¡Nunca os dejaremos solos!*


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Llevo tres días pensando en la misma frase una y otra vez, una cantaleta que he ido repitiendo como autómata en mis adentros: “No tenemos miedo”. A priori se la puede apropiar cualquiera, a nadie le gusta quedarse fuera de esta unanimidad valerosa. De hecho, decir que uno no tiene miedo, o mejor dicho, decirlo en plural, como si quien lo dice formara parte de un clan de valientes guerreros, sin duda reconforta, pero no basta.

Déjenme entonces decirles lo que pienso y aún no he sido capaz de compartir. El hecho de que no tengamos miedo no nos salva de preguntarnos qué estamos dispuestos a hacer para combatir ese odio que no entendemos. El hecho de no tener miedo no basta, no es suficiente. Si esa actitud valerosa no va acompañada de un compromiso firme, el valor del guerrero se difumina, desaparece. Y comprometerse significa estar dispuesto a ir a la guerra, una guerra que tiene lugar en Charlotteville, Londres, Paris, Mogadiscio, Kabul, una guerra que nos enfrenta a un enemigo intoxicado de odio y cuyo mayor temor es nuestra unidad. Al otra lado de las trincheras nos espera el yihadismo y el fascismo con la misma actitud amenazadora, ambos deseosos de entrar en batalla, compartiendo un mismo objetivo, fracturar la sociedad. De lo que hagamos dependerá su éxito, pero ¿qué estamos dispuestos a hacer?

Seguro llego demasiado tarde para decir algo que no se haya dicho antes, pero poco importa. Hablo del legado moral, de los valores éticos que conforman nuestra humanidad. Hablo de la noble aspiración de la convivencia y del anhelo de los hombres de ayer, hoy y mañana que soñaron, sueñan y seguirán soñando por un mundo mejor.

Y, asumámoslo, no hay tiempo. Se esfumaron las prórrogas pedidas a última hora, llegó el momento de apelar a esos valores, de aferranos a ellos con determinación, como si fuera el último bote salvavidas de nuestro naufragio.

Y por favor, olvidémoslo, no se trata de una guerra entre religiones o civilizaciones, se trata en realidad de una guerra entre valores y la ausencia absoluta de ellos. Pero ¿cómo diablos se llega a esa ausencia? ¿Cómo de la noche a la mañana un adolescente alegre y responsable se convierte en un asesino despiadado? Me gusta pensar que existe un instinto que conduce a los niños a discernir entre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, y que luego, quién sabe por qué algo se tuerce, una mente enferma que los disuade, una interpretación maligna que los aísla y ciega, una sociedad incapaz de acogerlos…

Quizás hoy a los niños se les explican demasiadas cosas, se los estimula a entenderlo todo y se les dan los instrumentos para responder al instante a sus preguntas. Esta actitud también puede ser parte del propio proceso evolutivo del capitalismo, destinado a impedir la reproducción de soñadores improductivos, humanistas curiosos que se niegan a aceptar lugares comunes y miran atrás con respeto y curiosidad.

Y quiero hablar justamente de eso, del hecho de mirar atrás. Mirar atrás como antes lo hicieron nuestros padres y abuelos. Mirar atrás para hallar ejemplos que nos sirvan de guía, luces en la oscuridad de la noche.

Por ello quiero hablaros del sacerdote católico Dragutin Jesih, una luz entre la barbarie.

El doctor Dragutin Jesih fue un sacerdote católico nacido en Šćitarjevo, Croacia, en la primavera de 1895. Graduado en Teología por la Universidad de San Francisco, prestará servicios como sacerdote en los Estados Unidos hasta 1933. Antes de estallar la Segunda Guerra Mundial regresará a Croacia donde realizará trabajo pastoral en diferentes iglesias. Entre 1941 y 1944 Jesih esconderá a varias familias judías perseguidas por los alemanes y la Ustaša. Entre ellos se encontraba la familia de Milivoj Radičević cuyo padre, Miroslav, había sido arrestado al comienzo de la guerra. Un pariente, Frederic Gross, se dirigió al Obispo de Zagreb, Alojzije Stepinac, y le pidió ayuda para ocultar a los miembros de la familia. Stepinac le sugirió a Gross que visitara a Dragutin Jesih. Sin dudarlo el sacerdote ofreció ocultar a la mujer de Miroslav, Erna, y al niño Milivoj, de diez años, en la casa parroquial de la iglesia de Šćitarjevo, donde él mismo vivía.

Una noche, a fines de 1944, soldados de la Ustaša entraron en el departamento de Jesih y lo llevaron hasta las márgenes del río Sava. Allí le interrogaron sobre los judíos que ocultaba. Jesih se negó a colaborar. Por ello fue salvajemente apuñalado. Horas después su cuerpo fue encontrado por uno de sus feligreses en un saliente del río. Esa misma noche varios vecinos del pueblo ayudaron a todos los judíos que se ocultaban en la iglesia a escapar a caballo hacia la aldea de Sveta Klara. Hasta esa fatídica noche Jesih había cuidado sin condiciones a sus compatriotas judíos. Años más tarde Milivoj Radičević (luego llamado Baram) recordaría emocionado las palabras balsámicas de Jesih: “Tranquilos, nunca os dejaré solos”. Esas palabras guiaron la conducta moral de los Radičević hasta el resto de sus días.


  • Lema anónimo visto el pasado lunes 21 de Agosto en la manifestación “Musulmanes contra el terrorismo”. Hacía referencia a la ola islamófoba que ya desde hace algún tiempo sacude nuestra sociedad. La frase original decía: “Musulmans: Mai us deixarem sols” (“Musulmanes: Nunca os dejaremos solos”).

 El 1 de septiembre de 1992, Yad Vashem reconoció a Dragutin Jesih como Justo entre las Naciones.

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