Judíos en la Guerra Civil Española: Los chicos de Stepney (parte I)


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“Dear Ma, It’s quite difficult for me to write this letter, but it must be done; Claire writes me that you know I’m in Spain. Of course, you know that the reason I didn’t tell you where I was, is that I didn’t want to hurt you. I realize that I was foolish for not understanding that you would have to find out.I came to Spain because I felt I had to. Look at the world situation. We didn’t worry when Mussolini came to power in Italy. We felt bad when Hitler became Chancellor of Germany, but what could we do? We felt—though we tried to help and sympathize—that it was their problem and wouldn’t affect us. . . . I took up arms against the persecutors of my people—the Jews—and my class—the Oppressed. I am fighting against those who establish an inquisition, like that of their ideological ancestors several centuries ago, in Spain. Are those traits which you admire so much in a Prophet Jeremiah or a Judas Maccabbeus bad when your son exhibits them? Of course, I am not a Jeremiah or a Judah, but I’m trying with my own meagre capabilities to do what they did with their great capabilities in the struggle for Liberty, Well-being and Peace.”

Chaim Katz escribiendo una carta a su madre desde Albacete, a 25 de Noviembre de 1937.


El 5 de agosto de 1936, tras sortear un puñado de trabas, Felicia Browne se sube al tren que le llevará al frente. Se establece en el cuartel general de Tardienta, donde desarrollará una labor estrictamente sanitaria. Cuarenta y ocho horas después de su llegada a Huesca escribirá la que será su última carta. En ella, en un tono esperanzado, relata a su amiga Edith Bone la maravillosa historia de tres jóvenes judíos de Stepney que habían llegado a Barcelona en bicicleta. Se refería a Sam Masters, Nat Cohen y Alex Sheller. Catorce días más tarde, en el intento de acudir a la llamada de auxilio de un camarada italiano, Felicia Browne será alcanzada por un francotirador enemigo.

Carta de Felicia a su amiga Edith Bone, a 7 de Agosto de 1936.

Sam, Nat y Alex eran hijos de immigrantes judíos del Este que habían llegado a Londres huyendo de los pogromos zaristas. Traían consigo la misma incertidumbre, el mismo estigma trágico que les sacudía por dentro y que, en ocasiones, les impulsaba al compromiso de clase. La llegada al Reino Unido no les libró nunca del odio antisemita, sin embargo, sin que nadie lo esperara, aquellos hijos del destierro decidieron enfrentarse a sus agresores, hacerles frente, combatir con los puños lo que sus antepasados habían interpelado con pactos y palabras. Alex, por ejemplo, que había abandonado a los 14 años el colegio para trabajar en una fábrica, tuvo hasta siete altercados el primer día de trabajo al ser insultado por su condición judía. Nat y Sam vivieron centenares de experiencias similares. El ademán combativo de aquellos adolescentes, que contrastaba con la actitud sumisa de sus padres, se materializó con el tiempo en compromiso político. En 1922, Nat se integra en el Partido Comunista Británico, participando activamente en sus campañas propagandísticas y convirtiéndose en brazo armado de sus fuerzas de choque.

En los años veinte hacía tiempo que Stepney había dejado ser un barrio de mayoría hugonota para convertirse en una vecindad estrictamente judía, en el que se hablaba, soñaba y amaba en yiddish. Si crecías en Stepney debías, antes que caminar, aprender a dar y recibir golpes. Patria de “justos y bellos”, como a Nat le gustaba llamarlo, sus calles vieron como se gestaban las bases del movimiento comunista británico.

Petticoat Lane, East End, 1920s. (Fuente: George Grantham Bain Collection (Library of Congress).

En el décimo capítulo de la autobiografía de Joe Jacobs, compañero de luchas de Sam, Nat y Alex, titulado ‘Out of the ghetto. My youth in the East End‘, un orgulloso Joe nos relata la historia de aquellos tres chicos de Stepney que habían partido en bicicleta hacia Barcelona para asistir a la Olimpiada Popular:

“Some friends of mine were on their way to the Barcelona Olympiad (to be held in opposition to the Olympic Games in Hitler’s Germany). They arrived at the Franco-Spanish border on July 19, 1936. The revolt of the army under Franco had already begun. They crossed into Spain and two of them joined the Republican Militia in Barcelona. One of them later formed the ‘Tom Mann Centuria’ – an English unit – around the time when some Germans and others were arriving in Spain. Units were being created from among many foreign volunteers.”

En apenas dos semanas, Joe y su esposa Pearl esperaban reencontrarlos de nuevo en en Amberes.

A partir del 20 de julio de 1936 los titulares de los periódicos británicos comienzan a hablar del golpe militar. Unas semanas más tarde, el Daily Worker, diario oficial del Partido Comunista Británico, manda un enviado especial a Barcelona para cubrir los hechos. Se trata de Tom Wintringham.

En El English Captain de Thomas Wintringham (1939). Memoria y olvido de un brigadista británicode Luis Arias González -, leemos:

A los pocos días de comenzar la Guerra Civil en España, Wintringham, que estaba en un campamento de verano antifascista en Gales, acude enseguida tanto por voluntad propia, en la que sin duda pesó el hecho de poder salir de la enrarecida atmósfera que era su casa, como por la decisión inapelable del Partido expresada por su máximo dirigente Pollit. La excusa fue la de acompañar a un grupo de ambulancias donadas por distintas organizaciones británicas y actuar a la vez como corresponsal del Daily Worker y del Labour Monthly. Aunque parece ser —según Hugh Slater— que estas actividades servían de pantalla para esconder su verdadero motivo y que no era otro que crear el embrión de lo que luego serían las Brigadas Internacionales y sobre las que Wintringham tenía sus propias ideas y planes muy bien preconcebidos. Está atestiguada la presencia de nuestro autor en Barcelona con los vehículos sanitarios la última semana de agosto de 1936, cuando ya existía el «Grupo Tom Mann» de voluntarios ingleses, pero no se unirá a ellos —por indicación expresa de Pollit— hasta después de que tuviera lugar la desdichada aventura mallorquina del capitán Bayo en donde este puñado de ingleses participó con gran arrojo y se incrementó su número hasta convertirse ya en toda una Centuria, la «Centuria Tom Mann». Hay una fechada a finales de septiembre que nos da cuenta de este hecho, algo que Wintringham escamoteará a sus lectores de 1939, probablemente siguiendo alguna consigna encaminada a preservar el secreto de su misión; en la instantánea, aparece sin gafas, ni bigote, con un aspecto de fortaleza física que contrastará vivamente con su imagen posterior, bronceado y vestido como un turista, con pantalón blanco y alpargatas; a la vez informará de la actuación de los mecánicos ingleses que habían trabajando como voluntarios en la fábrica de motores Hispano-Suiza y en la General Motors de Barcelona. Esta labor de informante quedará oculta al igual que otro hecho que sucedió también en estos primeros y confusos días de la Barcelona revolucionaria cuando conoce a la que será su segunda esposa, la periodista norteamericana Katherine —«Kitty»— Wise Bowler; se trataba de una impulsiva joven universitaria de veintiocho años perteneciente a la izquierda radical estadounidense —pertenecía a la Liga contra la guerra y el fascismo y la International Labour Defence—, a pesar de provenir de la más alta sociedad neoyorquina, y que, como tantos otros, desembarcó en España para labrarse una carrera como escritora «free lance» y deseosa por conocer de primera mano el carácter pintoresco de la Revolución que tenía lugar en Barcelona. Ella misma describe la escena de cómo tuvo lugar este encuentro el día 6 de septiembrede 1936: ‘En el café «Rambla» vi a un grupo sentado en una mesa de la esquina. Se vislumbraba todo un primer plano de rodillas inquietas. Sólo los ingleses son capaces de criar unos chicos tan altos y de aspecto tan sano como tenían aquéllos. Me miraron con esa manera fría y sin expresión tan típicamente suya. Entonces, un calvo de suave voz me tocó el brazo: «únase a nosotros». Me di cuenta, poco a poco, de que estaba hablando con un conversador culto, inteligente, adorable e ingenioso. Alguien me dijo: «Ése es Tom Wintringham, un peso pesado en el Partido Comunista Inglés, pero todo un encanto de tipo.”

A principios de septiembre Wintringham asiste a las Ramblas al desfile de las tropas republicanas que retornaban a Barcelona tras el intento fallido de la toma de Mallorca. Allí coincidirá con Nat Cohen, con el cual, días más tarde, acabará formando la centuria antifascista Tom Mann. En Els escriptors i la Guerra Civil a les Illes Balears, el historiador Josep Massot i Muntaner, nos habla de esta primera toma de contacto:

“ […] al setembre del 1936 [Tom] veié a la Rambla de Barcelona una desfilada d’una part de les tropes que tornaven vencudes de Mallorca, i va tenir ocasió de conèixer Nat Cohen, un jueu londinenc de Stepney, magre i obstinat, que havia voltat arreu del món i havia après castellà a Amèrica del Sud (…) a Mallorca va conèixer la seva compaña Ramona, una miliciana simpatica i rabassuda”.

El 10 de Septiembre, Wintringham escribe a Harry Pollitt, secretario general del Partido Comunista de la Gran Bretaña, diciendo que ha llegado un acuerdo con Nat Cohen, un judío sindicalista de Stepney, para establecer “a Tom Mann centuria which will include 10 or 12 English and can accommodate as many likely lads as you can send out… I believe that full political value can only be got from it (and that’s a lot) if its English contingent becomes stronger. 50 is not too many.

En esta foto datada también en septiembre, podemos ver a los miembros de la centuria Tom Mann, de izquierda a derecha: Sid Avner, Nat Cohen (el líder del grupo), Ramona Siles García, Tom Wintringham (en blanco, de rodillas al frente), Georgio Tioli (el italiano) a su lado, Jack Barry (the Australian ‘Blue’) y David Marshall.

El propio David Marshall recordaría años más tarde los motivos de su partida a España:

One day I brought The Times…I remember reading a paragraph saying, “There is no doubt that if the Spanish Republican government wins the war, a socialist state will be set up”. Really that was the trigger. I thought, Christ, here’s a way out.”

¿Pero por qué escogieron ese nombre? ¿Quién era Tom Mann, qué representaba? Sindicalista y líder comunista británico, contemporáneo a los miembros de las centuria, Mann escribió The Way to Win, un folleto que marcaría para siempre a los jóvenes de Stepney.

La semana del 19 al 26 de julio del 1936, el matrimonio Jacobs ya sabe que las Olimpiadas de Barcelona han sido suspendidas y que, debido a eso, la delegación británica se ha visto obligada a regresar. Sin embargo, entre los recién llegados no hay ni rastro de Cohen, Masters y Shelder. La primera información de su presencia en España no viene a través del Daily Worker, como sería de esperar, sino del Daily Express. Keith Scott Watson, escultor londinense que había formado parte de la centuria Tom Mann, será el encargado de escribir ese artículo. Años después el propio Scott Watson recrearía su paso por España en Single to Spain, donde relataría cómo contactó con el grupo:

“We split into two groups. The first, including Bill [Bill Scott, miembro del I.R.A] and myself, were instructed to leave for the Hotel Colon. The Hotel Colon was a blaze of light. From the Plaza Cataluña came the blare of loud-speakers; military bands and political addresses boomed out over the roar of klaxon horns. Cars decorated with significant initials rushed round the square in a mad merry-go-round way. Kiosks and hoardings were vivid splashes of colour; posters urged Catalans to enlist at once; the results of Fascism were clearly and strikingly shown. The commercial artists were fight- ing their own war; theirs the most effective of weapons—propaganda. At the entrance of the hotel was a machine-gun post with steel-helmeted guards, far more efficient- looking than any we had so far seen. We were shown to the reception-hall and our kit dumped in a corner. It was a little confusing, uniformed troops, militia-men and extremely attractive looking militia girls carrying automatics or rifles, all coming and going at a great rate. We were joined by a staff officer. “First you must eat, then we shall find you all billets. He led us into a huge dining-hall, already nearly full of troops and officers. All wore badges or caps with the lettering U.G.T., PJSJJ, or J.S.U. White-aproned waiters served our food from huge dishes. Lentil soup, well cooked, was followed by meat, potatoes and gravy. Wine was served with the meal and fruit finished it. Officers, identified by wearing two or three stars and a colour stripe, sat with their men. […] In the hall our officer was waiting. We were led upstairs to a room marked: Departament d’Estrangers. Here we underwent an investigation more rigorous and thorough than any before. The proceedings opened with the very direct question: “Why are you here?” “To fight Fascism.” My inquisitor was very shrewd and unemotional. I felt him weighing me up. “Here we do not fight Fascism by reading the New Statesman and Nation or attending advanced cocktail-parties.”The next morning we arrived, as instructed, at the Colon once more. Cars still tore through the streets, but the loud-speakers were silent People sat in the sunshine of the Plaza. Life seemed much saner, the tempo more bearable than the night before; even the machine-gun looked less sinister as we entered the hotel. We sat down in the entrance-hall to wait. We had been there for about an hour, when I noticed a figure even more extraordinary than those we had been watching pass through the revolving glass doors. His dress resembled that of a plainsman in the eighties: loose baggy trousers, sandals, a tunic with an open V neck loosely laced, a bright red handler-chief worn as a scarf; for headgear he wore a wide Cordoba hat; at his waist an immense automatic pistol. He was amazingly ugly and had all the assurance of a prosperous bookmaker. He looked around the hall and walked straight over to where we sat. ‘”Hello boys! you come to join the English Centooria, that’s great We got twelve now. We gonna have an all English centooria before long. Where the hell’s that fella Avner?” Without another word to us, he disappeared back through the glass doors. He returned in a few minutes arguing loudly with a tall youth dressed in blue overalls. “You got to remember we’re in a state of civil war, yes? […] “You boys better come up to barracks right away/’ Our barracks were about three miles out of Barcelona, at a village called Sarria. During the journey Comrade Levy kept an unbroken silence; a Trappist would have found him rather unsociable was the opposite, he proved a mine of information on the most unlikely topics. The official figures for venereal disease, the amount of rice needed to feed Cataluña, the local tax on German sewing-machines or a specific against scabies—all seemed an open book to him. He looked round occasionally at Levy, half expecting to have his assertions challenged, but that sceptic was far away […] We had little time to examine the building. Levy did everything at a great pace. Soon we were almost at our convent-barracks. The convent of the Sacred Heart, which once housed the daughters of the well- to-do devout, had undergone a change […] At the gate, we were challenged by a sentry who emerged from a confessional-box which had been pressed in this new office. Levy spoke to him in Spanish, and we were passed inside. We were taken up to a dormitory on the top floor. In the courtyard were about two hundred troops, mostly Spanish, resting after drill. A few were in the corridors with brushes or mops and pails. We were introduced to our comrades in arms of the Tom Mann Centuria. My first impressions, in almost every case, later proved quite wrong. We were seven, including Comrade Levy, the other English being quartered in the bugridden Jaime I barracks in the town. They were a typically English group: a squat young Highlander Jock with three years’ training in the Black Watch, behind him: “Am £ . ,., g glad to sec ye.” Lorrimer Birch, a Byronesque young man, saluted us. He had left a scientist’s life for practical politics. For him, Communism was the beginning nd the end of his whole existence. A little unbalanced he was a party man first and last and had all the faults and virtues of the orthodox Marxian. David Marshall had come from Lancashire. Ray Cox was an enthusiast and remained one to the end. For most of us, grumbling was a welcome outlet. Ray’s optimism never allowed a murmur. […] For over an hour we waited—no sign of our leader. Sid grew impatient: “He’s too busy in the Hotel Lloret to ever get back to barracks,” […] When we reached our quarters, we found our political leader waiting for us. With him was a small live-eyed young woman dressed in trousers and tunic, which gave her a shapeless appearance. Her features were regular without her being actually pretty. Nat did the honours. “Ramona (Ramona Siles García, pareja de Nat), meet two new comrades—Bill Scott and Scott Watson.” The lady in trousers saluted “Maybe we go to the front soon?” was her only comment. “Ramona’s not happy unless she’s killin’ Fascists,” explained Nat with the modest pride in his young amazon. “We was together in Mallorca, did some real fighting there—eh, sweetie!” Ramona did not reply, she disappeared into a curtained-off recess at the end of the room.”

Cartel reivindicativo del Partido Comunista Británico sobre los héroes antifascistas de Stepney, Nat Cohen y Sam Masters (Fuente: WCML)

Nat Cohen forjó su compromiso político en las calles de Stepney, por entonces el mejor escenario posible donde alimentar una alma díscola e inconformista. A mediados de los años 20, tras varias detenciones, el partido decide enviarlo a Argentina donde fortalecerá su compromiso de clase. En 1925 se traslada a Santiago de Chile, donde prosigue con su actividad militante. En marzo de 1927 será detenido y expulsado del país. Había sido acusado de espionaje por las autoridades chilenas. Gracias a un red de apoyo del partido logra entrar de nuevo en Argentina donde ejercerá de líder de la Liga Anti-imperialista. El 31 de septiembre de 1932 será nuevamente detenido, en esta ocasión en Montevideo, Uruguay; el delito, repartir propaganda subversiva. Tras librarse de la condena, y con el apoyo de sus camaradas, consigue cruzar el río de la Plata. No pasarán ni dos semanas hasta que sea apresado en una redada en la ciudad de Buenos Aires.

Nota de prensa aparecida el 26 de marzo de 1927 en el Heraldo de Madrid.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En An English volunteer from Argentina, el historiador Jerónimo E. Boragina nos habla de las andanzas de Nat en Latinoamérca:

Argentina in the first decades of the last century was not noted for its political stability and respect for ordinary people, nor for harmony between capital and labour. Law no.4144 of 1902 allowed the government to expel any foreigner who “compromised national security and threatened public order”. As a result, hundreds of immigrant workers were deported, many of them well-established in Argentina, to their countries of birth. In the case of Germans and Italians, many were handed over to the fascist authorities. In 1932, two years on from the right wing military coup by General José Uriburu, it was decided to expel 150 activists who had been demanding better wages and conditions for workers. On the night of 10 February they were put on board an Argentinian naval ship, the Chaco. Among them was an Englishman, Nat Cohen. He had been held prisoner in Villa Devot Prison, Buenos Aires, along with other trade unionists. He wrote about his imprisonment and these journey home in a letter to Rosita, his friend in Argentina, on 25 April 1932. Nat had been in Argentina for several years and worked as a tailor. But he was also a communist union leader in the CGT national trade union centre. His union role and commitment to working-class causes gave the authorities the perfect excuse to expel him from the country. His union militancy tells us that by necessity he had become proficient in the Spanish language.

En septiembre de 1931 el Daily Worker, órgano del PCB, anunciaba la detención de Nat: “British Communist jailed in Argentine. Comrade Nat Cohen, Clothing Worker’s Secretary, imprisioned without trial”. Meses después, el 16 de febrero del 1932, de nuevo el Daily Worker denuncia la situación judicial de Nat: “Nat Cohen, Five months in jail without trail.”

Los expedientes de la policía británica demuestran que cuando el Chaco -el barco que le trajo de nuevo a Inglaterra- atracó en Tilbury, una multitud le estaba esperando. Nat volvió a Stepney siendo un héroe. Desde 1932 hasta su partida hacia España, se verá implicado en las sangrientas batallas entre comunistas y fascistas en las calles de Londres. El heroísmo de Nat era legendario, sus hazañas pugilísticas contra miembros de las camisas negras de Mosley, corrían como la pólvora en los bares del barrio, tanto que Arnold Wesker lo mencionaría años más tarde en su pieza teatral `Chicken Soup With Barley ‘, cuando uno de sus personajes dice: “That Nat Cohen, he’s a right terror.

(…)

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