Superman y los judíos


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El cómic de superhéroes es una de las formas de expresión artística con mayor impacto en la sociedad actual. Batman y Superman, Spiderman y Lobezno son iconos de la contemporaneidad que desde mediados del siglo XX dialogan con la experiencia del ser en nuestro tiempo. Con menos consumidores que el cine o la literatura, el noveno arte ha logrado colocar algunas de sus obras en las listas de más vendidos de The New York Times al tiempo que continúa desarrollándose y encontrando formas creativas cada vez más sofisticadas. En el apartado textual, guionistas como Alan Moore (V de Vendetta, Watchmen), Grant Morrison (Nuevos X-Men, Batman) o Frank Miller (Daredevil, Sin City) han ensanchado los límites de los tebeos de superhéroes para narrar historias que, respetando su singularidad artística, deberían observarse con el mismo aprecio que una buena novela. Y es que el debate sobre el valor cultural del cómic está camino de superarse y probablemente deje de estar discutido desde el canon cuando en las universidades se produzca un relevo generacional y los profesores veteranos sean los jóvenes doctores que se han atrevido a hacer del cómic su objeto de estudio.

Uno de los aspectos que ha empezado a analizarse es la influencia de la cultura judía en la etapa de desarrollo inicial entre las décadas de 1930 y 1960 del cómic de superhéroes y, en el sentido opuesto, el papel que jugaron Batman o el Capitán América en el hecho identitario judío. Muchos norteamericanos de primera o segunda generación, hijos de inmigrantes judíos, encontraron en los justicieros enmascarados que se enfrentaban a las mismas actitudes y conflictos que ellos padecían en su día a día. El poeta Alan Kaufman, por ejemplo, explica en sus memorias (Jew Boy) la importancia emocional de los cómics en su adolescencia y cómo llegó a crear un personaje, The Purple Jew, que a la manera del Capitán América combatía la xenofobia, la discriminación, el nazismo…

Esa identificación de los adolescentes y jóvenes judíos norteamericanos con los héroes de DC y Marvel no era fruto de la casualidad, ni tampoco se debía exclusivamente a que proyectasen sus expectativas sobre las páginas de los tebeos. Detrás de sus apellidos americanizados, decenas de creadores judíos contribuyeron de forma decisiva al crecimiento y desarrollo de la industria del cómic de superhéroes e imprimieron en él –voluntaria o involuntariamente– parte de la vivencia del pueblo de Israel en Estados Unidos. Y quizá esa disociación imposible entre lo judío y el cómic de superhéroes en su etapa inicial explique, al menos parcialmente, porque no ha surgido la necesidad de crear personajes que reivindiquen explícitamente lo judío, mientras que en las últimas décadas las reclamaciones de los derechos de colectivos como el afroamericano o el femenino sí han necesitado una respuesta expresa por parte del sector. En el elenco de las grandes editoriales no encontramos un icono hebreo como El Halcón o Pantera Negra puedan serlo para los negros, Hulka y la Viuda Negra para las mujeres o, más recientemente, Ms. Marvel para los musulmanes. ¿Cuál sería el icono súperheroico inconfundible y reivindicativamente israelita? ¿La Cosa, de Los 4 Fantásticos, después de que Dan Slott nos mostrase su bar mitzvá en una historieta memorable? ¿Magneto y Charles Xavier, de quienes nos contaron que eran supervivientes de la Shoá? ¿Kitty Pride, uno de los primeros personajes abiertamente judíos, creado por Chris Claremont (educado en un kibutz)? Sí, pero no. Como en La Cosa, Magneto, el profesor X o Gatasombra, en las primeras aventuras de muchos de los superhéroes más leídos la experiencia judía subyace, es consustancial, porque también lo era en buena parte de sus autores.

Cuando Stan Lee y él crearon Los 4 Fantásticos, Jack Kirby decidió que Ben Grimm sería judío. Décadas después, Dan Slott tomó el guante y nos narró su bar mitzvá en una sinagoga neoyorquina.

Julius Schwartz, editor de DC en la década de 1950, había nacido en el Bronx, hijo de un matrimonio judío que había emigrado de Rumania a Estados Unidos a principios del siglo XX. Junto con artistas como Carmine Infantino y el también judío, en este caso de ascendencia galitziana, Joe Kubert fue el impulsor de la llamada Edad de Plata, en la que rediseñaron y confirieron su imagen actual a personajes como Flash, Green Lantern o Batman. Estos personajes, junto con otros iconos de la editorial, formaron la Liga de la Justicia de América, uno de los grupos de superhéroes más longevos y populares del sector, creado por el propio Schwartz a principios de 1960.

También fue Schwartz el editor que se propuso devolver a Batman a la primera línea de acción, después de que el personaje hubiese caído en el olvido. A pesar de su popularidad inicial, el hombre murciélago no había acabado de cautivar a los lectores. Schwartz confiaba en el potencial del personaje y parte del universo que se había creado para él, pero además, tuvo la virtud de debastarlo, encargar el rediseño de su imagen a Gardner Fox e Infantino e introducir personajes como una nueva versión de Batgirl. Posteriormente, confió la serie a Dennis O’Neal y Neal Adams, que acabarían de fijar los rasgos del personaje y brindarían a los lectores una de las etapas más memorables de la serie. Si bien es cierto que Batman fue concebido por Bob Kane (Kahn) y Bill Finger (hijo de un inmigrante judío austríaco) en 1939, es probable que sin el buen hacer editorial de Julius Schwartz no hubiese alcanzado la categoría de icono global que posee hoy en día, engrandecida por el trabajo de algunos de los autores más brillantes del género, como Miller, Moore o Morrison.

El otro gran icono de DC, Superman, fue creado en 1933 por dos alumnos de instituto, Joe Shuster y Jerry Siegel, que distribuyeron la primera aventura del Hombre de Acero en un fanzine autoeditado que circuló de mano en mano por las calles de Cleveland. Sólo cinco años después, en 1938, una aventura de Superman se publicó por primera vez dentro de la legendaria revista Action Comics y en 1939 ya gozaba de su propia serie. El kyptoniano se convirtió en uno de los héroes de cabecera de toda una generación y en un emblema de la lucha por los derechos humanos y las libertades. En sus páginas llegaron a tratarse asuntos de tanta relevancia para la sociedad norteamericana como la Segunda Guerra Mundial, la Guerra de Vietnam o la Marcha de Selma.

La presencia de rasgos judíos en Superman ha sido uno de los principales campos de discusión teórica en el análisis de la relación entre judaísmo y cómic. En el libro Up Up and Oy Vey el rabino Simcha Weinstein establece un sugerente paralelismo entre el Hombre de Acero y Moisés, sustentado en la premisa de que Shuster y Siegel eran judíos, cuanto menos, habituales de la sinagoga.

Cuando sólo eran dos alumnos de instituto, los jóvenes judíos Joe Shuster y Jerry Siegel crearon a uno de los mayores iconos pop del siglo XX: Superman.

Como ya hubiese hecho con Batman, tras los grandes y dramáticos acontecimientos del siglo, Julius Schwartz fue el escogido para redirigir el rumbo del personaje tras la jubilación de su editor original, Mort Weisinger, en 1970. Weisinger, cuyo origen se sitúa en la comunidad judía austríaca emigrada a Nueva York, además de haber coordinado la edición de Superman durante casi treinta años, fue el creador de Aquaman y Green Arrow, personajes popularizados en los últimos años gracias a su aparición en el cine y la televisión.

No muy lejos del despacho de Schwartz en Nueva York, Stan Lee comenzaría moldear la compañía que se convertiría en competencia directa de DC: Marvel Comics. Stan Lee es el nombre con el que escogió firmar sus creaciones Stanley Martin Lieber, como el editor de DC, el hijo de unos judíos que habían llegado a la Gran Manzana procedentes de Rumania. Personajes sin los que hoy no sería posible comprender la industria del cómic, como Spiderman, Los Vengadores o Los 4 Fantásticos son fruto de su ingenio, de la confianza que durante mucho tiempo le brindó otro editor judío, Martin Goodman, y de la tendencia marcada por Schwartz. De hecho, Stan Lee creó Los 4 Fantásticos como respuesta al encargo de Goodman de alumbrar para su editorial, entonces Timely, una colección que se subiese a la ola del éxito cosechado por la Liga de la Justicia de DC.

La gran virtud de Lee fue la de introducir dilemas y rasgos humanos en sus superhéroes. Los personajes de Marvel no eran figuras monolíticas y estoicas, alienígenas y casi perfectas como Superman, sino que tras colgar la capa debían enfrentarse a los mismos problemas que afrontaban sus lectores. Como el joven Alan Kaufman. Spiderman además de combatir al Doctor Octopus era el timorato Peter Parker, acosado por sus compañeros de clase; Mr. Fantástico y La Mujer Invisible se relacionaban como marido y mujer además de como miembros de un equipo de justicieros…

Y si Stan Lee fue el responsable de establecer el arquetipo de los superhéroes de cómic, su compañero Jack Kirby (Jacob Kurtzberg, primer norteamericano de una familia judíos centroeuropeos) revolucionaría la forma de dibujarlos y marcaría a las generaciones posteriores. Su dinamismo, su capacidad para reflejar el movimiento, su trabajo de la secuencialidad y la tensión y tratamiento de la perspectiva son considerados una de las cimas del dibujo secuencial. Junto con otra leyenda de la industria, Joe Simon, nacido Hymie Simon y con raíces inglesas, Kirby creó uno de los superhéroes más queridos por los adolescentes judíos de mediados del siglo XX: el Capitán América, guardián de las libertades y azote de los nazis.

Schwartz, Lieber, Goodman, Kurtzberg, Simon… El relato fundacional de algunos de los mayores iconos pop de nuestro tiempo posee una rúbrica nítidamente judía. Autores como Lee o Schwartz encontraron en las viñetas una forma de expresar los conflictos y los sueños que compartían con los miles de hijos y nietos de inmigrantes que habían llegado a Estados Unidos a finales del siglo XIX y principios del XX huyendo del antisemitismo, con la esperanza de construir una vida mejor. Paradójicamente, cimentaron su enorme legado cultural condicionados, en parte, por el antisemitismo que también existía en América y que a menudo apartaba a los judíos de los que eran considerados medios de comunicación de especial relevancia, escribe Danny Fingeroth en Jews, Comics and the Creation of Superhero. La consideración del cómic como una forma artística de segunda (o de tercera) permitió el desarrollo de la primera generación de guionistas y dibujantes judíos a los que no se les iba a ofrecer fácilmente una oportunidad en la prensa o en la publicidad. El resultado del trabajo de aquella generación no sólo ha entusiasmado a millones de lectores en todo el mundo sino que forma parte del relato artístico y cultural de Occidente.

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