“Spinoza se internó, prácticamente solo, en una zona ideológica completamente libre”


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Andreu Navarra (Barcelona, 1981) es narrador y ensayista. Como historiador ha publicado El espejo blanco, viajeros españoles en la URSS (Fórcola, 2016), El ateísmo. La aventura de pensar libremente en España (Cátedra, 2016) o 1914. Aliadófilos y germanófilos en la cultura española (Cátedra, 2014). Sin embargo, nos citamos con nuestro compañero en una cafetería de L’Hospitalet de Llobregat para hablar de su última novela. Hojas es una farsa impregnada del pensamiento de Baruch Spinoza por la que Navarra obtuvo el XIV Premio Café 1916, que cuenta entre sus ganadores a autores españoles tan destacados como Agustín Fernández Mallo o Juan Vico.

Existe una variedad de registros en tu producción escrita que me fascina. Como lector, te conocí como poeta. Luego pude seguir de cerca tu trabajo como historiador y, finalmente, como novelista. ¿El Andreu Navarra que escribe una novela que se relaciona desacomplejadamente con el mal gusto y la sordidez como El prostíbulo y el que escribe una monografía tan notablemente documentada como El espejo blanco. Viajeros españoles en la URSS es el mismo autor?

Sí y no. Escribo ensayos de Historia y allí procuro que cada uno de mis argumentos sea respaldado por un documento. Mi escritura poética acabó disolviéndose en aforismos, y en frases de artículos periodísticos. Cada vez me interesa más el pensamiento, la filosofía. Pero lo que más leo es historia. Hay algo que une la vivencia de la Historia con la ficción: ambas desmantelan mitos. Lo primero que comprende un joven historiador cuando empieza a frecuentar archivos y bibliotecas seculares es que todo está mal explicado, o explicado de manera interesada. Esto empecé a sospecharlo cuando no era más que un estudiantillo de filología. Desde el púlpito se nos recomendaban polianteas bastante plúmbeas, pero si rascabas un poco de cada autor, descubrías relatos muy diferentes, tradiciones soterradas y toda clase de textos silenciados.

Cuando escribo un libro de historia, procuro que la comprensión de lo que pasó sustituya la versión mítica que se ha socializado. De algún modo, con mis novelas intento realizar lo que solo consiguen los libros más audaces. En El Prostíbulo, el protagonista es un joven pijo que desciende de una estirpe de caciques. Su diseño proviene de una experiencia real, como casi todo lo que escribo. Por razones que aquí no podría detallar, una vez tuve que aguantar una hora al teléfono a un maltratador de mujeres. Aunque de eso hace más de diez años, recuerdo punto por punto todo lo que me dijo aquel hábil psicópata. Con esos materiales diseñé al joven Aguilera, un tipo como hay tantos en nuestra sociedad. Es triste que existan esa clase de seres, que existan el clasismo, la violencia y los trastornos severos, pero más triste es no verlo. Yo no entiendo que se pierda el tiempo con novelas escapistas o con moralinas. El mundo de La Celestina es profundamente real y corrupto. Esa es la tradición que reivindico, la que nos hace abrir los ojos ante la densa hipocresía que nos rebaja.

Has escrito también sobre algunos de los principales intelectuales catalanes, te has sumergido en el ateísmo… Y, finalmente, te llega el reconocimiento como autor de ficción con Hojas, una novela que obtuvo en XIV Premio Café 1916 de la Editorial Sloper, y que tiene a Baruch Spinoza como una de sus figuras centrales. ¿Cómo es el proceso de descubrimiento de Spinoza y su obra? ¿Qué es lo que te atrajo del filósofo sefardí?

Hojas se escribió paralelamente a El Ateísmo. La aventura de pensar libremente en España (Cátedra, 2016). Son libros que se redactaron durante el mismo vuelo. Se trata de un ensayo de Historia Cultural que pretendía localizar experiencias de pérdida de fe desde el siglo XVI. Pronto vi que existían dos tradiciones remotas que desembocaban en las visiones deístas o ateas más modernas: el materialismo medieval, paganizante, y la línea de pensadores sefardíes que tuvo que exiliarse durante el siglo XVI. En ese punto, llego hasta Spinoza y su mundo me deja fascinado. Se trata de un doble apóstata, de alguien que renegó del catolicismo romano y luego de la práctica del judaísmo, para internarse, prácticamente solo, en una zona ideológica completamente libre.

¿De qué manera atraviesa tu novela la presencia de Spinoza?

El protagonista de Hojas es un bufón, un antihéroe. Sin embargo, como los payasos y los bufones, a veces escribe cosas lúcidas, aunque se trate de una conciencia degradada. La sintaxis del diario que reproduzco está voluntariamente demacrada. Es una escritura que se vio afectada por la lectura de Marguerite Duras. Ese protagonista, decía, es la caricatura de Spinoza. Es su reverso, pero a la vez es su eco. Su fascinación por Spinoza es también la mía, pero la relación de mi protagonista con Spinoza no es de igualdad: él reconoce un inferior, le rinde pleitesía. Es algo así como Max Estrella y Homero. La parte spinoziana de mi libro es la parte seria, esperanzada o presentable. Lo demás es el diario de un memo que sabe escribir, pero que solo sabe certificar su perplejidad, como el personaje de la portada.

“La parte spinoziana de mi libro es la parte seria, esperanzada o presentable. Lo demás es el diario de un memo que sabe escribir, pero que solo sabe certificar su perplejidad”.

Tu narrador dice en un momento de la novela que, al contrario que Spinoza, hoy en día, los escritores competentes preferirían cortarse una mano antes que ganarse la antipatía de alguien…

Vivimos en un tiempo difícil, oscuro, autoritario, lleno de identidades neuróticas. De algún modo hemos vuelto a los años treinta del siglo XX. Mucha gente cree que experimenta procesos de emancipación, pero viven sus ideologías filosofías personales como identidades cerradas, enfrentadas a todas las demás. Por esta razón, están los dispensarios llenos a rebosar de personas deprimidas o que viven atenazadas por la ansiedad. Concretamente, en nuestro país, en Catalunya, una de cada cuatro consultas médicas, cerca de un millón y medio, están relacionadas con la depresión y la ansiedad. La conciencia occidental actual ha logrado que se confunda la libertad con la intolerancia: las identidades se definen por su capacidad reactiva. Los seres humanos solo se reúnen para organizar microinquisiciones. Ocurre con todas las identidades: partidos políticos, opciones de vida, modos marginales: se vive detrás de empalizadas defensivas, con la metralleta de palabras ofensivas a punto. Nos autoalienamos. Internet es nuestro teólogo. Dignidad no es susceptibilidad. Pero estas ideologías rocosas, nuevas religiones y nuevas intolerancias, que se presentan como promesas del paraíso en la Tierra, en realidad, no son más que pura cháchara dogmática. Ya nadie está preocupado por liberarse a sí mismo, de una manera consciente, activa y realmente efectiva. Tomar comodines de blogs de internet (que seguramente transmiten informaciones sesgadas, controladas, financiadas por alguien interesado en alienar), embrutecerse, acomodarse, obligar al de al lado a pensar igual que uno, es la divisa de la época.

El pensamiento de Spinoza, sobre todo el de sus primeras obras, es una guía profiláctica para evitar esa clase de hipocresía, esas mentiras consoladoras y violentas. Spinoza nos enseña a vivir una “vida de la mente”, es decir, una experiencia personal de la existencia, sorteando dogmas y soluciones fáciles. Por eso, hacia 1670 (¡1670!) prefiguró el orden liberal-democrático del mundo, o demolió las religiones organizadas. Todas las herejías contemporáneas, todos los librepensamientos e ilustraciones de nuestra civilización, proceden de algún modo de Spinoza. Quizá haya llegado el momento de escucharnos los unos a los otros con un poco de apertura mental, como escuchaba Spinoza a todo aquel que se acercaba a su jardín. Pero, claro, hay demasiado ruido ideológico: demasiadas farsas. Vivimos sumergidos en un laberinto de idiotez y susceptibilidad. Del magma digital solo puede surgir desesperación. ¿Y si realmente empezamos admitir que nuestra organización política, nuestro sistema educativo, nuestra economía, no son más que farsas y frenos y fuentes de primitivismo? Nuestra sociedad, tal y como está pensada, no se puede permitir personas ilustradas en la cúpula y en la base. Para funcionar, este sistema solo necesita tres tipos de persona: listillos, fanáticos y neurópatas. Por eso rodea las universidades públicas de miseria y medievalismo. Por eso están las escuelas y los institutos como están. Y a todos les preocupa más la Liga que su propia vida y la de sus hijos. Tendremos que vivir a pesar de nuestros modelos y políticos, no imitando propuestas tan rematadamente estúpidas.

Sin duda, Spinoza es un personaje relevante para el pensamiento judío. Representa un arquetipo, denostado por algunas corrientes de pensamiento teológico y ensalzado por otras. De hecho, hace algunos meses, en un grupo de WhatsApp hubo un miembro que se manifestó enérgicamente en contra de las políticas del Estado de Israel y recibió la reprobación de buena parte de los integrantes del grupo. La discusión subió de tono y cuando esta persona se marchó del grupo, además de ser calificado como antisionista, entre otras perlas que me resisto a reproducir, se le comparó con Spinoza, como tipo negativo, porque había sido merecido el rechazo del colectivo… ¿Qué ha quedado del pensamiento de Spinoza en la cultura europea?

Has puesto un ejemplo de actitud intolerante. En lugar de vivir en un entorno de convivencia, tenemos un sistema basado en micrototalitarismos que se frotan y se machacan entre ellos, mientras el más listo nos roba la cartera y se gasta en cocaína y coches oficiales el dinero que debería servir para hospitales y universidades. Ya son cada vez menos los que se atreven a pensar por sí mismos, sin enganchar etiquetas ni perseguir al vecino. Y lo más triste es que casi todos se creen en posesión de la panacea universal, y de ahí su insoportable superioridad moral. Es mucho más fácil entregar tu voluntad a un equipo de fútbol, a un partido, a un ismo cualquiera, que mantenerse alerta y escuchar. No hay más que ver qué clase de gentuza ocupa los puestos de dirección en el mundo. Para triunfar parece que tengas que ser rematadamente estúpido, taimado y astuto. Las personas que buscan la delicadeza o el goce de la vida lo han de hacer soterradamente, porque irán a por ellos las legiones de esclavos. Ser feliz resulta ofensivo para el esclavo. Un delator, o un lapidador verbal, no es más que la culminación del espíritu del esclavo, del alienado. A veces me pregunto cómo es posible que haya alguien que se crea la basura moral que nos proporcionan nuestros políticos, del primero al último. No dicen más que memeces calculadas. En nuestra sociedad, todo está preparado para arrancarnos nuestra libertad, nuestra dignidad, nuestra “vida de la mente”.

“Hojas nació del placer de leer filosofía. Su escritura procede, fundamentalmente, de las novelas barojianas”.

Tengo la sensación, quizá también porque te conozco fuera del papel y la tinta, que Hojas surge de un cierto espíritu spinoziano de irredención, de escribir a pesar de. O contra algo. Uno no puede evitar leer Hojas pensando que hay muchas personas que no salen indemnes de las críticas que la novela contiene.

Hojas nació del placer de leer filosofía. Su escritura procede, fundamentalmente, de las novelas barojianas. Entroncaría la novela con la picaresca libertaria, es un canto de alabanza a los bufones y herejes de todos los tiempos. Yo no salgo indemne de ningún libro interesante que lea. ¿Cómo se puede salir indemne de leer a Camus, Dostoievski o Lispector? La calamidad de nuestro tiempo es que la gente busca leer lo que ya sabe, confirmar sus creencias o dogmas. No se atreven a autocuestionarse. Los de cada secta consumen solo la bazofia que proporciona su propia secta. Si leo es, en primer lugar, por placer, y en segundo lugar, para moldearme y subvertirme a mí mismo. Si un libro no me dinamita el cerebro, lo dejo. Como la buena música. Escribo contra toda clase de dogmas. Escribo contra la literatura trufada de tópicos. Escribo contra los mundos rosa. Contra las morales. No sé si he conseguido mis objetivos. Me da igual. Realmente disfruto con mi trabajo. Escribo para aprender. Tengo sed. Sed de libros, sed de música y de experiencias. Mis novelas nacen de lo que me explican mis amigos, de lo que me explican personas libres o interesadas en su emancipación, que las hay. Escribo para transmitir lo que me han enseñado Spinozas actuales. En realidad, no sé por qué empecé a escribir Hojas. Por placer y para explorar, para reventar mitos, supongo. Yo me río mucho leyendo, por ejemplo, a Baroja, mi novelista de cabecera. Si mi libro hace reír un rato a alguien, ya ha cumplido. No se debe olvidar que se trata de una farsa.

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