Los comienzos de la Comunidad Israelita de Barcelona, parte VI.


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El 31 de diciembre de 1918 se firman los estatutos ante el gobernador civil Gonzalez Rothwos, y meses después, el 6 de mayo de 1919 serán finalmente aprobados.

El 6 de mayo de 1919, Edmundo Metzger, será elegido, por primera vez desde 1492, presidente de una comunidad judía en España, la CIB (Comunidad Israelita de Barcelona). A partir de entonces comienza trabajar intensamente para la comunidad.

La Comunidad Israelita de Barcelona, la más antigua del Estado español, será fundada por quince pioneros: Joseph Barchilon, Jacques Bensussan, Elie Beressi, José “Pepo” Covo, León Eskenazi, Leon Haim, E. S . Harari, Sigmund Kirschen, Marc Albert Matalón, Haim Matarasso, Edmundo Metzger, José Metzger, Teófilo Moully, Moises Padova, Samson Sobol, Maurice Salmona, Ino Jahiel.

Acta de fundación de la C.I.B.

De los quince, tan sólo cuatro residían en Barcelona antes de la Primera Guerra Mundial. Trece años más tarde, en 1932, según información del Jewish Daily Bulletin, de los quince fundadores, tan sólo dos seguían involucrados en la Comunidad, el resto habían muerto o emigrado.

El lugar escogido para ubicar la sinagoga y el recinto comunitario será una torre situada en el número 250 de la calle Provenza, esquina Balmes, alquilada y adecuada para el culto. Será durante más de veinte años el hogar de los judíos de Barcelona hasta que en 1939, al finalizar la Guerra Civil Española, será saqueada y clausurada para siempre.

El chalet de Provenza 250, primera sede de la C.I.B.

El 22 de mayo de 1930, el periodista Joan Alavedra, recordaría en el diario El Mirador, la fundación de la comunidad :

“Escolteu aquest: És metge i membre del Comité de la Comunitat Israelita de Barcelona: ‘Quant a Barcelona, els pocs jueus que hi havia abans de la guerra no es freqüentaven. A penes si es coneixien. Fou la guerra qui en empènyer cap ací tots els jueus orientals que es trobaven a França o a Italia, ens obligá a fundar la nostra Comunitat.”

En aquella época convertirse en socio fundador estaba restringido para unos pocos. Tan sólo aquellos que pudieron desembolsar cinco mil pesetas, por entonces una fortuna, pudieron acceder a esa categoría. Por ejemplo, Enrique Talarewitz, industrial originario de Constantinopla, residente en la ciudad desde 1912, y amigo personal de los Metzger, no formará parte de los fundadores, pero sí ejercerá de secretario. A su vez será el responsable de la Hebráb-Kadisha, departamento comunitario de servicios funerarios. Ocupará el cargo hasta el comienzo de la Guerra Civil Española, momento que huirá hacia Francia, a Le Havre, donde morirá el 8 de febrero de 1938.

En sus primeros meses de vida la situación de la comunidad es tremendamente delicada. Los que hasta entonces habían sido baluartes de los judíos más necesitados, fueran o no miembros de la asociación, el señor Max Nordau y el doctor Yahuda, ambos residentes en Madrid, abandonan España, el primero hacia el Reino Unido y el segundo de regreso a Palestina. Ante esta situación, el 22 de noviembre de 1920, Edmundo Metzger escribe una carta desesperada a la Joint:

“(…) los judíos más pobres del mundo entero están llegando a Barcelona, es simplemente imposible poder ayudarlos a todos. La Comunidad tiene suficiente con intentar sobrevivir y, además, el déficit siempre recae sobre las mismas personas. Además del pago de las deudas, debemos ayudar a cada uno de los inmigrantes que llegan, y hasta el día, ese desembolso lo efectuamos, casi siempre, mi hermano José y yo. Yahuda está en Palestina, no he podido contactar con él (…)”

El 10 de febrero de 1921 Metzger recibe una respuesta del señor Lucas inesperada:

Ante la ausencia de Dr. Yahuda y Nordau la comunidad buscará otras figuras en las que apoyarse. Una de las instituciones que brindó su ayuda en cuanto se le pidieron fue Liga Española de los Derechos del Hombre, dirigida por Luis Simarro, de la que el señor Covo y los Metzger eran generosos donantes.

A pesar del contexto de crisis política y económica que sufría la sociedad española seguirán llegando refugiados judíos del Levante mediterráneo y del Este de Europa. Se puede decir que en 1925 la población judía de Barcelona supera el millar de personas. Tres años más tarde se duplicará esa cifra.

Ficha de Inscripción.

Enrique Talarewitz Smilovich había nacido en Constantinopla en 1883. A los 36 años y debido a las crisis económica se trasladará a Barcelona, donde montará una pequeña industria dedicaba a la fabricación de Blanco de Zinc – la “Fábrica Española de Blanco de Zinc” – creando su propio marca comercial: Talar. Su fábrica, ubicada entre las calles Riera d’Horta -hoy Rambla Prim- y Pere IV, en el barrio de Sant Martí, se convertirá en poco tiempo en uno de los referentes de la industria química catalana.

La “Fábrica Española de Blanco de Zinc”.

Muy vinculado al barrio de Sant Martí y aficionado al deporte, se asociará al club deportivo F. C. Martinenc, en el que se implicará decididamente. En 1923, funda junto a otros socios del club, la sección de baloncesto, en la que también ejercerá de jugador. Pocos meses después, entre abril y mayo de 1924, el equipo recién formado ya disputa por primera vez el Campeonato de Cataluña, competición en la que se clasificará segundo, sólo por detrás del Europa. Al año siguiente ya se proclama campeón de Cataluña.

Entre 1912 y 1923 Barcelona vive tiempos convulsos caracterizados por huelgas y atentados, algunos de los cuales tuvieron lugar en Sant Martí. El golpe de estado del general Primo de Rivera reportó provocó en el barrio, entre otras cosas, divisiones entre los propios vecinos.

Durante la segunda mitad de la década de los 20 el negocio de Enrique Talarewitz goza de muy buena salud. En 1925 la demanda se dispara, decide entonces ampliar la fábrica. En septiembre de 1926 edifica una habitación portería e instala un electromotor. En 1929 instala un hornillo y la cubierta correspondiente. Ese mismo año, el ayuntamiento de Barcelona, gracias a sus gestiones, concede a la comunidad un espacio para enterrar a su muertos en el Cementerio de Les Corts.

 

En este mismo periodo, en el que se irá consolidando la colonia judía barcelonesa, aumenta también el recelo de las autoridades respecto a la presencia hebrea en la ciudad. Por un lado, la prensa conservadora, como ya había hecho anteriormente durante la Revoliución Rusa, asocia a los residentes judíos con la amenaza revolucionaria, presionando a los gobiernos de turno para que los vigilen, sean o no naturalizados españoles, y a su vez, la prensa próxima al movimiento obrero, alinea a los judíos con los intereses de las clases privilegiadas, señalándolos como el adalid del capitalismo. La situación no podía ser más delicada. La realidad es que, en el seno de la colonia judía de la ciudad, conviven ambas posturas, partidarios y detractores de las posturas revolucionarias.

En este contexto de profunda conflictividad, Enrique Talarewitz, sigue ascendiendo peldaños en la sociedad barcelonesa. En abril de 1930 formará parte del comité organizador del primer Congreso Nacional de Industrias de la Pintura. A 12 de abril de 1930 en La Veu de Catalunya:

“El pasado jueves se constituyó en la Cámara Nacional de Industries Químicas, Vía Layetana, 56, el Comité Ejecutivo del Primer Congreso Nacional de Industries de la Pintura y afines que organiza para los días 4, 5, 6, 7 y 8 de junio próximo la Unión Nacional de Industrias de Colores, Pinturas y Barnices. Este Comité Ejecutivo ha quedado constituido dela siguiente manera: Presidente, Antoni Oliart Raurich. Vicepresidentes: Lluís Argeml, de Barcelona; Antero Mufluzuri, de Bilbao; Manuel Romero Girón, de Madrid; Enric Pavillard, de Barcelona. Administrador, Enric Talarewitz, de Barcelona (…)”.

Un años más tarde, la proclamación de la Segunda República Española, que sucedía a la monarquía constitucional de Alfonso XIII, colmó de esperanzas a varios sectores de la sociedad, entre ellos a los judíos que veían con buenos ojos el establecimiento de un nuevo régimen a priori más abierto y tolerante.

No obstante, aquellas primeras esperanzas pronto se convirtieron en decepción tras percatarse la clase trabajadora de la incapacidad del régimen republicano para mejorar su situación col—lectiva, facilitando, de ese modo, la influencia de quienes defendían la necesidad que el movimiento obrero protagonizara una transformación radical de la sociedad. Esta radicalización de la clase trabajadora se plasmaría años más tarde, tras el estallido de la Guerra Civil Española, en el proceso revolucionario que vivió la ciudad de Barcelona durante los primeros meses de guerra.

La derrota que el 19 de julio de 1936 sufrieron en las calles de Barcelona los militares sublevados contra el Gobierno de la República dio lugar al inicio de una profunda transformación económico-social en toda la ciudad. La clase obrera, que habían jugado un papel importante en esta derrota, inició entonces una amplia y profunda transformación revolucionaria de la sociedad catalana, y en particular la barcelonesa. Este cambios se produjeron en todos los ámbitos de la sociedad, también en el económico, donde se pusieron en práctica las teorías colectivistas del movimiento anarquista. Esta transformación de la producción que afectó con diferente grado de intensidad a los diversos sectores industriales, tuvo su incidencia máxima en la industria meta—lúrgica (fabricación de armas, vehículos blindados, motores de aviación, etc.) y a la industria química (producción de explosivos). La “Fábrica Española de Blanco de Zinc”, negocio de Enrique Talarewitz, fue colectivizada, quedando bajo control de sus empleados. Lo mismo le ocurrió a Carlos Wertheim, judío alemán que se había instalado en Barcelona a principios del siglo XX, donde había fundado la fábrica de máquinas de coser Wertheim Rápida S.A.

Tras la colectivización forzosa, tanto Carlos Wetheim, por entonces ya Carlos Vallin, y Enrique Talarewitz, huyen a Francia. Enrique marchará a Francia a principios de 1937, estableciendo su residencia en Le Havre, donde morirá un año después (15/01/1938).

Su esquela aparecerá en la prensa catalana:

Un año y medio después de su fallecimiento, el 17 de julio de 1939, el Boletín Oficial del Estado, publica un edicto sobre la herencia del difunto:

(“En virtud de lo dispuesto por el Sr. Juez de Primera Instancia del Juzgado núm. 14, de esta ciudad, en las actuaciones que ante mí se sustancian, por declaración de herederos ab-intestato de Enrique Talarewitz Smilovich, natural de Constantinopla y fallecido en el Havre (Francia), naturalizado español y domiciliado en esta ciudad, calle Londres, núm. 186, las cuales actuaciones instan sus hermanos Moisés e Isaac Talarewitz Smilovich, por el presente se hace pública la muerte, sin testar, del referido Enrique Talarewitz Smilovich, que reclaman su herencia los citados Moisés e Isaac, ya que se alega no haber dejado el causante otros parientes más próximos, en grado de consanguinidad, ni afinidad; Y por tanto, son llamadas todas aquellas personas que se crean con igual o mejor derecho que los repetidos hermanos de doble vínculo, para que comparezcan ante este Juzgado a reclamarlo, dentro del término de treinta días, bajo apercibimiento que de no efectuarlo les parará el perjuicio que en derecho hubiere lugar. Barcelona, 3 de junio de 1939.— Año de la Victoria.—El Secretario judicial, José Dalmau. 27S-A. J.”)

Siguiendo los pasos de Enrique Talarewitz nos topamos de lleno con una información sorprendente. Enrique había sufrido la vigilancia de la policía de la capital catalana por lo menos desde el inicio del segundo bienio de la Segunda República Española, también llamado bienio conservador, periodo comprendido entre noviembre de 1933 y de febrero de 1936. Se le vincula desde entonces con la masonería.

Lo mismo le ocurrirá a otros miembros fundadores de la CIB, como Barchilon, Bensussan, Salmona, Covo, Eskenazi o Matarasso. Sin duda, como ya pasara en los años veinte, la colonia judía estaba siendo criminalizada por las autoridades.

Esta información encaja perfectamente con la actitud tomada meses después por los hermanos de Enrique tras el fallecimiento de su hermano. Situémonos: Moises y Isaac habían tomado el control de la fábrica tras el edicto del juez. Durante aquellos primeros meses de gerencia habían notando el recelo de las autoridades hacia el pasado de la compañía, y en especial hacia su hermano. Por ello, y con la intención de permanecer inmunes ante la arbitrariedad de las autoridades, deciden limpiar su imagen haciendo un donativo para la División Azul, unidad de voluntarios españoles que formó una división de infantería dentro del ejército de la Alemania nazi.

(…)

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