Judíos en la Guerra Civil Española: Benjamin Lewinski (Parte I).


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Aquí comienza un nuevo capítulo de Mozaika en el que queremos explorar la impronta judía en la Guerra Civil Española. Lo haremos de la mano de voluntarios anónimos que, desde nuestra humilde tribuna, esperemos cobren notoriedad. Creemos que muchos de ellos, sino la mayoría, no sólo vienen a España para luchar contra Franco sino que, por encima de todo, llegan para luchar contra sus aliados fascistas, Hitler y Mussolini. La Guerra Civil Española trascenderá como el primer acto de la resistencia judía contra el fascismo.

Comenzaremos la andadura con Benjamin Lewinski, un joven voluntario polaco que se integrará en la unidad internacional del POUM.


“All Jewish volunteers understand the importance of the mission they have to fulfil as
chosen fighters of the Jewish people. They are also determined to turn the Botwin
company into an example in all areas.”
Y. Lekhter, editor del Naye Prese (Yiddish: נײַע פּרעסע‎), a 3 Enero de 1938.

Fue en una hermosa tarde de marzo del año 1984, cuando Benjamin Lewinski, un francés de origen polaco, se topó por casualidad con un ejemplar de La Vanguardia en una de las habitaciones del hotel donde trabajaba. El propietario del periódico, un huésped español que había abandonado el hotel la noche anterior, había subrayado algunos pasajes de un artículo sobre George Orwell, el escritor británico del famoso bestseller “1984”.

Benjamin no solía desaprovechar la oportunidad de practicar su español, en desuso desde hacía años, y se enfrentó a la lectura con un entusiasmo excesivo. No imaginaba que aquel pasatiempo estaba a punto de trastocar su mundo para siempre. Aquella noche no durmió. Miles de recuerdos hasta entonces aplastados por el peso de la Historia brotaron con una fuerza inusitada. De repente, después de cincuenta años, los trágicos acontecimientos que marcaron su juventud volvieron a ocupar sus pensamientos.

Durante aquella noche de insomnio Benjamin leyó y releyó el artículo una y otra vez. En él se especulaba sobre las motivaciones que habían llevado al escritor británico a participar como voluntario en la Guerra Civil Española. El artículo mencionaba que el tal Orwell se había alistado en las milicias del POUM, partido político de izquierda de orientación trotskista. Al escuchar estas siglas Benjamin tuvo que aferrarse de nuevo al sillón, temblaba como un niño.

¿Por qué un polaco de origen francés, cuya lengua materna era el yiddish, se sentía tan apegado a la lengua de Cervantes?

En otoño de 1936 el joven Lewinski no había sostenido un fusil en su vida, eso sí, había tenido que luchar lo indecible para salir adelante. Benjamin había nacido en Varsovia en 1916. Muy pronto había quedado huérfano de padre y madre, por lo que había sido adoptado. A los nueve años se traslada a París con su madre adoptiva. Termina allí los estudios primarios y a continuación entra a trabajar como aprendiz de peletero. A los veinte años recién cumplidos, y tras el golpe militar franquista, decide enrolarse como voluntario para defender la joven República Española:

“[…]Una mañana a finales de julio de 1936 – encontrándome en Paris – leo en la prensa que un carguero español – el Cabo San Antonio – desembarca en Marsella con la intención de cargar sus bodegas con material y alimentos para la causa republicana. Aquella misma noche decido tomar el primer tren con destino a Marsella. Sin embargo, una vez alcanzado mi destino, la estrecha vigilancia desplegada por la policía del puerto de La Joliette me impide establecer contacto con los marineros españoles. Sin blanca, optó finalmente por recorrer el camino a pie hasta la frontera española. Tres días más tarde, tras cruzar por la noche los Pirineos, entre Cerbere y Port Bou, con todos los riesgos que ello implicaba, esquivando barrancos y escalando montañas rocosas, llego al fin a Port de la Selva, un pueblo de la costa catalana. En sus calles seré recibido por militantes del POUM y conducido a Figueras, donde me uniré a otros voluntarios extranjeros. Desde allí seré finalmente conducido a Barcelona y alojado en el Hotel Falcon, situado en las Ramblas, frente al teatro Novedades […]”

Benjamin Lewinski, julio de 1939.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Por qué, para qué, qué fue aquello que le llevó a un país extranjero del que desconocía casi todo?

La explicación es sencilla, no pudo quedarse callado, no supo lidiar con la injusticia que se posaba ante sus ojos, cómo iba permanecer pasivo ante la amenaza fascista, cómo hacerlo siendo quién era, un judío polaco, un paria de la Tierra, cómo quedarse en casa, cómo no romper con todo, con la legalidad y la prudencia. Era imposible.

Aquella noche de marzo Benjamin intentó recordar a alguien que respondiese al nombre de George Orwell, se propuso adjudicarle un rostro, una mirada, un simple gesto, pero no halló más que confusión e impotencia, aquel nombre era totalmente desconocido para él. Fue entonces cuando pensó que podría ser un alias. Entre los ingleses que recordaba tan sólo dos pudieron haber sido Orwell, uno era un sindicalista conocido y respetado llamado Bob Edwards, el otro era un intelectual, uno de aquellos voluntarios que venía hacer la guerra con la pluma y el mauser, se llamaba Eric Blair. Tan sólo aquellos dos atesoraban las cualidades necesarias para convertirse en un escritor inglés.

Tras pasar la noche en vela Benjamin se dirigió a la mañana siguiente a la biblioteca municipal de Niza en busca de las obras de ese misterioso Orwell. Una traducción de “Homenaje a Cataluña” le atrajo de inmediato la atención. Tras una primera ojeada descubrió que no se había equivocado. Orwell no era otro más que su viejo amigo Eric Blair, el único de los británicos que hablaba un excelente francés y que había sido de gran ayuda para él, ejerciendo de traductor de los camaradas ingleses.

Lewinski se convertirá en el capitán de la unidad en la que se integrará Orwell a principios del mes de Enero. Él mismo relatará ese encuentro en “Homenaje a Cataluña”:

“La compañía a la que relevábamos se encontraba recogiendo su equipo. Los hombres habían permanecido en el frente durante tres meses; casi todos lucían largas barbas, tenían los uniformes cubiertos de barro y las botas destrozadas. El capitán a cargo de la posición salió arrastrándose de su refugio y nos saludó. Se llamaba Lewinski, pero todos lo conocían por Benjamín, y aunque era un judío polaco hablaba francés como si fuera su lengua materna. Era un joven bajo, de unos veinticinco años, de cabello negro y recio y un rostro pálido y ansioso, siempre sucio en ese periodo de la guerra. Unas pocas balas perdidas silbaban muy por encima de nuestras cabezas […]

Por la tarde hicimos nuestra primera guardia y Benjamín nos llevó a recorrer la posición. Frente al parapeto había un sistema de trincheras angostas, cavadas en la roca, con troneras muy primitivas hechas con pilas de piedra caliza. Doce centinelas estaban apostados en diversos puntos de la trinchera y por detrás del parapeto interior. Delante de la trinchera había alambradas, y luego la ladera descendía hacia un precipicio aparentemente sin fondo; más allá se levantaban colinas desnudas, en ciertos lugares meros peñascos abruptos, grises e invernales, sin vida alguna, ni siquiera un pájaro. Espié cautelosamente por la tronera, tratando de descubrir la trinchera fascista.

—¿Dónde está el enemigo?

Benjamín hizo un amplio gesto con la mano y en un inglés horrible me respondió:

—Por allí.

—Pero ¿dónde?

De acuerdo con mis ideas sobre la guerra de trincheras, las fascistas debían de estar a unos cincuenta o cien metros. No podía ver nada; aparentemente, sus trincheras estaban muy bien escondidas. Con gran pesar seguí la dirección que señalaba Benjamín: en la cima de la colina opuesta, al otro lado del barranco, por lo menos a unos setecientos metros, se veía el diminuto borde de un parapeto y una bandera roja y amarilla. ¡La posición fascista! Me sentí indescriptiblemente desilusionado: estábamos muy lejos de ellos y, a esa distancia, nuestros fusiles resultaban totalmente inútiles. Pero, en ese momento, se produjo una gran conmoción: dos fascistas, figuritas grises en la distancia, ascendían torpemente la desnuda ladera opuesta. Benjamín se apoderó del fusil que tenía más cerca, apuntó y apretó el gatillo. ¡Click! Un cartucho defectuoso; me pareció un mal presagio.”

Benjamin devoró el libro en una sentada. A medida que releía las páginas el enojo iba en aumento, leer aquello era como rendir cuentas a su propia vida: los sangrientos Hechos de Mayo, las delaciones de compañeros, los motivos de la disolución de la 29 División del POUM en el verano de 1937, la coacción que él mismo sufrió, el cambio de nombre y el maquillaje de su historial militar, la decisión de trasladarse a Albacete para ponerse a disposición de las Brigadas Internacionales para continuar la lucha, la incomprensión de muchos de sus antiguos camaradas, entre ellos el propio Orwell.

(…)

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