Fragmento de la novela inédita de Gastón Schnitzel (20..)


Por

Un hombre aborda a una mujer en las calles de una Lisboa en ruinas. Él es portugués; ella, aunque no lo recuerde, judía. El encuentro casual pone en marcha la narración. Xosé se ha visto obligado a cerrar la zapatería de la que era heredero, dejando atrás siglos de historia. Mientras se encarga de cuidar a su madre enferma, indaga en los motivos de una ruina que asume en su doble papel de víctima y de verdugo, y entre cuyos escombros encontramos los valores que han regido una sociedad, un mundo y un tiempo que llega a su fin. El espejo en que se mira la vida de Xosé devuelve una imagen hecha de sueños rotos e ilusiones perdidas. Nada se ha librado de la voracidad: la familia, la amistad, los códigos sociales, el amor…La aparición de Lucía vendrá a trastocarlo todo.


Oporto

Lucía Adjim fue diagnosticada por el psiquiatra con una Amnesia Disociativa Aguda (ADA). Tenía veintisiete años. Desde entonces entró imperceptiblemente en una nueva era, una era de misterios, de signos anunciadores, de encuentros inexplicables que empezaron a multiplicarse en su camino sin que hiciera nada para provocarlos. Como la aparición de aquel joven, en la esquina de Santo Estevao y Rua dos Remedios, que se le acercó para pedirle que le acompañara a casa y que, de camino, le soltó un discurso del que se deducía, entre otras cosas, que se llamaba Xosé y arreglaba zapatos en una trastienda del barrio.

Lucía tenía los pies inmersos en el río y sentía como los peces le acariciaban los tobillos. Seguía lloviendo y el Duero era incapaz de absorber tanta agua. Los árboles, impasibles, parecían entretenerse con su presencia. Una especie de picor le salía del estómago erizándole los conductos más sensibles de su cuerpo. Estaba intentando comprender, comprender sin llegar a ser devorada por lo que un día había sido y ya no era. Tal vez fuera que ya no tenía elección, que ya no podía decidir si comprometerse o no, ya no podía seguir ignorando la verdad, esa verdad de la que había estado huyendo durante más de cinco años para poder vivir tranquila, para crear una familia como el resto de la gente, lo que ellos llamaban gente, todo aquello al fin se había acabado, su fiesta de disfraces había llegado a su fin.

Desde su llegada a Oporto, Lucía se había preguntado en numerosas ocasiones si podía existir algo que fuese capaz de posibilitar una vida feliz, o acaso había que limitarse a renunciar a los sueños, abrir los ojos y convencerse de la inutilidad de todo lo que pretendía. La enfermedad estaba domesticándola, y eso, de algún modo, le aterraba. Pero en su mundo, el que sus padres le dejaron, no había lugar para el desánimo, ésta era una lucha por la supervivencia, por la verdad, por la comida que comía, por los labios que besaba, por las páginas que leía, ésta era una lucha desigual en la que no se podía mirar hacia otra parte y seguir llenando la nevera, como si nada, como si todo estuviera en su sitio, como si no hubieran víctimas ni verdugos. Lucía lo sabía, lo había aprendido.

La fuga típica del amnésico disociativo consiste en una o mas huidas repentinas, inesperadas y deliberadas de su casa, durante las cuales no recuerda una parte o la totalidad de su vida pasada y no sabe quién es, o bien se da una nueva identidad. Una persona en estado de fuga, como Lucía, habiendo perdido su identidad habitual, generalmente desaparece de sus lugares de costumbre, dejando su familia y su trabajo. La persona puede viajar lejos de casa y comenzar un nuevo trabajo con una nueva identidad, sin darse cuenta de ningún cambio en su vida.

Oporto era, para Lucía, un lugar familiar, pero también algo que había olvidado. Ese era su convencimiento mientras trataba de concentrarse en la tipografía portense. “Allí -le gustaba pensar- hubo una calle que ya no existe, una calle circundada por árboles que alcanzaban el cielo, surcada por raíles de acero que nos empujaban hacia el futuro, una calle con gente y vida, hoy esa misma calle se ha convertido en un gran vacío donde cagan y mean los perros.”.

El pasado no cesaba de llamar a la puerta de su dormitorio con vistas al Duero, de día, de noche, cuando no estaba, cuando estaba. “¿Por qué no salimos a dar un paseo?”, indagaba la voz que salía de su cabeza. No le hubiera dado la menor atención, después de todo ¿qué podía ser más vago y menos lógico? ¿Pasear a dónde, con quién? Desgraciadamente todas las complicaciones que traía consigo aquello que le robaba el sueño parecía ser el camino de regreso a algo que Lucía quería, algo que había llegado a ansiar con una añoranza que estaba al borde de la obsesión.

El pasado, su pasado en Lisboa con Xosé era la clave secreta que le concedería esa segunda oportunidad que tanto había buscado. A Lucía no le gustaba su nueva vida en Oporto, nada de lo que había construido le hacía sentirse orgullosa. Sus días eran intercambiables, no importaba el orden ni la sucesión, nada cambiaba, todo era lo mismo. El pasado, pensaba, era el laberinto a través del cual uno debía encontrar su camino, y su pasado no era como el del resto de la gente. Cuando, con el calor de mayo, aquel doctor excéntrico le diagnosticó amnesia disociativa, ya sentía una mano ajena sobre su cuerpo, sentía la necesidad de otra persona como un terrible dolor interior, una presencia ajena que le había crecido en el pecho como un tumor.

Aquella primera mañana juntos, la que siguió a una noche de vino y hierba, Xosé se despertó de repente, como un hombre sorprendido al que hubieran echado a palos del sueño o se lo hubieran birlado, tal vez enojado por la inesperada presencia del mundo. Respiró apresuradamente y contempló con tristeza los haces de luz que dividían en franjas las paredes de su habitación. Permaneció unos instantes tumbado a un lado de la cama mientras miraba el desorden de su cuarto. Con un suspiro hondo y desganado se volvió lentamente boca arriba y se topó con la joven que se encontraba junto a él. La muchacha dormía con los ojos abiertos. Con paciencia Xosé se levantó y se dispuso a analizar el rostro de la intrusa. Era de una belleza luminosa, casi transparente, que llenaba el cuarto de esperanza. Tuvo que ponerse las gafas para determinar el grado de su locura y nuevamente se asustó, esta vez con razón, al ver que la joven seguía ahí, con sus dos enormes ojos azules clavados en el techo. No había desaparecido, por lo que no formaba parte del sueño, alguien la había colocado allí, alguien que lo apreciaba, tal vez él mismo, imbuido por una fuerza nueva, la había traído consigo.

El día que abandonó la trastienda, sentada en el tren que la llevó de Lisboa a Oporto, Lucía se hablaba a si misma en voz alta. Se sentía tan vieja que dudaba si llegaría al final del trayecto. Se daba lástima al verse reflejada en la ventanilla y apartaba la mirada aterrada, como un niño que aún no se acostumbra a sus defectos. Temblaba de miedo, sentía que el vagón se hundía bajo sus pies y se iba directo al infierno. “No haces muy buena cara”, le advertía un pasajero anónimo. “Olvídese de mí, por favor”, le repetía una y otra vez mientras sus piernas se habían echado a andar por el anden hartas de soportar el peso de su culpa.

Un día, sin saber muy bien qué había cambiado, Xosé encontró el valor suficiente para seguir los pasos de Lucía. Aquella mañana se despertó y por primera vez en mucho tiempo no le incomodó la presencia de sí mismo en el espejo. Ya no era una tortura compartir la habitación consigo mismo. Se sentía liviano, como si de repente, un peso de magnitudes gigantescas hubiese desaparecido de su dañada espalda. Agarró el vestido de seda de Lucía y cruzó corriendo su cuarto, dejando atrás las ruinas del negocio familiar. Franqueó la puerta principal, echó un último vistazo a las vitrinas de la tienda y atravesó el césped eléctrico que cuidaba con esmero su madre. Luego corrió hasta llegar a la estación de Santa Apolonia.

Subido al tren, Xosé imaginaba una y otra vez el reencuentro. ¿De qué hablarían? ¿Se besarían en el anden? ¿Harían el amor la primera noche o esperarían un tiempo? La fuga de Lucía aún retumbaba en su interior, resonando en sus oídos. Fuga. Esta palabra liberadora y a la vez terrible, que auguraba un mundo nuevo, se repetía constantemente en sus pensamientos. El paisaje de la campiña portuguesa lo calmaba. Sabía, estaba convencido de ello, que no había nada anómalo en su decisión de huir. Nada en absoluto. Pasearían por la orilla del Duero, recogerían piedras en el camino y brindarían por los veranos interminables que les esperaban.

Lisboa

Xosé Moreira-Jones lleva preparándose para partir hace ya demasiado tiempo. Cada día se levanta pronto por la mañana, lava los trastes del día anterior y guarda cuidadosamente sus manoplas de cuero en la maleta.

Los últimos veinte días Xosé ha comenzado la jornada con la intención de alcanzar el primer tren que parte de la estación de Santa Apolonia hacia Oporto. Donde le espera, según él, una nueva vida. En la maleta, a parte de las estacas, bisagras y alisadores, guarda con mimo un vestido de seda que le había comprado a Lucía la noche antes de que ésta desapareciera para siempre.

Una tarde, hace más de cinco meses, Lucía se había marchado de su casa sin ni siquiera haber llegado, sin posar sus pies diminutos en la alfombra, sin probar aquel pastel que le esperaba y que tuvo que comerse a cara de perro. Xosé se había pasado media vida esperando una especie de revelación que lo explicase todo, que le diera sentido a sus decisiones, un momento de claridad absoluta que justificase de algún modo las derrotas sufridas. Gracias a dios aquel momento ya lo había vivido, sin saber muy por qué, la verdad, pero el simple hecho de recordar cómo había abordado a Lucía le reportaba un sentimiento nuevo e inigualable. Tal vez por eso su desaparición suponía la derrota definitiva. Lo más duro para Xosé no era aceptar que el esfuerzo pudiera o no conllevar algún tipo de recompensa, lo peor era no tener respuestas, no encontrar el motivo de su huida.

La pérdida de Lucía obligó a Xosé a enfrentarse a la realidad, al hecho inevitable de que aquello por lo que había luchado hasta entonces era una gran mentira. Vivía en la trastienda de la zapatería, en una planta baja de un edificio sin calefacción. Su padre estaba enfermo y su madre sobrevivía a base de pastillas. El negocio familiar, fundado en 1904 por su tatarabuelo, había tenido que cerrar las puertas para siempre. En su lugar se proyectaba una tienda de perfumes a medida que prometía una vida plácida junto al mar. Ramón, su padre, cedió muy pronto a las presiones de la inmobiliaria y malvendió la tienda por un precio irrisorio. A Xosé le quedaban dos meses para abandonar la trastienda.

Como de costumbre aquella mañana llegó pronto a Santa Apolonia, saludó al bedel de la estación con esa pesadumbre cansina que le acompañaba como una carga allí a donde iba. Su Lisboa, el escaparate de sueños y pesadillas recurrentes, era el espejo donde se veía reflejada a diario su derrota. Esa ciudad que había sido diseñada para la gloria y que ahora vivía con asombro los últimos días del capitalismo.

Xosé compró su billete y se sentó a esperar. Esperó, o más bien, hizo ver que esperaba cuando en realidad estaba imaginando que ya estaba en Oporto, como él bien sabía, la ciudad que cambiaría su suerte para siempre. Imaginaba que Lucía le daba la bienvenida en el andén, con aquella sonrisa que representaba el futuro. Le gustaba pensar que de todos los lugares del mundo aquel era el mejor para sentarse a esperar, como si aquel banco fuera el último de una época pasada y ya enterrada. Entonces, absorto en sus pensamientos, alzó tímidamente los ojos y vio que su tren se alejaba nuevamente por la estación de Santa Apolonia. Y de nuevo, sin desgañitarse, como cada día, tomaba el camino de vuelta a casa arrastrando la maleta como quien arrastra una condena.

Lo primero que hizo al llegar a casa fue mirarse al espejo y aquello que vio no le gustó. Se preguntó si se había defraudado así mismo, si había podido cumplir los sueños que alguna vez tuvo. Si aún conservaba ese espíritu de entonces. Y con la imagen del niño que un día fue clavada en su retina, se percató del engaño, de la gran estafa que había sufrido y seguía sufriendo su generación.

Durante los últimos años, y desde el inicio de la crisis económica que ha sacudido a Portugal, Ramón Moreira, su padre, votante del Partido Popular portugués, había aprobado firmemente la medidas políticas que había adoptado el ejecutivo luso siguiendo las directrices europeas. No le importaba su excesivo cariz neolibral, tan sólo lo consideraba un mal menor, nada más. Cinco años antes, en un discurso en el barrio de Alfama, al que acudieron poco más de cien personas, entre ellas Ramón, Paulo Gomes, representante local del PP ya había anunciado que la principal aspiración del partido era reducir el gasto público. Nadie lo escuchó, nadie quiso escucharlo. El negocio de los Moreira había remontando la crisis del 2000 consolidándose en el barrio como un serio competidor. Xosé recordaba a menudo a su padre fregándose las manos y diciendo que aquel sería un buen año para “nosotros”, refiriéndose al negocio, a la maldita zapatería que ocupaba todos sus preocupaciones, y él seguía ahí, pensando en su madre, que ya no dormía, mordiéndose las uñas, los dedos y las manos, imaginándose una vida mejor, envejeciendo con una profunda tristeza.

Al principio Xosé se sintió capaz de soportar la huida repentina de Lucía que, en su mente, sólo debía durar unos meses. Con el tiempo se dio cuenta que una vez vencido el plazo, nada había cambiado y que al contrario de provocar esos cambios siguió esperando con la misma constancia. Lo que significa que continuaba siendo el mismo, el mismo que aceptaba el amor tal como venía, el superhéroe que cargaba las bolsas de la compra a desconocidas, el tímido que esperaba tras al mostrador que alguien entrase en su tienda.

La voluntad de huir no le bastaba para echarse a andar, sus sueños no eran lo suficientemente sólidos y la presencia de su madre lo mantenía anclado, preso a la ciudad que lo estaba destruyendo. Hasta ahora no había sido capaz de dejarlo todo, aunque ese todo no significase tanto como el recuerdo de Lucía. Estamos ante un tipo cobarde que se escuda en la situación familiar para quedarse como está, para que no hayan cambios, un tipo que se esfuerza en no modificar sus costumbres: afilar sus utensilios en desuso, pasear por Alfama de la mano de su madre enferma, observar el mundo desde la trastienda, llamar de vez en cuando a los amigos, como si hubiera alcanzado un punto de no retorno y no le quedara, de todas maneras, otra alternativa de hacer siempre lo mismo, ininterrumpidamente.

“La pérdida descompone”, pensó Xosé una tarde mientras paseaba solo por la orilla del Tajo, “te pudre por dentro”. Para él cuya relación con las ideas era orgánica, todo eso era irrisorio y de una profunda tristeza. La mera intención de enfrentarse al fracaso, era un acto heroico, algo al alcance de muy pocos. Lucía venía del silencio y de la perdida, y en ella encontró el aliciente para una búsqueda que de otro modo no habría sucedido. Convertirse en un hombre de acción era el paso inevitable para conseguir huir de si mismo y a su vez de Lisboa.

Xosé conoció al doctor Araujo por casualidad, fue él quien le regaló el razonamiento que buscaba para comprender la fuga de Lucía. Cuando Xosé le explicó entre sollozos su pérdida, el doctor le ayudó a darle un sentido a lo sucedido. “Una persona puede experimentar un conflicto interno tan insoportable que su mente se ve forzada a separar la información incompatible o inaceptable y los sentimientos procedentes del pensamiento consciente. Lucía encaja perfectamente en este perfil. La Amnesia Disociativa es una incapacidad para recuperar información personal importante, generalmente de una naturaleza traumática, la cual es muy generalizada para que pueda justificarse como un olvido normal. Generalmente la pérdida de memoria incluye información que forma parte del conocimiento consciente habitual o memoria “autobiográfica”: Quién es, Qué ha hecho, Adónde ha ido, Con Quién ha hablado, Qué dijo, pensó, sintió…En ocasiones la información, aunque olvidada, continúa influyendo en el comportamiento de la persona. Se han documentado lagunas de memoria de años o incluso la vida entera de una persona. Algunos amnésicos discociativos sólo son conscientes del tiempo perdido cuando se dan cuenta o se les enfrenta con la evidencia de que han hecho cosas que no recuerdan. La memoria puede recuperarse, pero no se sabe si esas memorias recuperadas reflejan acontecimientos reales en el pasado de la persona. La inquietud por impulsos de culpabilidad puede conducir a la amnesia. Sólo podrá determinar la exactitud de la memoria la corroboración externa.

Xosé no paraba una y otra vez de preguntarse en qué momento se había equivocado, acaso no había hecho lo que debía, lo que le aconsejaban su padre y madre, por qué no podía formar una familia como lo habían hecho ellos, por qué en lugar del señuelo de la vida honesta y tranquila que le habían prometido, sólo había encontrado un mundo en ruinas. Xosé soñaba con el hombre que podía haber sido y no fue. La aparición de Lucía había supuesto una oportunidad para logralo. Pero, como había aprendido, hacía falta mucho valor para cambiar para siempre la vida de una persona.

(…)

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