Ristom HaileslasieI, el eritreo amenazado de expulsión que sueña con estudiar medicina en Israel


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Ristom Haileslasie es un joven eritreo de 33 años que vive cerca del parque Levinsky, en el barrio de Neveh Shanan al sur de Tel Aviv. Aquí viven la gran mayoría de los cerca de 38.000 refugiados africanos, la mayoría de Eritrea y Sudán, que llegaron a Israel en busca de asilo político entre los años 2006 y 2012, y que ahora deben decidir entre ser deportados voluntariamente o ser encarcelados.

Ristom se siente en casa cuando camina por las calles del sur de la ciudad. No solo porque convive con eritreos: recientemente terminó kitá dalet (nivel alto de hebreo), y se desenvuelve a la perfección hablando el idioma local con sus buenos amigos israelíes en cafés y pubs. Siente que ahora, a pesar de todo, está disfrutando de la juventud que le robaron. Ristom nació en Adi Keyh, al sur de Eritrea. Como todo joven de 18 años en su país, tras terminar el instituto fue llamado a filas. Apenas recibía 10 dólares al mes para jabón o tabaco. Con suerte, veía a su familia una vez año. Su obsesión era poder seguir estudiando, pero su país entró en guerra con Etiopía y estuvo destinado como buzo en la marina.

“Mandé una carta al estado explicándoles que quería terminar mis estudios, pero no estuvieron de acuerdo”, explica mientras remueve una taza de té con hierbabuena en un café hípster. Ristom se envalentó y huyó. Pero le pillaron: “me encerraron en la cárcel, en una celda de un metro cuadrado bajo tierra durante tres meses”. Se estremece: “fue terrorífico. Es como esas pelis en que abren la puerta tan solo para tirarte comida. Estaba completamente solo, no vi la luz del día en tres meses. Pura oscuridad. No perdí la cordura de milagro”.

Tres meses después, vio el sol y se desplomó al instante. Recuerda que despertó con la cara empapada y tumbado en el suelo, y entonces fue trasladado a otra cárcel, esta vez abierta. Sacaban a los reos en grupo a hacer sus necesidades en campo abierto, cercados por guardas armados. Pero aprovechó el atardecer para ocultarse junto a otros tres presos entre unos árboles: “huimos de noche, sin zapatos, sin nada. Encontramos unos beduinos con sus animales, y nos dieron comida y calzado. Pero sospechábamos que podrían chivarse, así que tomamos su ayuda y seguimos huyendo”. Los muchachos se separaron. Ristom encontró a alguien que le dejó llamar a su hermano, que pidió un taxi y le llevó de regreso a casa, donde vivió recluido varios meses. Ningún vecino podía saber de su presencia.

Se cargó de esperanzas y siguió escapando: “entré en Sudán, que también es peligrosísimo. Hay beduinos que te secuestran y piden fortunas a las familias”. En una larga e incierta ruta, Ristom logró atravesar a pie Sudán y Egipto y plantarse con otros migrantes en el desierto del Sinaí. Aquí pagó su “pasaporte definitivo”: abonó 5.000 dólares a un beduino egipcio, que les condujo por una ruta clandestina para entrar a Israel. “Yo huía sin rumbo, no pensé en Israel al principio. Mi única meta era poder estudiar”. Pero matiza: “conocía la historia de Israel, leí mucho. Sobre el Mossad, el sionismo… para mí ha sido una suerte conocer a los judíos y su país, es un lugar importante con muchas cosas interesantes”. Cuenta que, tras pocos minutos en territorio israelí, fueron abordados por un jeep deltsahal: “¡no os preocupéis, somos israelíes!, les chillaron por megáfono. “Nos iluminaban, pero nosotros huíamos por instinto”, recuerda. Asegura que los soldados les brindaron un trato cordial. Era 13 de enero de 2010, época en que más de 1.000 refugiados al mes cruzaban ilegalmente la frontera de Egipto a Israel. Tras un breve periodo de dos semanas entre rejas y un cuestionario, fue soltado a su suerte en la estación central de autobuses de Tel Aviv. Otros fueron enviados a la “prisión abierta” de Holot, en el desierto del Negev, donde tenían libertad para salir de día pero debían regresar a pernoctar. Por ahora, Ristom trabaja a jornada completa en una residencia de ancianos y sigue estudiando hebreo en el barrio de Florentine: “todavía no logré entrar a la universidad, pero si sigo estudiando el idioma tal vez lo logre en el futuro”.

Ristom Haileslasie, Tel Aviv, 2018.

DEPORTACIÓN VOLUNTARIA O CÁRCEL INDEFINIDA

De los aproximadamente 38.000 refugiados africanos que se encuentran en Israel, un 72% son de Eritrea y un 20% de Sudan. Los primeros huyen de una brutal dictadura y un servicio militar que puede alargarse 40 años; los segundos, de las masacres en Darfur y la guerra entre Sudan y el joven estado de Sudan del Sur. En 2014, Israel terminó de construir una barrera de 250 kilómetros en la frontera con Egipto y frenó en seco las llegadas.

La gran incógnita era que ocurriría con los miles que se instalaron en barrios humildes y sobrepoblados del sur de Tel Aviv, que asumieron la carga de acoger a los migrantes ante el abandono de las instituciones estatales. A pesar de la dureza de sus testimonios, el gobierno de Israel les considera migrantes económicos que llegan al estado judío en busca de oportunidades. “Nosotros no actuamos contra refugiados”, dijo Netanyahu en una reunión del ejecutivo. Y sentenció: “actuamos contra inmigrantes ilegales que vienen a trabajar. Israel seguirá siendo un refugio para verdaderos refugiados y expulsará a los infiltrados”. Desde 2006, tan solo un sudanés y diez eritreos han logrado estatus de refugiados en el estado judío. Dicho estatus, con variaciones en cada país, incluye permisos de trabajo, atención sanitaria, educación para los niños, asistencia para la vivienda y clases de idiomas.

Algunos residentes del sur de Tel Aviv se han movilizado los últimos años en contra de la presencia de los refugiados, alegando que “han destruido nuestros barrios” y culpándoles de un aumento de la criminalidad. Otros, no obstante, han hecho campaña para frenar el plan de deportación del gobierno. El pasadoshabbat, 20.000 personas -tanto israelíes y refugiados- se concentraron en Levinsky en una gran manifestación para parar la expulsión. El propio Ristom experimentó el mismo día de nuestra charla los nuevos planes del gobierno cuando fue a renovar su permiso de estadía mensual en Bnei Brak: “me pusieron documentos sobre la mesa y me preguntaron si aceptaba voluntariamente marcharme Ruanda. Si no aceptaba, en 60 sería ingresado en prisión. Les dije que no me voy a ningún lado, que me metan en la cárcel”. Con una admirable entereza, el joven eritreo afirma que para él “no es nada” pasar un tiempo en la prisión de Israel comparado con el terror que sufrió en su país. “No volveré a África, ahí mi vida corre peligro”.

Según testimonios de migrantes en Israel deportados a Ruanda recogidos por The Times of Israel, primero son encerrados en casas privadas y son transportados de noche a las fronteras de Sudan o Uganda. Además, les exigen cruzar sin documentación y que pidan asilo en el nuevo país tras pasar la frontera. Dos amigos de Ristom han pasado por ello tras aceptar la deportación voluntaria: “los 3.000 y pico dólares que les dio Israel ya se esfumaron. Les prometieron que tendrían todo arreglado en Ruanda y es todo mentira, te cogen tus documentos y no te los devuelven. Pagó dinero para pasar a Sudan, de ahí a Kenia, y ahora deambula por Etiopia. “¿Me voy a ir para dar vueltas por toda África?”, se pregunta Ristom. Y apunta: “muchos se perdieron por el camino, o cruzando el Mediterráneo de Libia a Europa, y no supimos más de ellos”.

“NUNCA DECIDÍ QUE SERÍA REFUGIADO”

“Nunca decidí que sería refugiado. Quiero ser un gran estudiante, abrirme al mundo, tener una profesión, ayudar… Quiero ser médico, aunque todavía no se en que especialización”, afirma Ristom. Según dice, la gran mayoría de compatriotas suyos que hacían turno en la cola para renovar su permiso de estancia en Bnei Brak rechazaron también firmar su deportación. “Tras escuchar las historias de mis amigos, tengo paciencia para estar en la cárcel lo que haga falta”.

Ristom siente que están padeciendo una injusticia, que el gobierno y el sistema les rechaza. Pero no pierde la compostura y agradece profundamente a todo el que le ayudó aquí, como aquel contratista israelí que le dio su primer empleo, le mimó, y le pagó los primeros shekels para rehacer su vida. O los jóvenes hebreos con quien se junta cada viernes para salir por clubs en Dizengoff. “Jamás sentí el racismo. Esto es como mi país, no me siento como un refugiado, no me siento un negro diferente. Seguro que existe el racismo, para a mí no me afecta”, comenta.

Cree que el gobierno hace populismo con su situación, ya que también hay en Israel muchos blancos sin papeles “pero con ellos no se meten. Nosotros no molestamos a nadie. Limpiamos las calles y las cocinas y basta”, asegura. De hecho, esta es otra de las cuestiones que destacan los contrarios al plan de deportación, ya que actualmente la economía israelí está faltada de mano de obra, especialmente en trabajos duros como la limpieza, la agricultura y la hostelería.

“Quien pasó lo que yo pasé, puede pasar hasta 20 años en la cárcel. Sobreviví al fuego… ¿y volveré para quemarme?”, se pregunta Ristom. Y continúa: “Israel no me mantendrá entre rejas 20 años, no soy un terrorista. Durante el tiempo en la cárcel podré estudiar y leer, que ahora no tengo tiempo para ello”. Y desvela cuál es su mecanismo para subsistir: “hago cosas para hoy y no pienso en el mañana. La cabeza debe estar centrada en el presente. Cuando veo el sol y me levanto a las 6 de la mañana, no sé si éste será mi día”.

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