La débil mental (fragmentos)


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LO REAL DE LA PASIÓN, HIJA, ES SU IMPOSIBILIDAD. Si fuera posible, no sería posible, eso es algo que aprendí el día que subiendo al capot con una mochilita en la espalda le dije a mi rubio alto, me voy con vos, soy tu posesión, quiero morir en tus brazos, y nunca más lo volví a ver. O sea, quiero decir, que es posible, porque es imposible. Sabiendo esto de memoria, que es el sufrimiento de la imposibilidad de una pasión, lo que la vuelve pasional, seguimos luchando por volverla posible. ¿Por qué mierda? Porque así somos las mujeres, animalitos de laboratorio, seres endemoniados y testarudos. Así somos de huecas, de cabeza dura, de calentonas. No queremos sufrir, odiamos sufrir, tenemos terror al corazón latiendo en todo el cuerpo y al asma cuando nos anuncie que ya no está enamorado, que no se acostumbra a nuestro olor, o cualquiera de esas estupideces, pero si no sufrimos no hay pasión, sufriendo, volvemos posible lo imposible, la pasión misma. En los pocos momentos en que el sufrimiento, el temor a perderlo, a que sea de otra, desaparece, esto lo sé bien porque hubo días, los únicos en toda mi vida, aunque parezca increíble, hubo un tiempo en que el rubio me traía regalos fabricados por él, cajitas de fósforos, caracoles muertos, ramas con formas, en esos días me besaba pesadamente y parecía que su lengua fangosa se quedaría pegada a mí hasta consumirme, entonces esos días no sufrí para nada, pero tampoco gocé. Enamorarse es llamar a la maldición. Enamorarse es el diluvio con un refugio electrificado. No sé si me entendés. No sé si estoy siendo clara. Enamorarse es ponerse delante de la cobra de dos metros. Si no pude enseñártelo a tiempo, te pido perdón. Fallé en todo. Empecé tu infancia al revés. Debería haberte educado correctamente, no dejarte meter la mano en el caparazón y arrancar la babosa. Espero que no sea tarde. La escucho sobre el musgo, una fina capa vegetal me cubre de pies a cabeza, como la arenilla en la playa. Estoy echada como un perro con las orejas lanudas sobre los ojos. Estoy tapizada, forrada, y entre nosotras corre un acantilado y el agua trepa y resbala erguida. Agua salvaje. Ella no puede saberlo, no hay nada de lo que diga que pueda entrar en mí.

*

LARGAMOS TÓXICO DE LAS FAUCES y los orificios y ella planea toda la tarde la venganza. Toda la tarde. Malparido. Cobarde. Hijo de miles de perras. ¿Hijo de miles de perras, mamá? Bueno, hijo de puta. Y tirando del pico en el basural, una a una las botellas vacías consumidas en mi ausencia, vi que nacemos por error, por desgracia. Una tarde echados en cualquier posición, por torpeza, por vicio, después de un empacho. El enfermero tentado sobre la paciente con un ACV. Vi que parir es alguien descompuesto frente a unas frituras. Que nacemos por debilidad, hijos que se engendran como un hecho en los huecos o temprano a la mañana, con ojos entrecerrados, sin mirarse a la cara, alguien al que se le escapa, como mamá ahora triturando botellas con las manos agrias y pegajosas. A cada tiro de gracia susurra el plan para sí, la posibilidad de que nos quitemos de encima toda esta mierda, de que nos haga zafar tirándonos de su pija como una máquina excavadora extrae del fondo una familia enterrada por un huracán. Y después, quedate quieta hija, que tenés un insecto pegado en el párpado. Tengo esta locura mamá, de arrancarme los ojos y el corazón cuando el deseo me hace perder la cabeza y la conciencia. Callate. No seas chancha querés. ¿Te llamó, al menos? ¿Te consoló? ¿Te dijo, te amo? Ni siquiera. Y vos hablando de arrancar no sé qué cosa y de la conciencia. No te preocupes, lo va a perder, no llega a los nueve meses, no soy bruja pero algo de esto sé. ¡Es exactamente lo que pensé yo! ¡Que se le cae por entre las gambas, que nace muerto! Y festejamos la coincidencia bailando un lindo vals. ¿Te preguntó si querés uno? Pisando los treinta es algo normal. ¿No te propuso dártelo? Un segundo darte su esperma en agradecimiento al menos, como ofrenda. Bueno, no empieces otra vez, no pongas los ojos como frutillas, vamos a distraernos preparando todo paso a paso, será como ver el desplazamiento de los glaciares en vivo y en directo, un espectáculo mayor, basta de tanta vaca estúpida en el horizonte. Para eso necesito que colabores. Andá a lavarte y volvé fresca. Ni se te ocurra tocar el teléfono, yo te voy a decir cuándo es el momento indicado para enviarle el primer mensajito. Hay que hacerlos esperar para que reaccionen. ¡Andando! y me dio una patada en el culo como a un burro aturdido. Una avalancha pesada y luminosa derrumba todo lo que hay en mí, mamá. Qué cosa puede ser trascendente ahora, nada. Después de haber levitado, cómo puede alguien querer vivir lo que sea. Andá de una buena vez te digo, no hables tanto que te confundís vos misma con tus propias palabras. Dar hachazos refulgentes a las plantas venenosas de tallos huecos y ramosos. No alcanza. Pegar la nariz al humus del suelo, a los restos de pulsiones salvajes de los venados. Qué voy a hacer mamá. ¡Ir al baño ya mismo! ¿Sos sorda? Traspasar un cuerpo y volver sobre un temporal, echado sobre el hombro el fardo caliente.

*

NO DEBERÍAS SER TAN IDIOTA, no tengas miedo, miedo de qué tenés ahora. Él no asoma la cabeza porque está en capilla, espera tu señal, él es el que debería tener miedo de tu reacción, tenés todas las de ganar, dale. Y encima la otra con el bombo, ahora sí que no la toca ni con un alambre. Un palo, mamá. Bueno, palo, alambre, llamálo. No me vuelvas loca, andáte lejos, no quiero que escuches. Pero necesito escuchar, necesito darte ideas, te voy haciendo gestos. No necesito ideas, andáte o no llamo. Y me voy por la ruta, mamá juega a las cartas sobre la mesa de plástico con manchas de café. La veo mezclando el mazo, mojando la punta de la carta, haciendo trampa. Camino con el teléfono quemándome. Camino tanto que paso dos villages desiertos y rodeo el cementerio, la muralla que deja ver los nichos y los recipientes con agua verde y moscas flotando. No llamo todavía, doy la vuelta, los negocios de mármoles, granitos, sus ofertas, sus pulidos y abrillantado de suelos y tumbas. Servicios de limpieza y elementos decorativos para tumbas. Pronto no va caber más nada y a cremar a todo el mundo y las cenizas al basural. El cielo parece más separado de la tierra. Busco sus mensajes pero está vacío, ella borró todo. Entro y paso la barrera por debajo. Camino bordeando el césped. Cuatro jóvenes llevan un cajón, hace calor y las manos transpiradas los obligan a parar. No parecen pensar en nada. Como si estuvieran en una senda en la montaña y gozaran del panorama con binoculares. Después irán al almuerzo familiar y cada minuto los hará olvidar que vienen de enterrar un cuerpo. Que ese cuerpo se movía. Apoyan el cajón a la sombra de un álamo. Llamo. Pierdo noción de las indicaciones maternas. En qué consistía exactamente la extorsión. Cuánto era lo que había que pedir. Imaginarlo acá, imaginar que llevo su peso, que debo descansar para poder llevarlo. Atiende. No puedo hablar pero me reconoce. Esperaba mi llamado, esperaba saber si estoy bien, estaba preocupado. No lanza ninguna palabra de amor y la fiebre sube, monta y de pronto muevo los labios morados y soy ella. Necesito verte, aunque sea para despedirnos. Necesito poder hacer real esta separación. Él dice entender. Claro, agrega, entiendo. Esa voz del no poseído. Asco. Aversión a esa vida a punto de parir. Haberme asfixiado hasta la arcada, haber sido un tiburón liso y ahora la musiquita de lo cotidiano mientras las empleadas limpian nuestras habitaciones de hotel. Los acolchados con resaca sacudidos en la ventana. Las mesitas de luz vacías. La aspiradora sobre la alfombra. Y la otra ordinaria que se lo apoderó. Ganas de sepultarlo. Ganas de desmembrarlo. Pero no dice un día, no dice un lugar, no dice una hora. Soy una virgen que vive con su madre en una caravana y en invierno se frotan como dos ballenas. Soy esa que come del pote con las manos y las uñas negras. Esa que se ríe y salta en el vendaval de la mano. La concha cerrada hasta la vejez. Y cuando una mañana de nieve encuentra a la madre acostada con la boca abierta y un insecto dentro, se tira encima y la besa. Y se traga el insecto como a un hielito, por amor. Los jóvenes parten del cementerio, las manos lastimadas pero sonrientes. Mañana, suelto. Me humillo. Y necesito ayuda para pagar varios gastos, sabes, me echaron injustamente del trabajo después de diez años, eso es por discriminación, les voy a hacer un flor de juicio y lo voy a ganar, y me voy a comprar una lancha y voy a recorrer todas las islas, ajá. Pero para eso tengo que pagar un abogado y claro, dice comprender la situación, por discriminación de qué. Ni le aclaro. Que cuánto necesito. Que va a conseguirlo, que se lo devolveré cuando pueda. Qué no hace un hombre por sacarse de encima el fardo de una mujer. Ese lastre. Todo tan obvio. Poder ser razonable. Poder modular. Dar una cita para dentro de diez días, anotarlo en la agenda. Tragar, comer, caminar sin perder el equilibrio. Vendrá a verme mañana, pero eso sí, deberá partir temprano porque tienen un turno que no pueden cancelar a… y corto, lógicamente, ya me habla en plural.

*

ESA ANSIEDAD EN LOS DEDOS QUE LOS TUERCE. El lugar del encuentro es el mismo, bajo el puente entre grafitis anarquistas y teléfonos de putas. No hay definición, no es espera. Es la nada hasta la aparición. Un día de siesta en la infancia. Mamá encerrada en casa rezando con los huesos en las baldosas. Mamá repasando la secuencia y entrando al armario. Mamá la última verificación al filo. La primera vez que dirige algo, que algo la entusiasma. Ahí viene, no apaga el motor y se me tira encima sobre la calzada, no me chupa como un mamífero, hace el gesto del automovilista en doble fila. Y subo y obedezco y el beso húmedo viene después de los gestos mecánicos. Cómo estás, cómo está tu madre, cómo pasaste estos días. Te traje el dinero en efectivo, podés contarlo, me lo devolvés cuando puedas, sin hacerte drama. Pura basura. No contesto nada. Hace calor, dice. Por fin un día del verdadero verano de piletas hasta medianoche. Tomo el fajo y lo meto en mi cartera sin mirarlo. Mamá no está, vamos a casa. Prefiero ir a otro lado. Y yo prefiero a casa, no me siento muy bien. ¿Qué te pasa? No estoy pudiendo dormir. Da marcha atrás la rueda en la canaleta y gira. No hay mucho qué decir, se lo ve en paz con la decisión. Espero que me entiendas, dice. Claro, claro. Ella ya es vieja para ser madre, no podía privarla de esto, no después de tantos años de concubinato, claro, entiendo. Si la dejo ahora no podrá conseguir a otro, ya es tarde hasta para que congele óvulos. Sus óvulos están desgastados y, dejá el auto adentro, prefiero afuera, no, adentro es mejor, si no los chicos pueden rallártelo con destornilladores o pistolas de agua, no están acostumbrados a un modelo tan nuevo. ¿Tiene techo corredizo? A tu niño le va a encantar, seguro darán paseos magníficos por la costa, el chiquillo con la mitad del cuerpo al aire. Entra mirando cada paso que da, las piedritas triturándose. Qué pasa. No te gusta mi casa. No es eso, me siento raro, nunca estuvimos juntos acá. Mamá no viene, no te preocupes, no voy a hacer hoy la presentación oficial. Sacate los zapatos a la entrada. Se los saca, pasa al baño, me doy cuenta de que piensa en el lavabo con el agua abierta. Lo espero pegada a la puerta, le salto encima, lo guío por el pasillo angosto y promiscuo y nos desplomamos en mi cama. Le muestro mi vientre plano, quiero que acabe ahí. Pero todo es tirante, frío, acongojado. Pero todo es ese empapelado de flores con espinas. Trato de inyectar pasión, hacemos el amor una vez. Y dos. Está cansado, te traigo un vaso de agua con menta, la clorofila te va a hacer bien. Cuando el agobio del mundo entra en la pieza, antes fantástica. Lo dejo semi erecto en el colchón. Salgo desnuda. Mamá espía por la ranura del armario, lo entreabro. ¿Estuvo bien? pregunta. ¿Te dejo uno más o vamos ahora? ¿Te dio besos de lengua? Aprovechá. ¿Llegaste a…? Mamá, sos una cerda inmunda. Al menos que te dé un orgasmo, el muy hijo de puta. La casa está en silencio. Nada indica que hay un hombre en pelotas en el antro femenino. Si pudiera quedarse así durante diez años, en mi cuarto, acostado, entonces todo sería bello y pacífico y yo lo dejaría con gusto ir a criar a sus hijitos. A llevarlos por la ruta sobre la línea del mar. Su teléfono suena y nosotras pegamos un salto. Tapate, ¿querés? tus tetas me distraen, cómo te crecieron los pezones, están morados, dios, más grandes que los de la abuela, de dónde saliste. Y qué color oscuro tienen, parecés adoptada. ¿Soy adoptada? Sos imbécil. Vos adoptada, ¿no ves que somos dos gotas de agua? Mamá me da su blusa. Nos acercamos a la puerta en puntas de pie. Algo susurra, palabras de ternura y paternalismo. Como las vacas después de parir me cuelga todavía un hilo de líquido esponjoso que dejo por toda la casa. Me pongo una bombacha y oigo que me llama, que una primera vez dice mi nombre y luego lo grita. Es ahora, dice mamá, algo teme. ¿Te trajo la plata? Shhh, qué importa eso. Y debe tener tarjetas también. Y en una de esas cheques, bonos. ¿Sabés falsificar su firma? ¿Querés que le pregunte la clave, que le pida que me firme unos, también? Sacalo que voy por el otro lado, yo agarro todo, vos solo llevalo. No tardes mucho, no te quedes baboseándote, ya está. Dale un corte. Un poquito más. Nos seas viciosa, vas a echar todo a perder por la puntita y va a ser de la otra, sabélo, por siempre. Carne de la otra. Saliva de la otra. Un poquito más. Y entro con el vaso de agua y la hoja de menta.

*

ANTES HICIMOS EL AMOR Y NADA. A veces, un cuerpo no es más que un coito, un hijo del coito. No pasa, no sale, nada. Un último beso, y le agarro lo que queda de la cara y se lo estampo. Al final suena su teléfono y taladra mi cabeza. Como en los accidentes de tren, la gente de los suburbios baja como monos hacia las vías a vaciar los bolsillos de los cadáveres, saco el suyo y atiendo. Ella rompió bolsa, ella pierde, ella espera con las patas abiertas a que él corra, espera sus manos para el acto glutinoso. Ella grita mi amor, mi amor, mi vida. Pero esos gritos no son nada, sería mentir decir que tengo piedad, yo lo merecía más que ella. Era mío. Nos miramos con mamá que me da el visto bueno y hago pedazos su teléfono. Ojalá se le enrede el cordón. Las gallinas rondan adivinando que habrá comida. Los zorros y ciervos bajarán más tarde por el sendero a tomar su parte. Hay para todos, aspiren los restos. Soben, bestias. Somos inocentes. Somos las víctimas. Y llega por fin el momento en que deja de respirar, como un día, dentro de un beso, no hay más nada. Un insólito silencio hecho de pequeños chasquidos y zumbidos se nos viene encima. Aluvión bendito. Fue un cerdo soberbio, dice mamá. Una persona brutal, sin principios, digo. En resumidas cuentas, no fue más que un burgués. El mío un burgués, el tuyo un hippie vagabundo, dos mierdas. Dos escorias de la sociedad. Pero los actos se pagan en vida, hija, y me saca las palabras de la boca. El ruido de las avionetas sobrevolando y cayendo. ¿Y si vamos ahora y nos subimos? Podríamos carretear a lo largo de la autopista, sobrevolar los molinos y el río. Verlo revuelto desde el aire. La animalidad, la tierra, el sexo, todo vuelve de a poco sin asco, como el paladar de un antiguo fumador. Alzo la cabeza al sol y me tomo del cuello, por primera vez sin redactar en mi mente, tengo buenas noticias mamá: hoy me colgué. La araña del amor se va como el episodio más oscuramente nítido. Las dos mirándolo, examinando su cuerpo con precisión. Qué hermoso y qué feo es, suelta ella. Por fin dejaste de acosarlo. Fue ahí que empezó a morir. Matarlo no sació mis ganas de matarlo, seguir dando puñaladas durante el día y todo el verano, mi brazo maniático dándole con treinta grados, picada por abejas, mi pelo bañado en sudor. Seguir durante la madrugada, durante los festejos navideños dentro de la pileta de plástico, frente a los niños, eso tenía que hacer, ensañarme. Lo llevamos al granero y mientras atardece, porque atardecer, atardece, se vuelve una cosa transparente con huesos.

Estos fragmentos escogidos por la autora pertenecen a la novela La débil mental (Mardulce Editora, 2015).

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