Roby Varsano: una carta


Por

Esta carta escrita por Roby Varsano fue publicada en su edición original en griego el 28 de marzo de 2018.

Al alcalde de Tesalónica:

Yo, Roby Varsano, que durante décadas he llevado tatuado en el brazo el número 115.365, superviviente de los campos de Auschwitz-Birkenau, querría decir «bravo» a todos ustedes, a los que decidieron honrarnos con un gesto simple, pero tan simbólico, a todos los judíos expulsados de nuestra ciudad, Tesalónica. El cambio de nombre de la calle Azanasios Jrysojóu[1], actualmente Alvertos Nar[2], es una respuesta oculta desde hace años en los cajones de la burocracia, de las conveniencias y de la indiferencia.

No querría referirme al general Jrysojóu. Tanto nosotros como muchos patriotas lo conocemos bien. Me referiré a Alvertos, el literato, aquel muchacho a cuyos padres Max Merten[3] (el que supervisó la «solución final» en nuestra ciudad) persiguió con saña.

Se libraron de los campos de concentración de los nazis, como me libré yo, y se engancharon, como yo, a las cenizas. Y aguantamos, tuvimos hijos para vengarnos de la muerte, a la que burlamos. Los padres de Alvertos, como yo y muchos otros, sobrevivimos y luchamos duramente para expulsar la abyección de nuestras vidas. Todos los supervivientes luchamos día y noche para expulsar del cuerpo… esa maldita, carbonizada abyección.

Nunca buscamos venganza. Ignoramos muchas veces la injusticia, dejando que la historia decidiese y castigase por nosotros. Yo fui algo más afortunado. A comienzos de la década de los cincuenta, me encontré cara a cara con Merten y participé en su detención. Otra cosa fue cómo reaccionó el gobierno griego.

Lo deseable para mí era que se desvelase su papel, que salieran los supervivientes a mirarle a los ojos, no con odio, sino con ganas de reírse de él, porque ellos le vencieron, aun siendo todopoderoso. Lo mismo querría yo para los griegos que colaboraron con él y los suyos. Pero la «patria agradecida» los dejó sin castigo, les confirió dignidades, les dio oportunidades…

Y ahora el ayuntamiento llega para desclavar[4] las mentiras, gracias a la verdad histórica. Soy tan viejo que no sé lo que ocurrirá mañana. Pero me siento demasiado viejo para gritarles a todos ustedes: restauren la verdad. Honren a aquellos que fueron sacrificados en nuestra ciudad. Superen todo lo que conlleva división. Reescriban la historia con verdades. No con mis verdades, sino con las verdades del mundo. Aquellas ideologías que desangraron a la humanidad, que exterminaron a millones de personas en nombre de una supuesta excelencia, no tienen sitio en esta ciudad.

Se lo digo yo, Roby Varsano, a mis 93 años, uno de los poquísimos que sobrevivieron al Holocausto, con el número 115.365 tatuado en el brazo.

Con afecto,

Roby Varsano

El 11 de julio de 1942 es conocido en Grecia como «Sábado Negro». Ese día, los nazis obligaron a 9000 hombres judíos de entre 18 y 45 años a concentrarse en la Plaza de la Libertad de Tesalónica. Allí los humillaron de todas las maneras posibles. Un medio griego publicó el 11 de julio de 2017 un artículo con varias fotografías de ese día (del que paso a traducir algunos datos). Las fotografías fueron hechas por un soldado y músico nazi que las reunió en un álbum personal. Constituyen un testimonio fundamental de la historia de los judíos griegos antes de los campos de exterminio y del antisemitismo atroz que compartían los nazis y muchos cristianos griegos. Andreas Assael, un judío tesalonicense, encontró las instantáneas en una feria. Las compró sin dudarlo un instante y comenzó a tirar del hilo. Según algunos testimonios, los hombres fueron liberados (después de que los nazis elaborasen un registro de todos sus datos) gracias al representante belga de la Cruz Roja, que amenazó con ponerse en contacto con el general Wilhelm List, entonces al mando del ejército alemán en los Balcanes. Era el primer paso del proceso que desembocaría en las deportaciones y el exterminio en Auschwitz-Birkenau de la mayor parte de los judíos griegos.


EPÍLOGO

La memoria de Tesalónica

Hace unos meses, el alcalde de Tesalónica, Yannis Butaris, dio un discurso (publicado el 31 de enero de 2018) en el que recordaba a la comunidad judía de la ciudad, masacrada por los nazis y sus acólitos griegos durante la invasión de Grecia (1941-1944). Es esencial recordar el contexto de este discurso. Se trata de un país en el que 300.000 personas votaron en las elecciones de 2015 a un grupo neonazi, Amanecer Dorado, que desde entonces tiene representación en el parlamento griego (es la tercera fuerza política) y que desciende ideológicamente de esos colaboradores griegos de los nazis. He traducido algunas partes.

Butaris hizo referencia a las culpas de la ciudad: «¿Quiénes lloraron en 1945 por sus vecinos desaparecidos? ¿Qué monumentos se erigieron? ¿Qué ceremonias tuvieron lugar? Solo la comunidad israelita, ensangrentada y harapienta, luchó por restablecer su existencia y llorar a sus muertos. A la ciudad, a la sociedad, al país entero les resultó indiferente. Excusaron lo inexcusable. Hicieron como que no sabían lo que había pasado, quién lo llevó a cabo, quién ayudó, quién protegió mientras otros muchos destruían, quemaban, robaban, se apoderaban del espacio y de las existencias de los muchos ausentes y de los escasos presentes».

Butaris relató en su discurso la historia de Buena Serfatí, una mujer judía tesalonicense que, tras haberse refugiado en las montañas, haberse unido a la resistencia griega que combatió contra los nazis (en dos organizaciones distintas) y de haberse desplazado a Palestina, volvió a la Jerusalén de los Balcanes, como llamaban a Tesalónica, para enterarse de que su hermano Eliahu, su hermana Regina, su centenaria abuela Miriam y sus tías habían sido asesinados por los nazis en los crematorios de Auschwitz-Birkenau durante la primavera de 1943.

Butaris se pregunta, en el Día del Recuerdo de los Mártires Judíos y de los Héroes del Holocausto, si a los judíos víctimas de la Shoá se les puede considerar mártires, teniendo en cuenta que no sacrificaron sus vidas voluntariamente, que no tuvieron el derecho a elegir y que merecen mucho más que ser considerados santos por parte de los europeos cristianos, cuando estos últimos pensaron durante siglos que los judíos eran demonios. Eran personas y es lo que reclamaban ser. Pero a los pocos miles de judíos que sobrevivieron, al regresar a Tesalónica, sus conciudadanos cristianos ortodoxos los consideraban traidores, colaboradores de los nazis. A las mujeres judías las consideraban prostitutas. Un periodista estadounidense contaba que los cristianos tesalonicenses veían a los judíos tesalonicenses que habían sobrevivido a los campos de exterminio como «pedazos de jabón no aprovechados». Los únicos judíos vistos como héroes (desde el punto de vista de algunos griegos cristianos, es decir, de los vencedores de la guerra civil, de los que colaboraron con los nazis) fueron los que lucharon en el ejército griego, en el frente albanés (contra los italianos, antes de la invasión nazi), que sobrevivieron a los crematorios y fenecieron durante la guerra civil griega (1946-1949), luchando contra los partisanos comunistas.

Se pregunta Butaris, un poco más adelante, cómo se tuvo que haber sentido Buena Serfatí cuando comprobó que el tendero que un día le vendió unos frutos secos utilizó como recipiente una página del ejemplar de la Torá[5] perteneciente a su familia; cuando bien pudo haberse enterado de que el patio de la iglesia de Ayios Dimitrios se construyó con lápidas del cementerio judío de Tesalónica («material sin valor», según el arqueólogo Stilianós Pelekanidis, supervisor de dicha reconstrucción), destruido por los nazis y por griegos cristianos, funcionarios del ayuntamiento; cuando supo que el Hospital Ajepas y la Universidad Aristotelios se construyeron sobre una de las mayores necrópolis de Europa, el antiguo cementerio judío; cuando se enteró de que las lápidas que se dispusieron frente al cuartel general y en las inmediaciones del Teatro Real fueron utilizadas por el ayuntamiento de Tesalónica, en noviembre de 1948, para la construcción de calles y aceras, a pesar de las intensas protestas de la comunidad israelita, lápidas que se habían dispuesto públicamente frente a la Torre Blanca y en el recinto de la Exposición Internacional, incluso hasta diciembre de 1948; cuando vio a una joven griega cristiana, amiga de su familia, llevar con estilo un bolso de plata que era una reliquia familiar; cuando se enteró de que otra joven judía vio una alfombra de su familia en casa de una familia de cristianos; cuando supo que un libro judío, más adelante devuelto al Museo Hebreo, se hallaba en la biblioteca de la Hermandad Benéfica de Hombres de Tesalónica.

En 1962 se inauguró el monumento en memoria de los judíos tesalonicenses, en el nuevo cementerio judío. En 1997 se construyó un monumento, esta vez en suelo público, pero en una localización poco visible. Cuando se colocó en su lugar natural, la Plaza de la Libertad, Butaris relata que este hecho produjo más sorpresa que satisfacción. Se tuvo que esperar hasta 2004 para que el parlamento griego, por unanimidad, aprobase la instauración del Día del Recuerdo. Hasta 2011 no comenzó a celebrarse el día correspondiente en toda la ciudad. Hasta 2014, la Universidad Aristotelios no construyó un monumento que conmemorase la destrucción del cementerio judío. Butaris espera que en un futuro no muy lejano se pueda instalar una placa correspondiente en el recinto de la iglesia de Ayios Dimitrios, de «San Dimitrios de los judíos muertos», en el verdadero mausoleo judío de Tesalónica.

La plaza de la Libertad constituye, al decir de Butaris, un espacio democrático. En ella, los tesalonicenses de tres confesiones (musulmanes, judíos y cristianos) celebraron en 1908 la declaración de la constitución del Imperio Otomano. Es también un espacio relacionado con la erradicación y los refugiados, el lugar desde el que (entre 1922 y 1923) partieron, expulsados de la ciudad, los musulmanes de Tracia a Turquía y al que llegaron los griegos refugiados después de la Catástrofe de Asia Menor y del genocidio de los griegos pónticos. Fue el espacio donde los nazis, durante el llamado sábado negro, el 9 de julio de 1943, escarnecieron a 9.000 varones judíos, frente a la mirada de los cristianos griegos.

Butaris expresa, al final de su discurso, la aspiración a que el Museo del Holocausto de Tesalónica convierta la página arrancada de Buena Serfatí en conocimiento histórico.

Una breve cronología de Roby Varsano

Anastasis Vistonitis publicó en 2012 un artículo en el periódico griego Το Βήμα, en el que cita una cronología de la vida de Roby Varsano, escrita por Sammy Varsano y Panos Baílis en forma de novela, Σαουλίκο. Traduzco buena parte del contenido del artículo.

1940: hasta este año, el joven Roby Varsano solía pasar los domingos en la taberna Sauliko, en la playa, a las afueras de Salónica, donde solía actuar la gran cantante Sofía Vebo.

1942: fue enviado a Auschwitz, junto con miles de personas, donde vio cada día, hasta el final de la guerra, cómo amigos y familiares sufrían indecibles torturas y humillaciones y eran asesinados de la manera más atroz. Sin embargo, él sobrevivió y regresó a Tesalónica.

1957: un día, en la plaza de la Libertad, reconoció al diabólico Max, a Max Merdej, como lo llaman los autores de esta cronología, el encargado de llevar a cabo la solución final en Tesalónica, quien no era otro sino el tristemente célebre Max Merten, oficial nazi que supervisó personalmente la concentración de los judíos en esta plaza y su posterior transporte en vagones para animales hacia los campos de concentración nazis en Polonia, el mismo del que se desconoce cuánto dinero y oro robó a los judíos de Tesalónica, a los que dio falsas esperanzas (les dijo que nos los enviarían a los campos).

Merten fue condenado a 25 años, pero liberado casi inmediatamente después de fuertes presiones del gobierno alemán del canciller Adenauer. Todo ello antes de que Grecia recibiese un préstamo del gobierno alemán por valor de 200 millones de marcos[6].

El título del libro de Sammy Varsano y Panos Vaílis, Sauliko, es simbólico. La taberna Sauliko es un espacio de la memoria donde la vida tiene sentido solo cuando te alegras de estar vivo. Para que este sentimiento no se pierda, las personas no deben olvidar. La memoria es un contenido conjunto que debe transmitirse de generación en generación. Esto es lo que simboliza el número 115.365, que los nazis tatuaron en el brazo izquierdo de Roby Varsano.


[1] Azanasios Jrisojóu (1890-1967), escritor y militar griego, autor de libros de temática histórico-militar. Durante la ocupación nazi de Grecia ocupó cargos de responsabilidad en la región de Macedonia, de la cual Tesalónica es capital. Tomó parte en la red de espionaje Zeus, que proporcionó valiosa información sobre los alemanes a los aliados. Por el contrario, fue acusado por la resistencia griega comunista de colaborar con el invasor nazi. Fue detenido por los comunistas en 1944 y condenado a muerte por un tribunal popular. En 1945 fue liberado y eximido de esas acusaciones. En 1959, fue citado como testigo en el juicio contra el nazi Max Merten, donde proporcionó una detallada información sobre este y sobre la vida durante la ocupación alemana.

[2] El escritor judío griego Alvertos Nar (1947-2005), narrador e investigador de la historia judía, fue secretario de la Sociedad Israelita de Tesalónica, ciudad donde pasó toda su vida. Es autor de varios libros, entre los que están Las sinagogas de Tesalónica: nuestras canciones, Textos sobre la orilla del mar (estudios y artículos sobre la comunidad judía de Tesalónica) y Tesalonicenses (todos sus relatos). Fue el compilador de los Testimonios orales de los judíos de Tesalónica sobre el Holocausto. Algunos de sus textos se han traducido al inglés, al alemán, al español, al francés y al hebreo.

[3] Max Merten (1911-1971), el llamado «Carnicero de Tesalónica», fue un oficial alemán acusado de crímenes de guerra, por haber participado en el exterminio de los judíos de Tesalónica, en lo que se conoce como Caso Merten , que mantuvo en vilo al país heleno entre 1957 y 1960. Merten permaneció en Tesalónica desde su llegada, en 1942, hasta 1944. Fue detenido en Alemania, ocupada ya por los estadounidenses, que ofrecieron entregarlo a las autoridades griegas en 1946. El general Andreas Ypsilantis, agregado militar en Alemania, propuso su liberación por su «conducta irreprochable» y los «impagables servicios prestados a Grecia». Comenzó así una nueva carrera política fundando, junto con Gustav Heinemann, un partido que se opuso a acatar, en contra de la formación de Konrad Adenauer, la estabilidad de la separación de Alemania. Fue detenido en Grecia cuando acudía como testigo en el juicio contra su compatriota Arthur Meisner en calidad de funcionario del Ministerio de Justicia de la Alemania Occidental. El jurisconsulto responsable lo reconoció enseguida al escuchar su nombre, pero no perdió la compostura ni dejó ver su conmoción. Telefoneó a Andreas Tusis, responsable de la Oficina de Crímenes de Guerra y magistrado del Tribunal Supremo, que se presentó enseguida con la policía y detuvo a Merten (versión distinta a la que da Varsano y que al final de esta nota se clarificará). Pero el gobierno griego de entonces no lo consideró criminal de guerra. Sintió, por el contrario, que Merten tuviese la desgracia de ser detenido en el país heleno. El gobierno alemán solicitó su inmediata liberación. Merten declaró que su visita a Grecia obedecía a su deseo de visitar a viejos amigos que hizo durante la ocupación. Tras el juicio y su posterior liberación, en 1960, Merten, en declaraciones al periódico Der Spiegel, acusó al primer ministro griego, Konstantinos Karamanlís, y a otras importantes personalidades de la política y sociedad griegas de haber colaborado con los nazis, algo que fue desmentido por el embajador griego en Alemania. Merten fue condenado en Alemania por difamación. Le cayeron cuatro años de cárcel y una multa de 70.000 dracmas. Karamanlís acusó a Merten de crear esta cortina de humo para ocultar su implicación en la solución final. En un artículo publicado por el periódico griego Kazimeriní, Dimitris K. Apostolópulos escribió que, tras la visita de Karamanlís a Alemania, en 1958, el gobierno griego rehusó volver a juzgar a criminales de guerra nazis, dejando que las autoridades alemanas se encargasen de ellos. El gobierno de Karamanlís aprobó la ley 4016 en el parlamento griego, a pesar del rechazo de la oposición. Merten pasó treinta meses en la cárcel, fue liberado, trasladado a Alemania, donde fue de nuevo liberado. El proceso judicial fue considerado infructuoso, a pesar de que en Alemania disponían de quince grandes archivos que contenían miles de páginas. Merten preparó su venganza, que se consumó en el artículo en Der Spiegel mencionado anteriormente en esta misma nota. Entre las pruebas que presentó de colaboración de grandes personalidades griegas con los nazis (una información del periódico Hamburger Echo), había fotografías de Merten con Karamanlís, Dimitrios Makrís (su ministro de interior) y Doxula Leontidu-Makrí (sobrina del anterior), los cuales, como premio por su colaboración, habían recibido de los nazis un almacén judío lleno de seda por valor de 15.000 libras esterlinas. También se vieron implicados en esta acusación el viceprimer ministro de defensa, Yorgos Zémelis (acusado de colaborar con la Wermacht), y un magistrado del Tribunal Supremo, Andreas Tusis, que había ordenado la detención de Merten en 1957, acusado de recibir sobornos para paralizar procesos judiciales relacionados con criminales de guerra (lo cual debilita su posición como responsable de la detención de Merten). Más tarde se comprobó que las fotografías mencionada por Merten nunca existieron. Mientras que los Makrís y Zemelis se querellaron contras los medios alemanes mencionados, Karamanlís no llevó a cabo ninguna acción. Merten quiso seguir implicando a Leontidu-Makrí (que con 17 años había tratado muy brevemente a Merten, en 1942), a Makrís y a Karamanlís (que pasó todo el período de la ocupación nazi en Atenas y que no se desplazó a Tesalónica en ningún momento), pero se comprobó que era por venganza por sus treinta meses en una cárcel griega. En 1963, un tribunal griego condenó en ausencia a Merten a cuatro años de cárcel, por difamación. Merten falleció a principios de los setenta.

[4] Varsano utiliza un verbo que tiene que ver con el descendimiento de Cristo de la cruz una vez hubo expirado, creo que con toda la intención.

[5] Butaris escribe «Παλαιά Διαθήκη», es decir, «Antiguo Testamento».

[6] Varsano llamó a la policía para que lo detuviesen, lo cual ocurrió. Pero Alemania no habría dejado entrar a los inmigrantes griegos ni habría dado el citado préstamo a Grecia si no liberaban a Merten. En Tesalónica, además, muchos griegos cristianos ganaron dinero colaborando con los nazis.

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