Outsiders y Provocadores


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El 1 de septiembre de 1772 el Frankfurter gelehrte Anzeigen publicaba una reseña de un libro que llevaba por título “Poemas de un judío polaco” – “Gedichte von einem polnischen Juden”. El periodista, un abogado de 23 años que respondía al nombre de Johan Wolfgang Goethe, aseguraba a sus lectores que “el libro le había causado una gran impresión”.

Sin embargo tras aquella primera impresión, o mejor dicho, solapada a ella, acechando tras los versos de aquel judío polaco “que escribía en alemán”, se escondía una irónica fascinación, la causa de la cual, según el propio Goethe, no era otra que la condición judía del poeta, insinuado que su judeidad en lugar de alejarlo de la esencia de la poesía escrita en alemán, lo acercaba aún más a ella, como si desde la periferia, “un extraño, un recién llegado”, hubiera captado con sorprendente familiaridad la “verdad” de la poesía. El outsider que había trastocado los cimientos del autor de Fausto se llamaba Isachar Bär Falkensohn, y sería el primero de otro tantos outsiders que captarían con asombrosa nitidez la lírica germana, ocupando la centralidad de la Literatura Alemana en los siglos venideros.

A su vez esta irónica fascinación escondía una esperanza, Goethe ansiaba que los versos de Falkensohn ahuyentaran al lector alemán de su “acostumbrada indiferencia”, que lo sacudieran por dentro, como habían hecho con él. El joven Goethe anticipaba de ese modo el rol que iban a tener muchos escritores judíos en la literatura centroeuropea. Como escribiría Thomas Mann en 1937, “a través de la experiencia del sufrimiento, su probada espiritualidad e ironía, los judíos constituyen un correctivo oculto a nuestras pasiones”. Dos claros ejemplos de esta actitud, contemporáneos de Goethe, fueron Ludwig Börne y Heinrich Heine. Ambos procedían del ghetto, ambos ansiaban ser admitidos y amados por los lectores alemanes, ambos conocieron la fama y el odio a partes iguales, y finalmente, también ambos, fueron expulsados de sus países y murieron en el exilio. Börne y Heine dejaron un legado innegable en la Literatura Alemana, una aproximación que ampliaba horizontes, una nueva urbanidad, un sprit arrogante que no dejaba indiferente, a cambio de ello recibieron la incomprensión, les señalaron con el dedo y tildaron de extravagantes, pero también los vitorearon y admiraron. Börne y Heine se quedaron exhaustos en el campo de batalla por “querer ser”, cansados de pedir lo imposible permanecieron en la periferia, en el ghetto, de donde habían salido, y sufrieron por ello. A pesar de la fama alcanzada, Alemania estaba más preparada para admirarlos que para integrarlos. La falta de hogar acabó con ellos, los destruyó.

Esta tensión entre proximidad y distancia, entre periferia y centralidad, será una constante en la historia de la literatura judía europea. Los escritores judíos ejemplificaron la productividad de esta disputa, abordando constantemente “la posibilidad del hogar”.

Cincuenta años más tarde de que el joven Goethe alabara a Falkensohn, en el mes de diciembre de 1935, Kurt Tucholsky escribía una carta desde su exilio en Suecia a su amigo Arnold Zweig. En ella admitía:

“Renuncié al Judaísmo en 1911, y ahora sé que aquello nunca fue posible”

Cinco días más tarde se quitaría la vida.

No importaba si los escritores judíos quisieran o no abandonar el Judaísmo, su posición o rol dentro de la sociedad no-judía condicionaría su obra, el Judaísmo, o siendo más exactos, la marginalidad, la vulnerabilidad propiciada por tener orígenes judíos marcaría a fuego la vida de aquellos escritores: a Franz Kafka lo condujo a la soledad y el dolor, a Joseph Roth y Ernst Toller a la melancolía y el quijotismo, a Carl Sternheim, Alfred Kerr y Kurt Tucholsky a la agresividad y la provocación.

Kurt Tucholsky en Paris, 1928.

En una carta escrita en 1921 Franz Kafka le habla a su amigo y editor Max Brod sobre la relación de los jóvenes escritores con el Judaísmo y de las “terribles circunstancias de su generación”:

“Abandonar el Judaísmo es lo que más desean aquellos jóvenes judíos que comienzan a escribir en alemán, a menudo con la vaga aprobación de sus padres. Eso es lo que ellos quieren, pero sus pequeñas patas traseras están pegadas al Judaísmo de sus padres y sus patas delanteras no pueden avanzar. La desesperación que ello conlleva es su gran inspiración.”

A pesar de que, como apuntó Brod, la palabra judío no aparece en ninguna de las obras de Kafka, el sufrimiento de los judíos está muy presente . En “El Castillo” por ejemplo aparece esa sensación alienante del judío que quiere a cualquier precio y por todos los medios parecerse a los extraños que le rodean, mimetizarse con ellos, y que, a pesar del esfuerzo, no lo consigue. El Outsider pierde y la Literatura gana.

 

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