Leo Perutz, el exilio sin fin


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En 1946, la colección El Séptimo Círculo dirigida por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares daba a conocer una extraña novela policial, El maestro del Juicio Final (trad. de Annie Reney y Evira Martin) del escritor judío nacido en Praga Leo Perutz. Valorado en Argentina, sin embargo la originalidad del escritor checo  le había  valido en Europa  la incomprensión de gran parte de sus contemporáneos. Por ejemplo, Walter Benjamin había incluido la obra de Perutz en la dudosa categoría de “Novelas policiales para viajes”.

El novelista de Praga debió esperar el tacto de Borges para que aquella aptitud de concatenar motivos del género de suspenso con tópicos filosóficos pudiera ser efectivamente valorada. La intensa revalorización actual de la obra de Perutz en sus nuevas ediciones españolas tuvo un no tan conocido antecedente en las ediciones argentinas de muchas de sus obras durante la década del cuarenta en la colección El maestro del Juicio Final, Mientras dan las nueve (trad. de D.I. Vogelmann), entre otras.

De Toledo a Praga

En la crepuscular Praga judía, el 2 de noviembre de 1882, nacía Leo Perutz. Su familia, ocupada en la industria textil, habría llegado a Praga desde España (Borges se detiene, en su prólogo a El maestro del Juicio Final, en la alcurnia “sefardita” del autor).

Los primeros pasos de la educación formal de Perutz fueron los más frecuentes para un joven de su posición social: estudios en la prestigiosa Deutsche Privat Volksschule Piaristen Ordens de Praga y luego en el K.K. Erzherzog Rainer-Real Gymnasium de Viena.

En la capital austríaca, por aquellos años pletórica de inquietud intelectual, Perutz entra en contacto con el club literario estudiantil Frilicht, donde los entonces entusiastas jóvenes frecuentaban las páginas de Rilke, las tragedias de Strindberg y las novelas de Knut Hamsun. Sin embargo, las notas comunes con la vida literaria de tantos jóvenes aspirantes a protagonizar la vida cultural llegan hasta ahí. Efectivamente, Perutz se muestra extremadamente escrupuloso en darse a conocer como escritor, receloso siempre de los ambientes literarios. Sí se presenta, en cambio, para ofrecer conferencias en el kafkianamente titulado “Departamento-Estadístico-Matemático de la Asociación Austro-Húngara de las Compañías Privadas de Seguros”. Así, al tiempo que rechaza el ofrecimiento de Richard A. Bermann de publicar sus cuentos, se dedica a escribir para revistas especializadas en temas de seguros (Robert Musil recuerda que al escritor de Praga se le debe la ya en desuso “fórmula de compensación Perutz” utilizada en las matemáticas aplicadas a los seguros).

No sólo en la fatigosa tarea de los números encontró refugio Perutz. También siguió una extensa carrera militar iniciada como soldado de infantería imperial número 88, pasando por el puesto de alférez –herida en combate: tiro en el pulmón– hasta alcanzar el grado de teniente. Esta disposición a distanciarse del equívoco dominio designado como consagración o prestigio literario se refleja de manera palmaria en la leyenda del anillo que siempre conservó y en cuya leyenda grabada se podía leer Contra torentem (a contra-corriente).

Las obras

Pese a los constantes lamentos de Perutz acerca de la escasa consideración con que su obra era recibida, importantes figuras del mundo intelectual de la época –Arno Holz, Egon Erwin Kisch, Alfred Polgar y Kurt Tucholsky, por ejemplo– la consideraron original y relevante. Theodor Adorno llegó a escribir en su Teoría estética que El maestro del Juicio Final (1923) era una “novela de intriga genial”.

Luego de este éxito editorial, y mientras se recuperaba de su bala en el pulmón, Perutz publicó Mientras dan las nueve. Explotando el motivo de los “estados nerviosos” que dominaban el mundo de la psicología y las artes en Viena, la novela sigue los pasos de un alterado escritor desempleado en una travesía persecutoria por bares y calles. Al respecto, un entusiasmado Hitchcock revelaba en 1965 a François Truffaut que para la filmación de The Lodger, su primera gran película, hubo de recurrir como fuente de inspiración a una escena clave de Mientras dan las nueve.

En 1924, Perutz publica Turlupin, un relato sobre intrigas de Richelieu en el París de 1642, protagonizada por un joven coiffeur de pelucas de la corte. En 1928 publica por entregas en el Vossischen Zeitung una novela clásica de intriga histórica, ¿Dónde vas manzanita? El ascenso del nazismo limita la circulación de obras de Perutz: La nieve de San Pedro (1933) y El jinete sueco (1936) ya no podrán editarse en Alemania. De noche bajo el puente de piedra (1953) y la póstuma El Judas de Leonardo (1957) devinieron en perseguidas obras de culto. El primer título agrupa una serie de relatos concatenados unos a otros por el hilo de la Praga hechizada del siglo XVI, donde un funambulesco Rodolfo II se comunica por pesadillas con la esposa del judío Mordejai Meisl y las almas de los muertos concertan encuentros en el Moldava; la segunda es un refinado fresco de iconografía histórica y utilización de recursos narrativos propios de la vanguardia de la Viena de los años veinte.

El descubrimiento de Saslavsky

A principios de los años treinta, en una Viena cargada de presagios, Perutz escribe, junto con Paul Frank, El viaje a Pressburg, su primera obra teatral. Un destino más curioso le será reservado a su segunda obra teatral, Mañana es fiesta, escrita con el poeta Hans Adler. Según el biógrafo Hans-Harald Müller, los agentes literarios de Perutz en la Argentina gestionaron la venta de esta pieza teatral a Luis Saslavsky, quien rápidamente comenzó a trabajar sobre el texto para su film Historia de una noche. El 9 de julio de 1941, el film se estrenó en el cine Monumental de Buenos Aires (en los papeles centrales: Sabina Olmos, Pedro López Lagar -un gran actor exilado español exiliado en Argentina en 1937 a donde llego con la compañía teatral de Margarita Xirgu-  –  Santiago Arrieta y Sebastián Chiola) con gran éxito de público y crítica. Según Saslavsky, “supe que la obra había fracasado en Viena. Al leerla, pensé que el autor no se había dado cuenta de quién era el personaje central de su historia y le dedicaba a éste sólo cuatro o cinco escenas. Ampliando ese papel –me dije–, la película sería un éxito. Así lo hice y acerté”.

Los últimos años

El 13 de marzo de 1933, con el ingreso de las tropas alemanas a Viena, el negocio textil familiar de los Perutz es confiscado. El escritor se exilia con su mujer y sus tres hijos, primero en Venecia, pasando por Tel Aviv, donde fijará residencia. Lejos de Europa, no abandonará su temple intempestivo. En 1948 publica una crítica encendida a la actitud del joven Estado hacia la minoría árabe: “No me gustan el nacionalismo ni el patriotismo; ambos son culpables de los desastres que sufre el mundo desde hace ciento cincuenta años. Se empieza por el nacionalismo y se termina con el cólera, la disentería y la dictadura. Así que pienso marcharme en cuanto pueda. Sé que añoraré siempre Palestina e incluso Tel Aviv. Esto le sucede al que tiene muchas patrias. Yo he tenido tres y me han escamoteado las tres”.

Volviendo sobre sus pasos, al repasar exilios e ingratitudes, Perutz escribía a sus agentes Ani y Hugo Lifczis que, aun siendo un “escritor olvidado”, “los logros que se han vislumbrado desde Buenos Aires fueron mi razón de ser en estos años oscuros”.

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