i com a home! He fet l’elogi del seu art i de la seva fina, però esmussada, ironia. Kars és un admirable causeur. Parla àgilment, però quan ataca, li plau de fer-ho, més aviat pel cantó romb del seu estilet irònic, que per la punta. Georges Kars aquest hivern ha anat d’Herodes a Pilat. Ha estat uns mesos a Txecoslovàquia, el seu país nadiu, pintant una gran tela comanda de l’Estat, per a decorar un dels Ministeris de Praga; després tornà a París i darrerament ha fet el seu primer viatge a Londres. Kars em parla d’aquests viatges, i il·lustra la seva conversa amb anècdotes (….) La conversa es trenca. Cal tenir en compte que es tracta d’una conversa de terrassa de cafè, en un migdia feliç d’estiu. Sort del ventet de Garbí, que ens fa passadora la calor. Georges Kars, reprèn al cap de poc el diàleg. Diu que París està artísticament esgotat; que no existeix. A l’Hôtel Drouot, les cotitzacions de les obres de pintors a la moda, obtenen preus irrisoris. Per cinquanta, vint o deu francs, hom pot obtenir obres que havien valgut centenars de mil francs. Kars recita una restallera de noms de pintors que fa pocs anys viviren com a milionaris, i avui no poden mantenir el més mínim decòrum. París està perdut. No hi ha res a fer…

Castell de Tossa,

Detengámonos un segundo en esta última afirmación:

Paris está perdido. No hay nada que hacer…

Con este vaticinio Kars nos está anunciado el fin de un mundo, lo dice desde la serenidad que le brinda el paraíso, en una terraza de un café de un mediodía “feliz de verano”, donde el advenimiento del nazismo parece un país lejano. A pesar de la calma que evoca el escenario, Kars nos habla con amargura, nos está diciendo que su vida, tal y como la concebía, ha llegado a su fin, el mundo feliz que él había imaginado en la Mitteleuropa trae consigo una nube negra que acabará con todo. Pero en Tossa, durante aquellos días, la felicidad podía rozarse con la yema de los dedos.

Desde principios de los años treinta esa palabra secreta que respondía al nombre de Tossa había cruzado Europa de boca en boca. Desde entonces este pequeño y tranquilo pueblo de la costa brava comienza a popularizarse más allá de los círculos meramente artísticos y comienza a poblarse de pintores desconocidos, buscavidas, aventureros, americanos adinerados, alemanes de izquierdas, todos ansiosos de abandonarse a la “dolce vita”. El matrimonio Johnstone, formado por Archie, un reportero del News Chronicle, y Nancy, una escritora en ciernes, son uno de ellos.

En el verano de 1934 los Johnstone ven la oportunidad de negocio que ofrece este rincón bello y barato de la costa catalana. La oferta hotelera del pueblo era incapaz de absorber una demanda en auge, por lo que la apertura de un hotel no era un idea tan descabellada. Así pues, los Johnstone, tras pasar una larga temporada en el pueblo, abandonan finalmente Londres y se instalan en Tossa. Compran una casa en las afueras con la intención de convertirla en hotel. Su arquitecto será un refugiado judío alemán, un tal Fritz Markus, propietario del célebre bar d’en Marcus.

En 1937 la editorial Faber & Faber le publica a Nancy sus vivencias en Tossa bajo el título Hotel in Spain. En sus líneas no se olvida de amigo Markus:

Fritz Marcus tenía un bar en Tossa. Marcus era un reputado arquitecto alemán que había tenido que emigrar por su condición de judío. Su bar no te dejaba indiferente. Había renovado una vieja masía catalana logrando mantener el ambiente de una casa de pagès. Su mujer, Riehm, era muy habilidosa. Había pintado unas baldosas con caricaturas de celebridades locales y las había colocado en las paredes blanquecinas de la sala. El propio Marcus presidía el bar con un aire de gran dignidad, como si fuera una especie de patriarca jovial. Su mujer, conocida en Paris por sus dibujos, sonreía a los clientes en todos los idiomas. Recuerdo haber tenido una larga charla con Marcus. Se mostró muy amable y se comprometió a ayudarme a buscar un terreno para edificar el Hotel

Un verano antes de la llegada de los Johnstone, Europa vive incrédula el advenimiento del nazismo en Alemania. Los caminos del continente se llenan de refugiados alemanes, judíos, comunistas, anarquistas, militantes de izquierda, en busca de una nueva oportunidad para comenzar de cero. En este contexto de huida asfixiante Tossa se convierte en un oasis para los exiliados, el pueblo les ofrece buen clima, buenos precios, un invierno suave, un verano feliz y sobre todo la calma que tanto anhelaban.

Archie y Nancy Johnstone, años 30.

Archie y Nancy Johnstone, años 30.

Demos ahora un paso hacia adelante. Situémonos en el barrio barcelonés de Les Corts a principios del agosto de 1936. Allí se forma un grupo armado compuesto casi exclusivamente por vecinos, en su mayoría trabajadores del transporte. Se harán llamar Los Aguiluchos. De los cien voluntarios que lo componen, sólo siete son mujeres. Entre ellas encontramos a una chica alegre y espigada con un marcado acento porteño, se llama Greville Texidor2 y viene acompañada por un apuesto alemán.

Greville había llegado España en el año 33 procedente de Buenos Aires. Venía siguiendo a su marido, Manuel Texidor Catasús, un industrial catalán con pasaporte británico que había hecho fortuna en la capital argentina. Inmediatamente se instalan en Tossa. Allí Greville conocerá a un joven refugiado alemán que llamará su atención, su nombre era Werner Droescher.

Werner, vinculado al FAUD, organización anarquista alemana, se había visto obligado a abandonar su domicilio y puesto de trabajo tras el continuado acaso de la policía alemana. Tras deambular por varias ciudades europeas aterriza finalmente en Tossa, donde encontrará trabajo como maestro particular en la vivienda de una rica familia teutona.

En 1934 Manuel Texidor se traslada a Palma de Mallorca por asuntos de negocios, dejando a su esposa Greville y a su hija Cristina en Tossa. Esa ausencia desencadena la relación entre Greville y Werner, los cuales pasearán su amor por la geografía catalana. En palabras del propio Werner:

“Nuestras veladas tenían lugar en los lugares más románticos que pudieras imaginar, en las montañas del Pirineo, en los pueblos pintorescos de la costa…Cuando la situación se tornó más delicada, escogimos el anonimato de la gran ciudad, evitando de ese modo las habladurías de un pueblo como Tossa…3

Tras los acontecimientos de julio del 36, la nueva pareja formada por Greville y Werner decide trasladarse a Barcelona para integrarse en las milicias antifascistas recién creadas. A principios de agosto se marchan al frente formando parte de la columna Los Aguiluchos, integrada por poumistas y cenetistas mayoritariamente. Estando concentrados en La Zaida, base militar republicana, recibirán la visita de Emma Goldman, con la cual, a partir de entonces, entablarán una profunda amistad. A la vuelta del frente, a finales de agosto, la pareja se alojará con una familia militante de la barriada de Les Corts:

[…] Durante el tiempo que convivimos con una familia anarquista del barrio de Les Corts pudimos observar muy de cerca las bases del alma solidaria y cooperativista4

De un día para otro Tossa se había convertido en un referente del veraneo del “buen gusto”, sin embargo ese “paraiso azul”, como lo bautizó Marc Chagall, no tardaría en cambiar. La vida tranquila del pueblo marinero comenzaría a sufrir los embistes del turismo de masas. El 21 de julio de 1935, Rafael Benet escribe en “La Veu de Catalunya”:

L’any passat ja es pressentia, però no semblava que el canvi arribés tan aviat: a Tossa es crea el clima d’una platja mundana. Darrere els artistes de totes les parts del món que la descobriren, han vingut uns simples turistes internacionals: noruecs, suecs, danesos, txecs, francesos i anglesos. Aquest any són els anglesos els que dominen en nombre. Els alemanys, degut a la política de Hitler que priva la sortida de capitals del seu país, es pot dir que han quedat molt reduïts en nombre, sobretot quant a aris. Gairebé es pot dir, però, que són els jueus foragitats els qui porten la direcció del canvi que s’opera en els costums de Tossa de Mar, vila d’estiu. Aquesta colònia jueva-alemanya és la mestressa del gust. Hi ha a Tossa arquitectes notabilíssims , els noms dels quals figuraven a l’avantguarda del moviment alemany, abans del triomf nacional-socialista. Són els professors Gerhard Planck i Fritz Marcus, el darrer dels quals, a més de dirigir algunes construccions, posseeix un bar on es dansa fins a la matinada. El professor Planck ha dirigit la casa del seu parent el pintor abstracte Oscar Zügel, qui viu a Tossa tot l’any. Una casa amb teulada àrab, d’inclinació discretíssima. Una casa de tipus meridional, d’una plasticitat notable. Aquesta casa lliga extraordinària- ment amb el paisatge; hom diria, per la blancor de calç dels seus murs, que és una casa més de pescadors, si hom no descobrís tot seguit en les seves proporcions un gust decididament afolklòric, en l’amplada de les seves finestres un bell sentit paisatgístic i un accent general una mica californià. És aquesta típica californiana la que assoleixen donar els professors jueus alemanys a llurs construccions mediterrànies. El mateix professor Marcus, que ha dirigit la construcció de l’hotel anglès dintre un estil funcional no del tot desarrelat del paisatge, ha dirigit també el bell quiosc del dancing i tenis del Bon Retir. Aquesta bella construcció blanca amb teulada àrab i amb encavallades vistes, és també un exemple d’estil colonial espanyol, més que d’estil català. Però, totes aquestes construccions fetes per estrangers són d’un bon gust perfecte. Aquest dancing del Bon Retir és un encert superior. El propietari és el Dr. Kurt Merlaender, un antic editor de Berlín, que ha sabut espavilar-se en l’exili. La situació del nou lloc d’esbargiment és immillorable. Al peu mateix d’un bosc de grans sureres i roures, – un bosc magnífic– , el Dr. Merlaender ha fet construir el tenis, el pavelló de la pastisseria i una pista. Tot és calculat per Marcus amb un gran sentit de l’harmonia general; tot agafa un aire realment senyor. Hom ha obtingut aquesta alta elegància servint-se d’elements constructius simplíssims. A l’hora del te, les taules ocupades per distingides dames del país i de fora ( algunes de les quals llueixen gossos de raça), l’indret agafa un gran accent. El meu amic, el pintor Carles, si ho veiés, qualificaria tot seguit el Bon Retir de paisatge d’ sleeping. Ajuda a crear aquest clima mundà de Tossa l’anomenat Casino, que l’hoteler alemany Steyer té des d’aquest any vora la mar. El meu amic el periodista francès Pernoud –esperit finíssim– anomena aquest dancing cabaret protestant. Aquesta gent, però, amb elements simplícims, us munten el tinglado més complicat: us creen un ambient propici a la degustació del wisky, del gin i del champagne. Aquest és el lloc preferit de la colònia anglesa. Una mitja llum confidencial dóna al local aquell to hipòcrita o discret –com vulgueu– que priva de veure les expressions netes dels rostres. Tot és ací difús i trist. Hi ha anglesos i angleses vestits d’etiqueta de platja, que absorbeixen, asseguts en el bar americà, unes quantitats fantàstiques de metzines. Els anglesos s’embriaguen amb la major serenitat: guarden el plec. Són motors que necessiten de l’alcohol, però que deuen córrer per rutes de la sola imaginació, car, en general, aquesta gent, aparentment, despèn tones de la característica flema britànica. Hi ha, però, ací, una anglesa bruna, –una mestissa– que nosaltres hem acordat que deu ésser d’algun dominion o protectorat del Mediterrani, la qual, sortosament, posa una mica d’esclat en aquest ambient calvinista. A més del Casino existeix el dancing-bar de Marcus, decorat aquest d’una manera sobrerealista, amb deixalles de platja. Hom diu, també, que uns berlinesos han decorat d’aquesta mateixa manera, però amb gràcia de primer ordre, la pensió que dirigeixen, la qual no he vist sinó de la part de fora: una vella casa de marins que ostenta avui el següent cartell damunt un rotlle imaginari: C’est le petit hôtel de Mossell. Hom veu per tots els carrers de Tossa cartells en francès, alemany i anglès. Fins la gent del país s’ha donat a aquesta mena de poliglotisme per a anunciar els hostals, els productes i els serveis. Àdhuc els nois de l’orquestra del poble han canviat els antics instruments pels del jazz. Abillats amb camises blau cel fantasioses, lluint els petits mostatxets retallats i estilitzats en voluta, –els mostatxos de vedettes del cinema– toquen el saxofon i canten en anglès, en les vetllades sabatines del Bon Retir. Un carrabines de la plaça, des que

El 27 de julio, seis días después y también en La Veu de Catalunya, Benet incide en el valor determinante de la presencia extranjera para la mejora y preservación de la Tossa genuina, dice así:

“En el meu article darrer parlava de com els estrangers han sabut donar a llurs construccions de Tossa de Mar un sentit perfecte, sobretot quant a bon gust. Els arquitectes Gerhard Planck i Fritz Marcus han fet a casa nostra el que no hem sabut fer nosaltres. Ja sé que en llurs construccions més reeixides l’accent californià és manifest. Però aquest accent, tanmateix, ja és alguna cosa. Jo sé com aquests dos arquitectes són amorosos de les coses del nostre país. Sé el respecte que tenen pel nostre paisatge i per la nostra tradició constructiva. Sé també com estimen la nostra mà d’obra, considerant-la com la primera del món. El pintor Zügel, que ha fet construir la seva casa de Tossa aquest hivern, està admirat de l’instint i la intel·ligència dels nostres paletes. Em contava Zügel com, en començar les obres, no hi havia, potser, la compenetració deguda entre l’arquitecte i el propietari d’una part i els obrers de l’altra. Aviat, però, les coses canviaren i, per part del mestre d’obres i dels paletes, la compenetració fou absoluta. La casa de Zügel, dirigida pel seu parent Planck, fou pujada amb un amor perfecte. L’interior d’aquesta casa és una cosa magnífica: fina modernitat realitzada servint-se d’elements del país. L’arquitecte Planck és un gran artista: el seu sentiment de les proporcions és de primer ordre. Tant ell com Marcus, l’arquitecte paisatgista del Bon Retir, han sabut evitar el perill d’un art massa regionalista. No han caigut gens ni mica en aquella calamitat escenogràfica que jo m’he acostumat a anomenar gust del Castell de Tres Dragons. Han fet obra moderna, però enllaçada amb la tradició constructiva de casa nostra. Potser, en aquest sentit, es podria anar més a prop de l’esperit de la terra; però el que es pot assegurar és que fins ara cap arquitecte del país no ha assolit res més aproximat a aquest esperit que el que han assolit aquests arquitectes estrangers, amorosos de casa nostra. I no exagero. Per un cantó, tenim a la nostra costa exemples de construccions gust antiquari, tipus Maricel de Sitges; per l’altre, tenim les torretes fantasioses de crocant i els xalets nòrdics. Tot un mostrari de mals models de casa d’estiu, extrets de les revistes alemanyes d’abans i de després de la guerra. Tenim S’Agaró, que, tot i tenir l’avantatge de la unitat estilística i un bell sentiment urbanístic, tret de la casa del pintor Colom que potser és massa folklòrica i d’alguna altra, tot té un regust baverès ben inadequat a la nostra llum. I parlo de S’Agaró, que és el millor que hem sabut fer amb els elements nostrats. Després hi ha les construccions dites funcionals, de tipus internacional, les quals, per no voler admetre cap accent dialectal, no tenen ni suc ni bruc. Aquestes caixes de panses blanques de calç arriben a fer bonic si són emmarcades amb grans arbres, però com que desgraciadament en el nostre país, d’aquests, se n’està perdent la mena, no cal dir que la nuesa i el maquinisme prenen ací una acritud realment africana. Aquests darrers anys he tingut la sort de poder recórrer la nostra Costa Brava i, per desgràcia, es constata que gairebé únicament els estrangers han sabut adaptar-se al nostre clima. És clar que hi ha algun rus que ens ha fet a casa nostra Castells de Tres Dragons més o menys eslaus, però també hi ha anglesos que han tocat la corda californiana amb veritable discreció. Voldria que aquestes construccions blanques i senzilles per fora, esdevinguessin modèliques a casa nostra. Que els nostres arquitectes sabessin enfondir en el sentiment tradicional de la nostra construcció, sense caure en el pintoresc. Que la nostra costa Brava i la nostra Costa de Ponent, meravelles de llum i d’estructura, no fossin mai més profanades per la cursileria i l’estultícia. Però, dissortadament, l’evolució del gust a casa nostra és molt lenta, o bé massa impremeditada. Les cales més calmes del nostre litoral es van emplenant del tipus més estrany d’arquitectura. Hi ha una gran crosta de plebeisme en la nostra nissaga que cal arrencar de pressa i corrents. Hi ha encara molt a salvar. Moltes viles típiques, on tot just arriba el gaudinisme de tercera mà, però que si no correm no hi serem a temps. Hi ha a salvar el paisatge. El nostre paisatge meravellós que ningú no té dret a profanar. I tot això es guareix fent estimar a tothom la senzillesa. Quantes fortunes s’han despès, en el nostre país en coses totalment inútils i lletges. És cert que, fa uns quants anys, en general, a ciutat, les coses guixen millor. Però, en els pobles, tot just arriba ara el gust pel capriciós gratuït, amb el qual es feren , fa alguns anys, tantes bestieses a la nostra estimada Barcelona. He llegit, un d’aquests dies, al diari, que el meu amic senyor Vallès i Pujals, honorable conseller d’Obres Públiques, vol intervenir en defensa de la bellesa de la nostra Costa Brava: defensa de les servituds dels camins del litoral, que han d’ésser considerats de gaudir públic i defensa de l’harmonia de les construccions que amb tanta abundància com anarquia s’alcen prop del nostre mar. La notícia és ben consoladora. És hora de fer respectar a tothom el millor que Déu ens ha donat: el nostre paisatge.”

Este alegato de Benet de la defensa del patrimonio podría subscribirse hoy en día por cualquier amante de la costa brava. Repite en varias ocasiones “hem de salvar el paisatge”, lo que demuestra su activismo respecto a las amenazas que se cernían ya sobre el patrimonio. Benet pone como ejemplo la labor desarrollada por varios refugiados, Planck, Zügel, Markus, que habían edificado guiados por el buen gusto y el respeto a la tradición, al contrario que muchos autóctonos.

¿Se convirtió Tossa en el lugar soñado donde llevar a cabo las utopías que estaban siendo torpedeadas en las capitales europeas?

Volvemos de nuevo a las palabras de Kars: “Paris está perdido, no hay nada que hacer”. ¿Se convirtió este pueblo costero entre montañas, este paraíso secreto, en el último refugio de la utopía? No hay duda que la hubo, al menos una utopía de la cotidiano, doméstica, que los acercaba de nuevo al género humano. Y la hubo mientras fue posible, el estallido de la Guerra Civil Española puso fin al “paraíso azul”, y de nuevo se vieron obligados a huir. Sin embargo ya nadie les borraría el recuerdo de los “días felices”, los paseos por Es Codolar, las charlas en la terraza del bar d’en Biel, las noches mágicas en la pista de baile del bar d’en Marcus, el poder atrayente de Vila Vella, las casas blancas y las ventanas góticas…


1 A día de hoy el Museo Municipal de Tossa acoge cinco obras de Kars pintadas en aquella época.

2 Greville Texidor dejará escrito su experiencia durante aquellos años en una novela titulada In fifteen minutes you can say a lot.

3 Werner Droescher, Odysee eines Lehrers. Munich: F. Hirsthammer Verlag GmbH, 1976.

4Towards an Alternative Society’, typescript, 1978, pag. 52, Auckland University Library.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *