Los comienzos de la Comunidad Israelita de Barcelona, parte V.


Por

A finales de 1918, tras las disposiciones xenófobas del gobierno de Romanones, las personas con nacionalidad rusa y polaca pasan, de la noche a la mañana, a ser considerados sospechosos revolucionarios. Uno de los damnificados de dicha arbitrariedad será el judío polaco Lew Broustein-Bronstein, de 24 años, con domicilio en Madrid. El informe policial que descandenó su detención decía lo siguiente:

“Por sus relaciones de carácter político se ha tenido conocimiento de que merece el concepto de agente bolchevique, se dedica a la propaganda de estos ideales, alternando con elementos perturbadores y por este motivo está calificado de persona peligrosa. Moralmente considerado, tampoco merece buen concepto, porque frecuenta el trato de hombres de dudosa conducta, calificados algunos de invertidos, y como medios de subsistencia solo dispone de los que le facilitan las relaciones con mujeres de amor fácil”

Los primeros en denunciar las decisiones del Estado respecto a los refugiados rusos, polacos y alemanes, fue la prensa afín al movimiento obrero. Ángel Samblancat, periodista anarquista de Solidaridad Obrera, advertía a mediados de noviembre la intención del gobierno de capturar a todos los súbditos rusos que no pudiesen acreditar su medio de vida.

El 23 de noviembre aparece una nota en el diario liberal El Imparcial en la que se anuncia la detención de varios súbditos rusos, supuestos maximalistas, debido a la tenencia de explosivos.

Nota de prensa de El Imparcial, a 23 de noviembre de 1918.

Tres días después, el diario El Sol se hace eco de la voluntad del gobierno de vigilar a los súbditos extranjeros alemanes y rusos que pudieran tener especial interés en promover campañas de agitación maximalista en Barcelona. La prensa liberal y regeneracionista, afín al gobierno, denunciará la amenaza que pudiera suponer la presencia de elementos extranjeros cercanos al movimiento obrero. El 1 de diciembre, el diario El Sol denuncia una campaña de propaganda maximalista llevada a cabo en las puertas de varios centros obreros de la ciudad de Barcelona:

(“Por algunos centros fabriles y obreros se han repartido hojas reproduciendo despachos de Nauen, tituladas: ‘Manifestaciones de Scheidemann: ‘¡Viva la Internacional! ¡Pueblo trabajador, lee y prepárate!”)

El 13 de diciembre el diario El Socialista anuncia el suicidio del súbdito ruso Michok Wanstein durante el traslado policial que le llevaba de Madrid a Barcelona. Michok, natural de Odessa, había llegado a España procedente de Francia tras ser expulsado por el gobierno vecino por el simple hecho de ser ruso. En Madrid intentará rehacer su vida. Ante las dificultades se verá obligado en varias ocasiones a pedir ayuda a sus compatriotas. A principios de diciembre será detenido y encarcelado por la policía al ser reconocido como agente bolchevique. Michok ingresará en la cárcel enfermo. Según el columnista de Solidaridad Obrera Ángel Samblancat, Michok no había sido detenido por ser bolchevique: “su delito había sido ser ruso, ser judío, ser un hombre de bien”.

El 2 de enero de 1919 se hace público, a través de un redactor del diario El Debate, la intención del gobierno de expulsar a los súbditos rusos en un buque destino a Odessa, se trata del vapor Manuel Calvo de la Compañía Trasatlántica.

El 15 de enero el doctor Abraham Yahuda escribe una carta a Arthur Henry Hardinge, embajador británico en Madrid, en la que le comparte su preocupación tras la entrevista mantenida con el secretario de Estado del Ministerio de Exteriores, el señor Pérez Caballero:

“(…) de la extensa conversación que mantuve con el señor Pérez Caballero, extraigo que no sólo la colonia rusa de Barcelona está en peligro de ser expulsada, también los otomanos y búlgaros están en su punto de mira, ya que han dejado de recibir los subsidios de sus consulados (…) me confesó además que la actitud del gobierno es debida en parte a la alarma social suscitada desde los medios de comunicación por la supuesta amenaza bolchevique (…) son conscientes además que las medidas caerán tan sólo sobre personas inocentes, ya que los verdaderos agentes bolcheviques disponen de suficientes medios para sortear los controles policiales (…) Por culpa de esa minoría, judíos de diversa procedencia, Ucrania, Besarabia, Estonia, Lituania, no sólo de Rusia, sin ningún tipo de relación con los bolcheviques, serán arrestados (…) Con lo que respecta a los otomanos, son en su mayoría judíos sefardíes de Constantinopla y Esmirna, que había llegado a España tras ser expulsados de la vecina Francia (…) Compartí con el señor Perez Caballero mi impresión de que tras la decisión del gobierno se esconde una clara actitud antisemita, que sólo pretende expulsar a los judíos de España, y que, en mi opinión, hay dos personas que estan impulsando esta actitud. Una de ellas es el príncipe Alejandro Gagarin, cónsul general de Rusia en Barcelona, declarado antisemita, que ha vinculado incesantemente a los refugiados judíos con el bolchevismo. La otra, es el cónsul turco de Barcelona, Herr Rückeberg, reputado espía que ha dejado sin subsidios a sus compatriotas judíos. Ambos se han convertido en asiduos informantes de la policía”

Yahuda conocía personalmente la posición beligerante de Herr Rückeberg, ya que a finales de 1916 se había desplazado a Barcelona para negociar con el cónsul la posibilidad de mantener los subsidios a sus conciudadanos, cuyo resultado había sido negativo.

Ante las injusticias flagrantes que estaban padeciendo gran parte de los refugiados la Liga Española para la Defensa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, constituida en Madrid el 23 de noviembre de 1913, y dirigida por Luis Simarro, intercedió para la creación de un Comité Pro-Rusos que los defendiera ante la arbitrariedad del gobierno. Una de las primeras medidas de este comité fue la celebración de un mitín protesta que denunciara la expulsión de los rusos.

El 16 de enero se suspenden las garantías constitucionales en Barcelona, en palabras del propio Romamones, debido a los constantes conflictos sociales.

Ese mismo día el periodista Manuel Aznar – abuelo del que sería, décadas más tarde, presidente del gobierno – publica una nota en el diario El Sol titulada “Frente policíaco español” en la que denuncia la arbitraria detención de algunos súbditos rusos:

“Una gran parte de los rusos que forman la colonia moscovita en España, está formada por gentes que se establecieron aquí hace dos, tres y aún cuatro años. Entre los rusos últimamente llegados a Barcelona debe haber no pocos que vinieron huyendo precisamente del terror maximalista y que de ningún modo pueden ser acusados de sostener la propaganda bolchevique. La Policía, que no da con los verdaderamente entregados a la agitación, ha visto detrás de cada uno de los súbditos rusos un enviado de Lenin o Trotsky. Comerciantes rusos que viven alejados de toda política y que si algo representan, es el antibolchevismo, ven la probable expulsión, la ruina completa”

Un día más tarde una representación del Comité Pro-Rusos consiguió entrevistarse con Romanones para informarle de la angustiosa situación en la que se encontraban los refugiados en Barcelona. Esta representación estaba liderada por Nicolas Tasín, Eizenberg y Samson Sobol – uno de los futuros socios fundadores de la Comunidad Israelita de Barcelona. El presidente les prometió que aquellos súbditos rusos que tuviesen medios de subsistencia o pudiesen asegurar su honorabilidad a través de personas conocidas no serían expulsadas.

El 23 de enero, frente al desamparo de muchos refugiados judíos y la premura que exigía la indefensión de los detenidos, Max Nordau y el profesor Abraham Yahuda escriben una carta a Albert Lucas, secretario de la Joint, informándole de la intención del gobierno español de expulsar a los súbditos rusos:

“ (…) el gobierno español, bajo presiones externas, pero también imbuido por el pánico, ha decido expulsar a los súbditos rusos que tengan algún tipo de vinculación con el movimiento bolchevique. (…) En cuanto se pueda -han informado- los detenidos serán trasladados al buque Manuel Calvo y transportados, quieran o no, a Odessa. (…) Esta medida cruel afectará especialmente a los judíos de origen ruso, que son en su mayoría padres de familia honestos y trabajadores, sin ninguna vinculación con el bolchevismo. Además, frente a las nuevas circunstancias, no estamos hablando tan sólo de rusos, sino también de judíos polacos, ucranianos y lituanos, que están muy lejos de ser simpatizantes bolcheviques. (…) Eso no es todo, la policía pretende también expulsar a los turcos, búlgaros y rumanos, entre los cuales hay muchos de los nuestros. En este caso el pretexto no es la amenaza bolchevique, sino la carga que ellos supondrían para el erario público, ya que los cónsules de sus respectivos países han dejado de pagarles un subsidio, abandonándoles a su suerte, y convirtiéndoles, de la noche a la mañana, en meros indigentes.”

En este contexto de paranoia bolchevique, el 5 de febrero si inicia en Barcelona la huelga de La Canadiense, prolongándose durante 44 días en los que se convirtió en huelga general y paralizando Barcelona y el 70% de toda la industria catalana. En palabras del historiador Manel Aisa:

“En febrero de 1919, se inició la que más tarde sería conocida como la «Huelga de La Canadiense», llamada así porque el principal accionista de la Compañía era Canadian Bank of Commerce of Toronto. El conflicto comenzó al organizarse entre el personal de oficinas, un Sindicato Independiente, que el gerente de La Canadiense, Fraser Lawton, nunca aceptó, por lo que éste empleó como estrategia hacer fijos ocho empleados eventuales y rebajarles el sueldo. Éstos protestaron con el argumento de que: «a mismo trabajo, mismo sueldo». Estas ocho personas, que eran precisamente las que habían organizado el Sindicato Independiente dentro de la empresa, inmediatamente fueron despedidos por Lawton. Cinco de los sancionados pertenecían a la sección de facturación y sus compañeros, en acto de solidaridad, el día 5 de febrero de 1919 se declararon en huelga. Rompiendo la pluma y tirando los tinteros, se negaron a seguir trabajando hasta que se readmitiera a sus compañeros despedidos. Los 117 empleados de la sección de facturación se dirigieron hacia Gobernación para hablar con el gobernador, que les prometió que intercedería por ellos ante la empresa, si volvían al trabajo. Cuando éstos volvieron, se encontraron con fuerzas de la policía que les impedían el paso, no dejándoles entrar al interior del edificio, produciéndose diversos incidentes y quedando todos ellos despedidos. Al día siguiente la noticia corrió por Barcelona como un reguero de pólvora.”

El estallido de la huelga de La Canadiense supuso el tiro de gracia definitivo para las esperanzas de los súbditos rusos detenidos, que comenzaron a aparecer en la prensa como posibles instigadores de la movilización. Las promesas y buenas palabras que el presidente del Consejo había dirigido a la comitiva encabezada por Tasín, Eizenberg y Sobol, caían en saco roto. La cárcel Modelo de Barcelona acogería a numerosos súbditos rusos y polacos acusados de ser agentes bolcheviques. Pero no sólo ellos fueron víctimas de la arbitrariedad del gobierno, también ingresaron en prisón otros extranjeros sin recursos que no pudieron demostrar, cuando les fueron exigidos,los “medios de vida” requeridos, entre ellos muchos judíos turcos.

Manifestación ante el Ayuntamiento de Barcelona, el 14 de febrero de 1919. Cuando el gerente de La Canadiense vio todo este amplio apoyo popular, propuso una negociación para el 17 de febrero, pero cuando se enteró que entre los delegados había un afiliado a la CNT, se negó a reunirse con el comité.

El 7 de febrero el diario El Sol publica una carta escrita por los reclusos rusos en la que piden a las autoridades:

“Que se les avise con anticipación la salida del barco que les debe repatriar; que se les garantice debidamente que una vez llegados a su territorio, se les dejará en libertad para ir a sus pueblos respectivos; que los patronos abonen los jornales devengados que no se les pudo hacer efectivos por su detención; que a los que tengan establecido algún comercio o industria, se les conceda un plazo para poder liquidar sus negocios; que las autoridades españolas o rusas faciliten a los más necesitados ropas y dinero para el viaje; que no se les considere como vulgares criminales, sino que se les respete y se les tenga consideración si no pueden salir de la cárcel.”

Tres días más tarde, ante la situación desesperada de muchos judíos que se encontraban en la indigencia por las calles de Barcelona, el doctor Abraham Yahuda, Max Nordau, Luis Simarro, el vicepresidente del Senado, Angel Pulido y el también senador Rafael Altamira, escriben una carta conjunta a la Joint en busca de ayuda.

Semanas más tarde, debido en parte a los sobornos que la policía barcelonesa había recibido de algunos de los detenidos, y a fin de evitar más fugas, los reclusos fueron trasladados finalmente al buque Manuel Calvo.

El 24 de febrero el doctor Abraham Yahuda vuelve de nuevo a escribirle una carta a Albert Lucas, secretario de la Joint, en la que comparte su temor sobre las consecuencias de intentar defender la inocencia de los refugiados judíos detenidos:

“ (…) por el mero hecho de apoyar a los judíos rusos detenidos, nos convertimos, ante los ojos de la autoridades, en simpatizantes bolcheviques.”

El 6 de marzo Nicolás Tasín denuncia a través de una carta publicada en el diario El Sol las deplorables condiciones de los detenidos en el Manuel Calvo:

“ Actualmente se encuentran en el Manuel Calvo cien rusos. La mayoría de ellos han pasado dos, tres y hasta seis meses en prisión. Hasta ahora, no se les ha comunicado el motivo de su detención. De esos 100 rusos, 16 fueron detenido el 24 de febrero, hacia las dos de la madrugada. Todos fueron tratados con desconsideración. Ni siquiera se les permitió que tomaran un hatillo de ropa. Estuvieron en las celdas policíacas durante tres días, y luego fueron transportados al Manuel Calvo. Nada saben de la suerte que les espera. Las condiciones higiénicas del Manuel Calvo son insoportables. El conde de Romamones había prometido que los rusos establecidos en España, que tuvieran negocios propios o que trabajaran en cualquier oficio, no serían molestados. Sin embargo, han sido apresado comerciantes y obreros que se ganaban su vida honradamente. Las garantías firmadas por los patrones de los detenidos no servían de nada.”

El 19 de marzo, dos días antes de la partida definitiva del Manuel Calvo, aún se registran incidentes entre los reclusos:

“El gobernador civil ha manifestado que a bordo del Manuel Calvo ocurrieron algunos incidentes como protesta de la vigilancia de que vienen siendo objeto los rusos presos en el referido buque. Desmintió el señor Montañes el rumor de que durante los incidentes se habían hecho algunos disparos. Procedente de Madrid ha llegado una personalidad rusa, que se ha ofrecido al gobierno para ayudarle a realizar la selección de los rusos residentes en la ciudad.”

Definitivamente, después de una larga y angustiosa espera, la mañana del 21 de marzo, el buque Manuel Calvo, de la Compañía Transatlántica, zarpa del puerto de Barcelona con destino a Odessa. En su recorrido, antes de llegar a la ciudad ucraniana, tenía estipulada una parada en Constantinopla y otra, más adelante, en el puerto búlgaro de Cavalla. Sin embargo el Manuel Calvo nunca llegó a su destino. A una semana de haber zarpado, frente a los costas turcas, choca contra una mina submarina. A pesar de la violencia de la explosión el Manuel Calvo no se hunde, aún así deja 105 víctimas, entre las cuales 71 eran deportados.

 

Según Mikel Azipuru:

“La lista de pasajeros del 20 de marzo conservada por la Compañía Trasatlántica incluye a 202 personas, distribuidas de la siguiente forma: 21 búlgaros, 63 bosnios, 57 personas de nacionalidad turca, 56 rusos, 2 españolas, 2 jóvenes francesas y un polaco de nacionalidad austriaca. El contingente turco estaba constituido básicamente por varones adultos (unos 40), 6 mujeres y 8 niños. Profesionalmente destacaban los dedicados al comercio y a la venta ambulante (17) y los jornaleros y obreros (una docena). Lo verdaderamente interesante es que sólo media docena de personas parecen ser verdaderamente turcos o árabes. Otra media docena era armenios, pero al enviarlos a Turquía el gobierno español parece desconocer el genocidio de 1915. El resto, unos 45, eran judíos sefardíes. La representación rusa en el vapor se caracterizaba asimismo por su diversidad. La lista incluía a rusos, polacos, finlandeses y judíos. 6 mujeres casadas y 6 niños, incluido un bebé de un mes, acompañaban a los varones. Las profesiones más nutridas eran la de los marinos (14 personas) comerciantes (7) y jornaleros (5), pero también embarcaron tres ingenieros. Solo hemos podido localizar a dos viajeros que habían sido fichados con anterioridad por la policía, el estudiante de 37 años Serguéi Skorniakov y el ingeniero Mijail Diamant (considerado miembro del comité probolchevique de Barcelona).”

Si cruzamos la lista de pasajeros del Manuel Calvo con los listados de préstamos de la Joint entre 1917 y 1919, encontraremos varias coincidencias. Por ejemplo, durante tres meses consecutivos del año 1917, el que sería dos años más tarde recluso del Manuel Calvo, el comerciante de 33 años Salomon Levy, recibirá préstamos de la Joint. Lo mismo ocurrirá con otros de los refugiados detenidos: Abraham Siloni, comerciante de 53 años, Abraham Guerzin, carnicero de 38 años, Isaac Bueno, vendedor de 31 años, Jose Esquenazi, vendedor de 26 años, Aron Tolinker, sombrerero de 35 años o la familia Salpati, integrada por Nantech, el padre, Sultana, la madre, y los hijos Salomón y Luisa.

EPSON scanner Image

El atosigamiento y persecución de los súbditos rusos no acaba con la partida del Manuel Calvo. El 17 de mayo, por ejemplo, el súbdito polaco Miguel Georg Bascoer, recluso en la cárcel de Cartagena, se halla en extrema gravedad tras permanecer doce días en huelga de hambre. Se le acusa de ser agente bolchevique y profesar ideas avanzadas y peligrosas. Según fuentes policiales de Barcelona estaba entre los designados para ser repatriado en el Manuel Calvo, pero consiguió eludir el cerco policial. Dos días más tarde el diario El Sol se hace eco de otro suicidio de un súbdito ruso, en esta ocasión se trata de Etri Landoff, que se arroja a las vías al paso de un tren, como Michok Wanstein estaba siendo custodiado por la Guardia Civil.

Un pensamiento en “Los comienzos de la Comunidad Israelita de Barcelona, parte V.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *