La injusticia no es un hecho natural


Por

Golden Haggadah, Circa 1320, hecha en Barcelona o alrededores (British Library MS 27210).

El próximo viernes judíos de Barcelona, de Madrid, de Oviedo, de Málaga, de Valencia…, celebraremos el séder de la primera noche de Pésaj, durante el cual cumpliremos con la obligación de recordar la esclavitud de nuestros antepasados y su posterior liberación como si nosotros mismos la hubiésemos vivido. La historia que rememoraremos no es solo de las más influyentes que se han contado jamás, sino que también fue única en su época. En la antigüedad surgieron un gran número de mitos y grandes narrativas. En ellas, lo común era explicar los fenómenos que la gente vivía, tanto naturales (la lluvia, el trueno, los movimientos de los astros…) como sociales (la jerarquía social, los imperios, las guerras…). La historia de Pesaj, sin embargo, es bien diferente. Nos presenta una realidad social que era entonces inamovible, y era el fundamento sobre el que se sustentaba la mayor civilización que el mundo había visto: la esclavitud. Y en lugar de explicarla o justificarla, declara que es posible extirparla de la faz de la tierra, aun cuando cuenta con el soporte de todo un imperio Egipcio. La injusticia, dice, no es un hecho natural, y cada uno de nosotros tiene la posibilidad, así como la obligación, de enfrentarse a ella. Por eso, al recordar esa historia como propia, nos vemos obligados a afrontar la injusticia que vivimos en la actualidad.

Desde las cargas policiales de la mañana del 1 de octubre contra los ciudadanos catalanes que acudieron pacíficamente a las urnas para participar en un referéndum ilegalizado por el Estado hasta la tarde de ayer, 23 de marzo, en la que cinco diputados más fueron condenados a pena de prisión sin fianza, los ciudadanos catalanes y españoles estamos padeciendo la instrumentalización del Estado por parte del gobierno con apoyo de diversos partidos de la oposición y ante la pasividad de buena parte de la sociedad, para reprimir y colonizar al adversario ideológico.

El 1 de octubre fuimos testigos directos de la violencia ejercida contra ciudadanos inocentes por parte de las fuerzas de seguridad del Estado. Un Estado que desde aquellas primeras horas escogió la mentira y el cinismo al afirmar, alternativamente, que la actuación de la policía había sido proporcionada o bien que no se habían producido las cargas que todos pudimos ver. Lo que siguió fue una persecución judicial de los políticos que trataron de dar voz y voto a un elevado porcentaje de la población catalana que demandaba, mientras el Estado se tapaba los ojos y la nariz, poder conocer mediante una votación democrática si existía una mayoría o no que quisiese que Cataluña se convirtiese en una República independiente.

Con el encarcelamiento de los diputados Turull, Rull, Romeva, Forcadell y Bassa son 15 los presos políticos que el Estado mantiene en sus prisiones, mientras que Cataluña continúa siendo gobernada desde Madrid por un grupo de políticos que, a diferencia de los que están recluidos en Alcalá-Meco o Estremera, no han sido escogidos por el pueblo. Y cuando nuevamente un número considerable de ciudadanos salieron a protestar por la actuación de un poder judicial politizado, la policía volvió a golpear a las personas que tiene el deber de proteger.

Pero la injusta deriva autoritaria del Estado no termina en el procés ni en Cataluña. En los últimos meses también se ha dictado pena de prisión contra Valtonyc por criticar a la monarquía en uno de sus raps; se ha secuestrado la publicación de Fariña, un libro en el que se señalaba la conexión del narcotráfico gallego con algunos cargos del Partido Popular; se ha golpeado con dureza a los manifestantes murcianos que se oponían a las obras de la línea de alta velocidad; se ha retirado una exposición de ARCO por denunciar la existencia de presos políticos en España… Sin olvidar que desde hace ya algún tiempo, en nuestro país es constitutivo de delito fotografiar a policías en acto de servicio o manifestarse demasiado cerca del Congreso de los Diputados tras la aprobación de la infame Ley Mordaza.

Y todo esto mientras sigue sin resolverse una de las mayores tramas de corrupción y expolio de dinero público a la que hemos asistido, mientras el poder judicial ha tardado cinco años en determinar que la anotación “M. Rajoy” encontrada en las cuentas de financiación ilegal del Partido Popular podría señalar al presidente del gobierno, mientras que el portavoz de dicho partido puede permitirse el lujo de recordarle a los diputados encausados por el procés que “tienen hijos”.

Mozaika es un colectivo formado por jóvenes de diferentes ideologías y procedencias geográficas, independentistas y unionistas, de izquierdas o de derechas, pero reunidos en torno a un firme compromiso con la democracia y con la defensa de la libertad y los derechos humanos. Por eso, ante la deriva autoritaria del gobierno, sólo podemos alzar nuestras voces contra las reiteradas vulneraciones de derechos que la ciudadanía está padeciendo a manos de un Estado al que se le supone la labor ya no sólo de no lesionar dichos derechos, sino de velarlos y hacerlos crecer.

Al enfrentarse con el cometido de acabar con la injusticia, Moisés argumentó, puede que con razón, que no era la persona más adecuada para esa misión. Aun así, la responsabilidad de enfrentarse a la opresión no recae sobre los más preparados, sino sobre todos nosotros. Asumimos, como plataforma judía, la no indiferencia ante el entorno en el que vivimos. Por ello, con más determinación que nunca, alzamos nuestras voces con la esperanza de que la liberación que un día vivimos y hoy en día recordamos pueda servir de inspiración para mejorar la sociedad en que vivimos.

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